• Por Soledad Cortés Salinas
  • Periodista Dirección de Medios y Publicaciones

Acervo

Mauricio Redolés: “Le he hecho preguntas a la ciudad, y ella me ha respondido”

El poeta y músico chileno, autor del icónico “¿Quién mató a Gaete?”, mantiene una colección de alrededor de 2.000 papeles, metales y volantes con inscripciones, que ha recogido de las calles desde 1982. A través de ellos, releva trozos de humanidad y sabiduría escondida en el cemento urbano. Aquí, navega también por su estrecha relación con el Barrio Yungay, al cual su historia está entrelazada y cuyo patrimonio defiende de forma incansable. Aunque no descarta cambiarlo por el mar.

El encuentro es en Compañía de Jesús con Rafael Sotomayor, afuera del Café Brunet, una construcción de conservación histórica que data del año 1927. El edificio, ubicado en el Barrio Yungay, es de color crema y posee un estilo arquitectónico ecléctico. La elección no es al azar. Tiene un significado importante para el músico y poeta Mauricio Redolés. En este espacio, ha comenzado a desarrollar un proyecto documental de entrevistas. Esta es una más de tantas iniciativas en las que persigue rescatar la memoria y la historia, que se han transformado en dos puntales de su lucha actual.

A lo anterior se suma que, como habitante del icónico barrio capitalino, su preservación se encuentra atada a su propia biografía. Por ello, cada vez que un nuevo incendio o crimen azota a sus rincones, el artista asume una defensa protagónica. Como esa vez en 2023, cuando publicó una carta dirigida a la entonces alcaldesa de Santiago, Irací Hassler, en la que acusó abandono del Barrio Yungay. Pese a ello, afirma que nunca ha optado por vivir en este lugar: “Se ha generado una impresión falsa: la idea de que yo soy un yungaíno de corazón, o que amo al Barrio Yungay por sobre todas las cosas. La realidad es que son solo mis circunstancias biográficas, ya que yo nací aquí, en la calle Maturana, entre San Pablo y Rosas”, asegura.

EL EXILIO Y UN PAPEL DE LA SUERTE

Hasta 1972, Redolés vivió en el barrio patrimonial capitalino. Ese año se trasladó a vivir a la Región de Valparaíso, donde comenzó a estudiar Derecho en la Universidad Católica de Valparaíso. Sin embargo, en 1973 se cambió a la Universidad de Chile –sede Valparaíso–, pero se mantuvo en la misma carrera. Tres meses después del golpe de Estado, fue detenido. Estuvo preso 21 meses en distintos lugares de Valparaíso y Santiago. Luego, partió al exilio: “De la cárcel me fui al aeropuerto y del aeropuerto a Londres. Estuve nueve años, nueve meses y 19 días en Inglaterra”, recuerda.

Durante su estadía en ese país, en el año 1982, el artista cuenta que pasó por una época de “bajón anímico”. “Era un estado típico de los que estábamos exiliados. No podíamos volver a Chile. Estábamos en un país donde nunca íbamos a hacer lo que queríamos, salvo que nos transformáramos en británicos, ¡pero no queríamos ser británicos!”.

Al dolor del exilio se sumaba el término de una relación amorosa. Aunque fue de mutuo acuerdo, Mauricio vivía el duelo del fin del idilio. Tras salir de la casa de la muchacha, Redolés caminó hacia su casa. En ese momento se encontró con un contenedor de metal que estaba repleto de artículos domésticos y objetos. “Me llamó la atención una cartera de dama antigua. La abrí y había un papel que me estaba esperando. Era un cartón grueso con una caligrafía en tinta verde, parecido a las tarjetas de la suerte o los papeles que vienen en las galletas de la fortuna. El papel decía: ‘You will live a long time‘. No es que yo estuviera pensando en suicidarme, pero estaba muy desanimado y este papelito me indicaba que iba a vivir harto tiempo, que debía mantenerme en forma, salir a caminar, disfrutar del viento, del sol, de la lluvia”.

“Me llamó la atención una cartera de dama antigua. La abrí y había un papel que me estaba esperando. Era un cartón grueso con una caligrafía en tinta verde, parecido a las tarjetas de la suerte o los papeles que vienen en las galletas de la fortuna. El papel decía: ‘You will live a long time'”

Como un amuleto y señal de las calles de Londres, Mauricio guardó ese papel. Tiempo después, encontró un cartel de una cafetería que estaban remodelando cerca de la estación de Charing Cross, en Londres. El cartel tenía escrito el menú de la clase trabajadora que almorzaba en el local: papas fritas, arvejas y pie de riñones. También lo guardó.

