Sin orden no hay derecho
Desde este rincón del planeta, somos testigos de una transición donde la anarquía internacional se despliega con fuerza. Este es un escenario peligroso: la búsqueda de la seguridad y el poder se hacen prioritarios en un régimen de autoayuda donde cada actor vela por su propia supervivencia.
El agresivo comportamiento de la administración Trump parece estar modelando un nuevo escenario internacional. Guerras, intervenciones armadas, sanciones, amenazas, alzas de tarifas, declaraciones altisonantes y el ejercicio crudo del poder han hecho de Trump un protagonista ineludible de la política global. Sin embargo, pese a que la capacidad disruptiva de Trump y su gobierno está fuera de toda duda, puede decirse con confianza que el presidente de Estados Unidos no es más que otra manifestación de un fenómeno mayor que lo trasciende y supera: el colapso del orden liberal internacional y su forma de organizar el relacionamiento entre los Estados y la conducta de las grandes potencias.
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Washington usó su influencia para empujar en favor de la adopción global de un proyecto que suponía el avance de la democracia constitucional, la apertura económica y comercial, la promoción de los valores liberal-progresistas y el respeto a las reglas. No era puro buenismo: lo hacía porque estimaba que así viviría en un mundo amigable y conveniente para sus intereses.
La situación geopolítica actual puede ser descrita como de transición hacia lo desconocido. El orden liberal internacional ha quedado atrás y todavía no existe una alternativa que lo reemplace y estabilice la política mundial
Aunque durante la Guerra Fría estos objetivos fueron a menudo subordinados a consideraciones de seguridad provocadas por la competencia con la Unión Soviética, las bases del orden liberal internacional quedaron sentadas. En este período se consiguieron logros relevantes, como la creación de la ONU y sus instituciones, o la democratización de Alemania y Japón. El derrumbe de la URSS despejó la pista para que el programa del internacionalismo liberal fuera impulsado sin restricciones bajo el influjo de la incontrarrestable hiperpotencia unipolar.
Amparado en ese orden internacional del cual Estados Unidos era líder indiscutido, emergió un mundo de reglas conocidas y respetadas por casi todos los miembros de la comunidad internacional. El derecho internacional como lo conocemos cobró fuerza en ese ambiente. Como siempre, su fortaleza descansaba en un orden anterior que lo sostenía y lo hacía viable.
Rumbo a lo desconocido
Rumbo a lo desconocido
No son pocos los que han alertado hoy que las acciones de Estados Unidos y otras grandes potencias –Rusia en Ucrania, China en el Mar del Sur de China– constituyen una violación flagrante del derecho internacional y han hecho ver el peligro que ello involucra para la convivencia pacífica. Sin embargo, es necesario reconocer que, si bien ese tipo de faltas es grave, el problema real no es el desafío de las grandes potencias al derecho internacional, sino la inexistencia de un orden que lo ampare y le dé soporte.
Aunque el derecho internacional público sigue regulando una serie de interacciones clave –piénsese, por ejemplo, en la valiosa labor de la IATA para el transporte aéreo–, en algunas dimensiones importantes el desorden que hoy prevalece lo hace superfluo. Finalmente, su viabilidad descansa en la capacidad de ser aplicado, la cual, en el ambiente internacional, depende de la propia conveniencia de los Estados y el apoyo de la fuerza que poseen las grandes potencias organizadas en torno a un orden reconocido por todos. En ausencia de ese tipo de ordenamiento, el derecho internacional pierde atractivo y eficacia y es fácilmente vulnerado por las superpotencias y otros actores, como sucede hoy.
La situación geopolítica actual puede ser descrita como de transición hacia lo desconocido. El orden liberal internacional ha quedado atrás y todavía no existe una alternativa que lo reemplace y estabilice la política mundial. Estamos atravesando, en consecuencia, por una transición donde la anarquía internacional se despliega con fuerza. Este es un escenario peligroso: la búsqueda de la seguridad y el poder se hacen prioritarios en un régimen de autoayuda donde cada actor vela por su propia supervivencia. Mientras no se asiente un nuevo orden reconocido por todos o casi todos y acordado por las potencias relevantes del sistema, estaremos expuestos a un ambiente internacional desagradable y potencialmente brutal en el que la fuerza tendrá mayor atractivo y eficacia que el derecho.