• Por Fernando Pérez
  • Fotografía Archivo de la Arquitectura Chilena, Universidad de Chile, 1924.

Acervo

Luciano Kulczewski: Un arquitecto de culto

Su figura ha trascendido recientemente gracias a una minuciosa investigación de dos años, realizada por tres profesores de la Facultad de Arquitectura,  Diseño y Estudios Urbanos de la UC, el Instituto de Estética y Contrucción Civil, respectivamente. Todo se plasmó en un libro que logra recopilar 101 proyectos del arquitecto, muchos de los cuales son edificaciones que los ciudadanos admiran sin saber a quién atribuir. Su estilo ecléctico adquiere un lenguaje único que lo convierte en un creador fundamental del siglo XX.

“Luciano Kulczewski es desde hace algún tiempo un arquitecto popular. Ha conseguido a un público admirador que supera al círculo de los conocedores. Especialmente en su primera etapa profesional, realizó trabajos que el ciudadano común distingue por su originalidad y una cierta dosis de fantasía que se percibe como un aporte al paisaje urbano. Tras ese reconocimiento público se esconde, sin embargo, la calidad arquitectónica excepcional que marca toda su obra. Con independencia de sus opciones formales, Kulczewski logró dotarla de una intensidad y una precisión nada frecuente. Ello se expresa en su capacidad compositiva y en un manejo dimensional que atraviesa la variedad de lenguajes que utilizó a lo largo de su carrera”.

Con estas palabras al inicio del prólogo del libro La obra de Luciano Kulczewski (Harris, R.; Pérez, E.; Prado, F.; Ediciones ARQ, 2025), intento presentar la figura de este arquitecto chileno (Temuco, 1896-Santiago, 1972), que ha trascendido en el tiempo por su carácter único e icónico plasmado en edificaciones clave de Santiago.

Sus creaciones han sido consideradas una buena locación para el cine, por lo que su autoría y su nombre, de resonancias centroeuropeas y hasta difícil de pronunciar, es recordado por muchos.

Sospecho que esa fama se debe, principalmente, al primero o segundo período de su producción. Aquel que se asocia al art nouveau o a un cierto eclecticismo historicista con referencias medievales. Me refiero a sus obras para el San Cristóbal, su propia casa en la calle Estados Unidos, la sede del Colegio de Arquitectos o el edificio El Cuervo.

Aún podríamos llegar a algunas de sus incursiones en el art déco, como es el caso del actual hotel Luciano K o la piscina escolar en la calle Independencia. Pienso que detrás de esta valoración hay un aprecio por la introducción de una cierta fantasía en la cotidianeidad urbana. Por la capacidad de contar historias o de escenificarlas, más que de explorar o perfeccionar la forma. Estaríamos así en ese terreno que Víctor Hugo, quien sostenía que el libro derrotaría al edificio, exploró en Nuestra señora de París, novela en que se oculta una suerte de ensayo sobre la arquitectura. Que esta sensibilidad pudiese ser llevada a casas de formato pequeño o incluso a poblaciones es algo que pareciera satisfacer a amplios grupos de la ciudadanía, tal vez porque contradice esa visión anónima mecanicista de la ciudad moderna que se ha impuesto en el terreno del cine, como en Metrópolis, de Fritz Lang, o Tiempos modernos, de Charles Chaplin.

Sin duda, esa es la marca dominante de Kulczewski y determina lo que fue su período más productivo.

Sería un error, desde una visión arquitectónica más amplia, no considerar su manejo de otros lenguajes como el más próximo a los volúmenes blancos asociados a las vanguardias o al Steam Line. Ello, no solo porque perderíamos una parte de la significación, el talento y la complejidad del arquitecto, sino también porque pasaríamos por alto el hecho de que, hasta cierto punto, persigue objetivos similares al pasar de un lenguaje al otro. Que aunque en obras tan notables como la casa Söhrens en la calle Valentín Letelier, la casa Alviña en Matta Oriente o la casa Dagorret en Providencia hay un mismo juego de imaginación casi pintoresquista, una valoración de la asimetría y una capacidad impresionante para encajar las piezas en el puzle compositivo.


En obras tan notables como la casa Söhrens en la calle Valentín Letelier, la casa Alviña en Matta Oriente o la casa Dagorret en Providencia hay un mismo juego de imaginación casi pintoresquista, una valoración de la asimetría y una capacidad impresionante para encajar las piezas en el puzle compositivo.

