Los vértices del cine y la antropología
Cada vez crece más el interés entre artistas, cineastas y antropólogos por colaborar, por explorar lo que hace el otro, por intercambiar procesos y preguntas y pensar en proyectos conjuntos. ¿En qué puntos de contacto reside la potencia del cruce entre las artes y la antropología? Si uno se acerca bien a la frontera entre ambas disciplinas, su límite se hace difuso. Ver un diario de campo y un cuaderno de artista sin rotulación haría difícil su distinción. Y eso no es por nada.
La etnografía –el método de la antropología– implica pasar un tiempo prolongado en contacto con el fenómeno que estamos explorando. Estar ahí, prestar atención, generar intimidad. A través de ello, logramos acceder, de alguna manera u otra, a cierta complejidad de la realidad, a sus capas y matices.
Algunas artes trabajan también desde ahí: desde la intimidad, desde resonar con el mundo para crear algo a partir de este contacto. Lo interesante es que, en su mayoría, lo hacen a través de imágenes, sonidos y narrativas. Aunque trabaje con palabras, la práctica artística pone su foco en lo que escapa a esta. En lo que respira, en lo que está latente.
¿En qué conversan la antropología y las artes? ¿Por qué insistir en el valor de estos contagios disciplinares? Pensar y hacer nunca han estado separados. La producción y la reflexión siempre han ido juntas. La investigación y la creación, también. Ambas disciplinas, desde sus propias prácticas, terminan enfrentando las mismas preguntas: ¿cómo dar cuenta de la complejidad de los mundos sociales? ¿Cómo hacerle justicia al desborde que aparece cuando prestamos atención –abierta y honesta– a las vidas de (nos)otros? Lo que cambia cuando ambas prácticas se cruzan es el tipo de respuesta que se vuelve posible.
Pensar y hacer nunca han estado separados. La producción y la reflexión siempre han ido juntas. La investigación y la creación, también. Ambas disciplinas, desde sus propias prácticas, terminan enfrentando las mismas preguntas: ¿cómo dar cuenta de la complejidad de los mundos sociales?
Hay antropólogos que han ido a buscar esa justicia fuera de los márgenes clásicos de la disciplina: Renato Rosaldo, por ejemplo, recurriendo a la poesía para decir lo que el análisis no alcanzaba a decir. Otros, a través de juegos de representación, de la puesta en escena, de formas que el método etnográfico convencional no contempla. Susan Hiller, antropóloga de formación, migró por completo a las artes visuales en una época donde estos debates no tenían mucho lugar en la disciplina. Ella buscaba, decía, “evocar y no representar”.
¿Cómo evocar mundos, en vez de buscar representarlos? Sería sencillo abordar este cruce disciplinar atribuyéndole a la antropología el contenido y a las artes, la forma; estas últimas como una presentación estética de algo ya pensado. Pero, quizás, lo más potente está en explorar las posibilidades de su confluencia. A través de los medios sensibles también exploramos y conocemos el mundo. Es un doble movimiento. Las artes investigando y la antropología creando.
Al crear-investigar en lo inter, en el límite, con el vértigo que eso muchas veces implica, se siente un aire fresco: evocaciones, o al menos representaciones elusivas, cuya forma nos afecta el cuerpo, nos emocionan, nos invitan a imaginar y nos gatillan pensamientos. Todo esto, sin saber con certeza a qué disciplina corresponde el artefacto al que nos vemos enfrentados.