• Programa Territorial Integrado Ruta de las Iglesias de Chiloé, CORFO

Especial

Iglesias de Chiloé: una expresión monumental de sincretismo

Estas construcciones son una forma única de arquitectura en madera, producto de la fusión de tradiciones culturales europeas e indígenas. Destacan por su diseño arquitectónico, materiales y sistemas constructivos, y por la maestría de los carpinteros que las levantaron.

La Unesco reconoce a determinados lugares en el mundo como “patrimonio de la humanidad”, debido a que tienen un valor excepcional. Esta condición puede deberse a su rareza, representatividad, autenticidad, belleza o significado histórico. En general, son expresiones naturales o culturales que no existen en ninguna otra parte del mundo. Las iglesias de Chiloé fueron elegidas porque son una forma única de arquitectura en madera. Las prácticas devocionales y comunitarias, los festivales religiosos y las actividades grupales de apoyo, como la minga, son componentes clave de los valores intangibles de la relación entre las comunidades y las iglesias.

Estas construcciones majestuosas son el resultado de un sincretismo cultural único, que se produce por el rico intercambio entre españoles y pueblos originarios. Este fenómeno tiene sus raíces en un proceso histórico llamado Misión Circular, que se desarrolló durante la Colonia, entre los siglos XVII y XVIII, y que fue implementado primero por los jesuitas y luego por los franciscanos para la evangelización del archipiélago. Ya en el período Republicano, durante los siglos XIX y principios del XX, se continuó con la construcción de estos templos, siguiendo el mismo modelo arquitectónico.

Las iglesias que se pueden visitar en la actualidad son, generalmente, construcciones posteriores a las originales. Las primeras capillas, así como muchas de las que les sucedieron, sufrieron la destrucción causada por incendios o por las adversidades del clima.

Legado arquitectónico

La carpintería tradicional chilota es fruto del profundo conocimiento que los pueblos originarios, chonos y veliches, tenían de las propiedades de las maderas nativas del archipiélago. Estos saberes son el resultado de una necesidad de adaptarse al medio que requirió de mucho ingenio. Las iglesias de Chiloé son la expresión monumental de esta maestría y creatividad. En ellas, cada madera nativa como el ciprés, el coihue, el alerce, el mañío, el laurel, la tepa, el canelo o el arrayán cumplían una función particular.

Destaca en estas obras el uso de técnicas constructivas tradicionales, como los ensambles, empalmes y detalles ornamentales. Debido a la escasez de metales en las islas, en la obra gruesa casi no se utilizaban clavos de hierro, sino remaches de madera. Las iglesias patrimoniales de Chiloé, representantes de la Escuela Chilota de Arquitectura Religiosa en Madera, responden a un modelo tipológico muy distintivo, ya que tienen todas la misma estructura básica: una fachada caracterizada por un pórtico y una torre-campanario, que puede tener uno o dos tambores (o pisos); un volumen horizontal con techo a dos aguas; tres naves en su interior, la central con el techo habitualmente abovedado. Y una gran explanada frente a la edificación.

Las 16 iglesias reconocidas como Patrimonio de la Humanidad son representativas de un conjunto mucho mayor de iglesias, distribuidas tanto en el archipiélago de Chiloé como en el Seno de Reloncaví.

Identidad arquitectónica

Identidad arquitectónica

Las iglesias patrimoniales de Chiloé responden a un modelo tipológico muy distintivo, ya que tienen todas la misma estructura básica.

Patrimonio vivo: la religiosidad popular

La historia de Chiloé está marcada por su geografía insular y su consecuente aislamiento del resto de Chile. Esta condición dio origen a manifestaciones culturales únicas y muy arraigadas. La cultura de bordemar combinada con el trabajo agrícola, la mitología, la gastronomía y artesanía tradicionales, el folclore, el oficio carpintero y la arquitectura son solo algunas de ellas.

Este aislamiento fue un factor importante en la conservación de prácticas religiosas propias del medioevo español, que al mezclarse con la tradición chilota dio origen a una religiosidad popular muy singular. Expresión de ella son las grandes festividades religiosas. Cada iglesia tiene su fiesta patronal, pero las comunidades celebran, además, a otros cristos y santos importantes. Son momentos de encuentro y celebración comunitaria en las que se manifiestan las principales tradiciones del archipiélago, como las mingas, la música y la gastronomía. Durante estas fiestas también se realizan procesiones y pasacalles muy distintivas.

