• Por Paula Miranda
  • Escritora y académica asociada de la Facultad de Letras UC. Especialista en poesía chilena y latinoamericana

Americana

ADELANTO | Violeta Parra y Gabriela Mistral: dos pioneras en con-versación poética  

Es más que su género y nacionalidad. Dos íconos de nuestra cultura que comparten la fuerza de su palabra, el servicio de la docencia y la humildad de su origen. También los contenidos de sus mensajes se funden. Para ambas, la educación formal y autodidacta, la devoción por la investigación y por la creación, la conjunción de vanguardismo y tradicionalismo, su contacto con el clasicismo del folklore y el compromiso social determinaron sus quehaceres, más allá de sus vidas.

El viernes 10 de enero de 1957 debió golpear fuerte el estado emocional de Violeta Parra. Estando ella en Concepción, contratada por la universidad de esa ciudad para dictar clases de folklore en su Escuela de Verano y realizar investigaciones sobre culturas tradicionales, se enteraba a través de la prensa que otra profesora-artista, Gabriela Mistral, había fallecido en el Hempstead Central Hospital de Nueva York durante la madrugada, luego de una larga agonía de siete días y a la edad de 67 años.

A las pocas semanas, Violeta conocería a la machi María Painen Cotaro, lo que transformaría su obra para siempre. En el quiosco de la esquina, Violeta debió leer con estupor los titulares de los diarios, aumentado por el estilo algo siútico de los mismos: “Una estrella aparecida en un apartado pueblo se ha perdido en los cielos”; “Gabriela ya está cantándoles rondas a los niños del cielo”. Otros, en tono más épico y grandilocuente: “Gabriela Mistral vive en la eternidad para gloria y fama del pueblo chileno”. Los menos, en formato neutral: “Gabriela Mistral falleció en la madrugada de hoy en N. York”. Este último tono correspondía al del titular del diario El Mercurio. Extraño contrasentido, pues ese diario había sido el único medio de prensa chileno en que Mistral había colaborado permanentemente por casi 25 años, aunque era sabido también que ese diario la había exonerado temporalmente, debido a sus opiniones a favor de la paz mundial. El tono del titular era tal vez la expresión del deseo mercurial por “desprenderse” para siempre de esa Mistral opinante, crítica y polémica que incluía en sus páginas, pero cuyas opiniones no suscribía. ¡Quién sabe! 

Los mismos titulares anunciaban que el Gobierno de Ibáñez del Campo decretaba también tres días de duelo nacional. Para el presidente en ejercicio, era su forma de contrarrestar algunas deudas que él mantenía con Mistral: el trámite para otorgarle una jubilación todavía estaba entrampado en las burocracias de la Superintendencia de Educación en Chile al momento de su deceso y en 1934 le había sido suspendida ‒bochornosa y transitoriamente‒ su jubilación de maestra. Pero Violeta Parra, quien siempre estuvo lejos de los discursos altisonantes del poder, realizó ese día y los siguientes, su personal procesión y rito funerario para la elquina. Esa mujer, artista y educadora recién fallecida en Estados Unidos, representaba para ella la posibilidad de un habla nueva, un canto-acción sobre el mundo, parecido a lo que ella misma lograría años más tarde en su disco Las últimas composiciones (1966).