El peso de las armas
La tradición realista en las Relaciones Internacionales, de Tucídides a Hobbes y de Morgenthau a Mearsheimer, parte de una premisa incómoda: la naturaleza humana es egoísta y busca poder. En ausencia de una autoridad superior que la contenga, los Estados se comportan igual que los individuos en el estado de naturaleza. No hay un árbitro mundial que garantice la seguridad de nadie, así que cada Estado debe procurarse la suya, y eso empuja inevitablemente a la acumulación de armas, a la desconfianza mutua y, tarde o temprano, al conflicto. Para el realismo, la mitigación posible frente al conflicto, la guerra y agresión no pasa por cambiar la naturaleza humana, sino por administrar el poder: equilibrios de fuerzas, disuasión creíble, esferas de influencia respetadas y diplomacia entendida como cálculo de intereses.
Frente a esta explicación tan sencilla y directa, es tentador declarar ingenua cualquier conversación sobre la paz. Si el conflicto armado reaparece una y otra vez en geografías distintas y bajo pretextos distintos, ¿no será que la guerra es simplemente parte de lo que somos? La idea de un instinto bélico, de un atavismo que la civilización apenas logra contener, tiene algo de consuelo perverso: nos exime de responsabilidad. Si la violencia es naturaleza, no hace falta explicarla ni combatirla, sino solo resignarse a administrarla.
Esa explicación, aunque cómoda, es incompleta. La guerra no estalla sola: la declaran gobiernos, la financian presupuestos, la sostienen industrias y la legitiman relatos cuidadosamente construidos. Hay decisiones detrás de cada bombardeo, nombres detrás de cada orden, intereses detrás de cada frontera disputada. Llamar instinto a todo esto es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, una forma de lavar las manos a quienes efectivamente eligen la guerra como política, en palabras de Carl von Clausewitz.
La historia también muestra lo contrario: hay sociedades que construyeron décadas, incluso siglos, de convivencia relativamente pacífica. La paz no es menos humana que la guerra. Simplemente, exige más trabajo sostenido y, muchas veces, es menos vistosa.
Hay sociedades que construyeron décadas, incluso siglos, de convivencia relativamente pacífica. La paz no es menos humana que la guerra. Simplemente, exige más trabajo sostenido y, muchas veces, es menos vistosa
No una respuesta única ni una fórmula que resuelva de golpe la acumulación de odios y desconfianzas que alimenta cada conflicto. Pero sí algunas grietas por donde algo distinto puede crecer. La memoria histórica, por ejemplo, funciona como una vacuna imperfecta pero real: las sociedades que recuerdan con honestidad sus propias guerras o conflictos tienden a dudar más antes de iniciar el próximo enfrentamiento. La diplomacia ciudadana, los vínculos que se tejen por fuera de las cancillerías, entre universidades, organizaciones de la sociedad civil y artistas, también construyen un tejido que no aparece en ningún tratado pero que amortigua el odio cuando la política institucional fracasa.
Hay, además, una tarea más modesta y quizás más urgente: resistir la normalización del lenguaje bélico en la conversación cotidiana, ese deslizamiento por el cual hablar de aniquilar al adversario, sea en la política, el deporte o las redes sociales, deja de sonar extraño. La paz también se erosiona en los gestos pequeños.
No pienso que construir la paz sea ingenuo. Sé que renunciar a intentarlo, convencidos de que la guerra es nuestro destino inevitable, es una forma de profecía que se cumple a sí misma. Quizás la pregunta no sea si la guerra es parte de nuestra naturaleza, sino qué parte de nuestra naturaleza estamos dispuestos a alimentar.