Otras expresiones de esta religiosidad popular son los cantos y rezos “a la chilota”, los santos vestidos y los elementos decorativos de las iglesias, así como la propia organización de la comunidad religiosa.


La huella imborrable de Hernán Montecinos

Por Macarena Almonacid Burgos. Arquitecta e investigadora de la Universidad Austral de Chile. Premio Colegio de Arquitectos 2015. Premio Conservación Monumentos Nacionales, 2017. Encargada de la Oficina Técnica Provincial Chiloé, del Consejo de Monumentos Nacionales.

Los chilotes le debemos mucho a don Hernán Montecinos Barrientos, un arquitecto modesto y silencioso, quien fuera una figura clave en el estudio sistemático y la valorización nacional e internacional de la arquitectura tradicional de Chiloé.

Tras mi paso por la Fundación Amigos de las Iglesias de Chiloé, restaurando iglesias que forman parte del Sitio Patrimonio Mundial, recién pude dimensionar la importancia de su trabajo académico al servicio de la comunidad, un profundo legado que marcaría la vida de muchos de nosotros.

Hasta fines de la década del 70, dentro del amplio panorama de la arquitectura chilena, los estudios históricos se habían centrado mayormente en Santiago, en la región central o en el norte andino. Así, importantes manifestaciones regionales pasaron desapercibidas. Este fue el caso, entre otras, de la arquitectura tradicional de Chiloé, conformada en una centenaria tradición constructiva en madera, que desarrolló ejemplos significativos que aún perduran: iglesias y capillas, viviendas urbanas y rurales, palafitos y diversas expresiones arquitectónicas populares que conforman valiosos conjuntos en el paisaje cultural insular.

Este panorama cambiaría con la aparición en el archipiélago de don Hernán Montecinos, entonces profesor del departamento de Historia de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, quien vio en esta arquitectura no solo un testimonio de la historia del territorio, sino también un reflejo de la resiliencia y creatividad de sus habitantes. Es evidente que Montecinos no solo vio en estas edificaciones un valor arquitectónico, sino que también percibió la conexión emocional y espiritual que tienen las comunidades con su entorno y su cultura. Quiero creer que se sintió parte de las comunidades chilotas, buscando su propio origen en estas islas, encontrándose con su propia historia.

La creación del Programa de Protección y Desarrollo del Patrimonio Arquitectónico de Chiloé, impulsada por Montecinos en 1976, marcó un antes y un después, permitiendo que se reconozcan y valoren manifestaciones culturales que habían sido ignoradas durante décadas. A través de su trabajo y el apoyo de figuras como Juan Luis Ysern, quien era el obispo de Ancud, se empezó a tejer una red de protección y concienciación sobre la importancia del patrimonio arquitectónico del archipiélago.

Con la creación de la Fundación Amigos de las Iglesias de Chiloé, en 1993, se inicia el proceso que lleva al reconocimiento de las iglesias de Chiloé como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO, el cual no solo celebra la belleza estética de estas construcciones, sino que también resalta el compromiso de las comunidades locales en su conservación. Esto es testimonio de un esfuerzo colectivo que va más allá de lo técnico y que involucra un sentido de pertenencia y orgullo cultural.

Humilde, discreto, paciente y casi en la sombra, el legado de Montecinos va más allá de las iglesias; su interés por otras manifestaciones patrimoniales muestra su comprensión profunda de la interconexión entre la cultura, la arquitectura y el medio ambiente. Su reconocimiento como Premio Conservación Monumentos Nacionales de 2001 es un reflejo de su compromiso incansable con la protección del patrimonio.

La labor de Montecinos fue un puente que facilitó la comunicación y el entendimiento entre la academia y las comunidades, promoviendo la participación activa de estas en la conservación de su patrimonio. Al formar a arquitectos y profesionales amantes del patrimonio, dejó una huella imborrable en el futuro de la conservación arquitectónica en Chiloé.

En tiempos donde se evidencia una serie de factores de riesgo para la conservación del paisaje cultural de Chiloé, se hace muy relevante recordar y honrar a personas como él, cuyas acciones y legado trascienden el tiempo y el espacio.