La reivindicación del manga nacional
En los círculos de ilustradores, dibujantes de cómic, e incluso diseñadores gráficos y arquitectos (las últimas carreras universitarias donde encuentran refugio los jóvenes buenos para el dibujo), existe un recuerdo compartido que todavía les aprieta: ese momento cuando un profesor, en plena cátedra o revisando un trabajo, dijo que dibujar al estilo de los monitos japoneses no era dibujar de verdad. Nunca venía a continuación la aclaración sobre si había que dibujar como Themo Lobos y Mario Igor (que ejemplifican los estilos europeo y estadounidense clásicos) o buscar las raíces hasta el jarro-pato diaguita para dibujar “en correcto”.
Los que persistieron en la educación superior sienten que tuvieron que desaprender lo que sabían y replantearse su relación con las artes visuales, hasta renunciar al sueño de ser mangaka (autor de manga). Hoy, el panorama es mucho menos hostil. En una charla para el seminario del Grupo de Investigación América Latina de la UDLA, donde hablé sobre manga, animé y videojuegos latinoamericanos que adoptan el estilo visual japonés, conversé con docentes motivados que no quisieran prohibir la estética japonesa a sus estudiantes. Sin embargo, al haberse visto coartados ellos mismos en su época formativa, a veces no saben qué hacer con esos estudiantes que quieren producir manga o animé. Todo indica que “algo hay que hacer” y no se puede negar la influencia de la cultura popular japonesa en la producción artística local.
¿Qué hacer con los estudiantes que seguirán llegando al aula con ojos gigantes llenos de brillos? Ojalá lo mismo que hacemos con los demás: invitarlos a construir sobre la base de lo que los apasiona
El manga chileno conquistó el Premio Narrativa Gráfica en 2025, con el reconocimiento a Días salvajes, de Horacio Santander. La misma obra ganó el Premio Colibrí otorgado por IBBY Chile. Múltiples mangas chilenos aparecen en los catálogos de los Centros de Lectura y Biblioteca Escolar (CRA), del Mineduc. Llama la atención que, en estos listados, mientras los cómics occidentales o mangas japoneses son de diversas autorías, los mangas chilenos son, principalmente, de autoras.
Por supuesto, la producción chi lena de estas obras viene de la mano con el cuestionamiento sobre su derecho a llamarse “mangas”. Una validación reciente ocurrió este 2026, cuando editores de Kodansha visitaron Chile en busca de talento local y reconocieron a los mangakas nacionales como tales, subrayando su alto nivel en comparación con pares del resto de Latinoamérica. Contrario a personificar japoneses, los mangakas latinoamericanos aplican una visualidad mukokuseki (sin nacionalidad o culturalmente ambiguo) para explorar nuevas expresiones e imaginaciones de lo local.
¿Qué hacer con los estudiantes que seguirán llegando al aula con ojos gigantes llenos de brillos? Ojalá lo mismo que hacemos con los demás: invitarlos a construir sobre la base de lo que los apasiona, equiparlos con todas las herramientas de las que disponemos para que se conquisten con mucho más y guiarlos para que, desde esa riqueza, construyan nuevas visiones de lo regional y lo propio. Para las editoriales locales, allí radica parte del éxito, no en “hacerse pasar por japoneses”, sino en contar historias nuevas y producir hibridaciones intersantes a través del lenguaje del manga, que ya es conocido por lectores de todo el mundo.