Componer con maestría

¿De dónde proviene esa capacidad compositiva de Kulczewski, más allá de su propio e indudable talento formal? Creo que no es descabellado pensar que el ambiente académico con el modelo de Bellas Artes en que se formó nos da una clave para comprender mejor, no necesariamente las opciones formales que adoptó, sino más bien la soltura y la maestría con que las manejó. Por ejemplo, en la planta de su casa, que se despliega en ese terreno triangular casi sin profundidad. El aprovechamiento del ángulo más agudo para situar la escalera de acceso, convirtiéndola en un episodio urbano como en la casa Söhrens; el tratamiento del living que convierte su matriz triangular en una suerte de rombo, por vía de la utilización de un bow window; el manejo del poché (técnica de representación gráfica, originada en la École des Beaux-Arts, que consiste en rellenar de negro o un color oscuro los muros, estructuras y espacios residuales –no habitables– en una planta) para resolver el cambio de ángulo en el acceso al comedor, son recursos que recuerdan esa capacidad de adaptar los principios clásicos a la irregularidad de los terrenos, que era frecuente en los arquitectos educados en la tradición de Bellas Artes.

Más allá del oficio tradicional, y si se quiere, convencional demostrado en sus primeros proyectos para el Servicio Nacional de Agricultura en calle Matucana, Kulczewski fue capaz de desplazar ese oficio en el empleo de otros lenguajes. Se nos presenta así formando parte de ese grupo de arquitectos conversos, por así llamarlos, que, con una formación clásica, adhirieron a otros supuestos formales en un momento de su carrera: Alvar Aalto, Louis Kahn, Gunnar Asplund, Robert Mallet-Stevens o André Lurçat, con

todas las diferencias del caso, pueden ser examinados desde esta perspectiva.

Más allá del radical cambio de lenguaje, su formación y su oficio permanecieron debajo de la piel. Puede pensarse que la formación de Bellas Artes, considerada como método compositivo y habiendo asimilado propuestas como las de JNL Durand, conducía al eclecticismo y que este puede responder a un momento de significativa y compleja transición cultural como fue la del primer tercio del siglo XX.

Relevar la obra de Kulczewski.

Relevar la obra de Kulczewski.

Este libro logra reunir 101 obras del arquitecto. “Como equipo, lo más emocionante es darse cuenta del interés que aún genera la obra del arquitecto Luciano Kulczewski en un público general que valora su particularidad”, afirma una de sus autoras, la académica Elvira Pérez.

El rol político

En relación con el contexto histórico que le tocó enfrentar, más de una vez ha llamado la atención la posición política de Kulczewski como fundador del Partido Socialista. Para muchos resulta difícil compatibilizar dicha posición política con una arquitectura como la suya, que hace gala de imaginación, fantasía y múltiples referencias históricas. Incluso, costaría compatibilizar dicha postura con la propia imagen personal del arquitecto, elegante y con algo de dandismo en el vestir, junto a su gusto por los automóviles. Se esperaría, probablemente, una arquitectura más ligada a alguna forma de racionalismo o a la llamada nueva objetividad como la de alguno de los constructivistas rusos o algunos de los proyectos de la Alemania de la República de Weimar.

Intentar comprender la tensión que se da en Kulczewski obligaría a conocer las características del socialismo en el Chile de los años 30 y 40, vinculado a posturas modernizadoras, democráticas y populares.

Por otra parte, habría que abrirse a las complejas relaciones que se establecieron entre los políticos de izquierda y la arquitectura. Bastaría recordar la predilección por el proyecto del arquitecto Boris Iofan para el Palacio de los Soviets, equidistante entre los rascacielos norteamericanos y alguna arquitectura monumental del siglo XVIII, o el Metro de Moscú, construido por Stalin en 1935, haciendo gala de un elegante historicismo ecléctico. De este modo, en una suerte de epítome personal, Kulczewski nos permite reflexionar sobre las complejidades de nuestra historia, alejándonos de esa frecuente tendencia al esquematismo. En un ámbito más específico, nos habla también de la historia gremial y de la amistad cívica entre arquitectos, en los años de la fundación del Colegio de Arquitectos, a partir de las dos asociaciones que existían.

El intento por atrapar su compleja figura se nos presenta en la forma de un libro. Este contribuirá, a mi juicio, al conocimiento y la comprensión de su obra y figura. Lo hará, en primer lugar, por su fuerte contenido informativo. Con Kulczewski a través del tiempo, el libro entreteje la vida personal del arquitecto con su obra y el contexto político social que la acompañó.

El texto en su mayoría está dedicado al inventario de la obra de Kulczewski, una tarea, ciertamente titánica, que constituye un aporte definitivo para establecer su producción arquitectónica. Contar con tal cantidad de información, que abarca desde el mandante y la localización al estado de conservación en las pocas páginas dedicadas a cada obra es una tarea admirable. La localización geográfica le permite, además, jugar un rol de guía para recorrer la obra del arquitecto.

Se trata de una publicación que prestará un servicio invaluable y, muy probablemente, se convertirá en texto de consulta para quien se interese en el conocimiento del arquitecto.


Pienso que detrás de esta valoración hay un aprecio por la introducción de una cierta fantasía en la cotidianeidad urbana. Por la capacidad de contar historias o de escenificarlas, más que de explorar o perfeccionar la forma… Que esta sensibilidad pudiese ser llevada a casas de formato pequeño o incluso a poblaciones es algo que pareciera satisfacer a amplios grupos de la ciudadanía.