Cuatro años después, de vuelta en Chile, caminando por San Pablo y doblando por la calle Cueto, Mauricio se encontró con un basurero que solo tenía en su interior un papel arrugado: “Era una carta de un preso a su mujer contándole todas sus penurias. En ella le pedía que se consiguiera un buen abogado, que fuera a verlo a la cárcel y que se preocupara más de él. El preso se pasaba el rollo de que ella tenía otra pareja, que le estaba siendo infiel. Además, le contaba que se llevaba muy mal con los compañeros de celda, que le habían pegado, que incluso había pensado en suicidarse”, explica.

—¿Qué te hizo guardar ese papel?

—Me impactó pensar que ella recibió la carta, la arrugó y la lanzó a la basura, porque creo que es un testimonio de época, de un momento, de un hombre, de la ciudad. Era literatura real, no ficticia. Ni Dostoyevsky, ni Cortázar, nadie podría haber escrito algo así.

RECOLECTOR DE TESTIMONIOS

RECOLECTOR DE TESTIMONIOS

"No es que yo estuviera pensando en suicidarme, pero estaba muy desanimado y este papelito me indicaba que iba a vivir harto tiempo", revela Redolés sobre uno de sus hallazgos callejeros

Así, Mauricio Redolés comenzó a recoger por las calles todo tipo de papeles, metales y afiches que tuvieran algún tipo de inscripción. Lo importante –recalca el poeta– es que estén abandonados en la vereda.

Hasta la fecha, tiene alrededor de 2.000 registros. El 50% del material está guardado en una bodega en la Universidad Alberto Hurtado. Lleva tres años trabajando en este proyecto junto al sociólogo urbano Eduardo Canteros, académico de la misma universidad. De hecho, del 26 de septiembre al 4 de octubre pasado, Redolés expuso en la Factoría Franklin parte de estas inscripciones, en el marco de “Perderse para encontrar”, una iniciativa de la organización Puebla, que desarrolló distintas actividades y exposiciones en el Barrio Franklin.

Al principio su colección de papelitos se llamaba PELC, acrónimo de Papeles Encontrados en las Calles. Pero mientras seguimos la conversación en el Café Brunet, aún no decide qué nombre tendrá la muestra. También menciona como alternativa P-Y-O-M-C-I-E-E-L-C, es decir, Papeles y Otros Materiales Con Inscripciones Encontrados En Las Calles.

Junto a Eduardo Canteros ha realizado un importante trabajo ordenando y reflexionando en torno a PYOMCIEELC. Pero han sido rechazados por diversos museos y centros culturales para exponer la colección.

—Nos han rechazado porque son personas sensatas, si esto es una locura. Porque voy a exponer todo lo que he encontrado y hay papeles que no les gustarán a todos. Por ejemplo, tengo una carta de un muchacho dirigida a su examante, y me costó mucho trabajo limpiarla.

—Los papeles que recoge ¿deben tener algún tono especial?

—Son pedazos de humanidad: cosas tiernas, cosas agresivas. Son cosas buena onda y cosas mala onda.

—¿Qué tan importante ha sido el trabajo académico y sociológico en este proyecto?

—Bueno, Eduardo ha sido muy importante. Él me ha ayudado a dirigir esto. A darle sentido. A reflexionar y descubrir cosas. Por ejemplo, algo que le impresionó mucho es que, en ocasiones, le he hecho preguntas a la ciudad y esta me ha respondido.

—¿Cómo?

—Una vez dije: “Ya, no colecciono más papeles. Estoy cansado”. Luego, pensé que el último panfleto que recogiera me daría la respuesta. Caminé y tomé del suelo lo primero que encontré. Lo di vuelta y no decía nada. Me impresionó mucho. Se me pararon los pelos. También recuerdo otro momento en que iba caminando con un amigo por la calle García Reyes y él me dijo que le preguntara algo a la ciudad. Entonces, pensé que el próximo papel que levantáramos me iba a decir a qué me tenía que dedicar. Efectivamente, era de un escenario que tenía un restaurante para tocar.

“Cuando uno llega a habitar un territorio, este se transforma en parte de tu propia biografía. Es inevitable. Y tú, en la medida que vas conociéndolo, vas sintiendo afecto por las personas que viven ahí, por los recuerdos”

—¿Te ha ocurrido en otras ocasiones algo parecido?

—Ha sido impresionante. Ese mismo, día llegamos a un basurero y había algo que destacaba, un cartón blanco, más o menos grande. Lo doy vuelta y era la portada de un libro de Carlos Droguett (una prueba de imprenta o algo así). Si yo escribo, es porque leí a ese autor. Ese episodio me llevó a escribir poesía, literatura y crónica. Fue la moral y la ética presente en la obra de Carlos Droguett. Sobre todo por Patas de perro.

Los papeles, metales, telas y más que integran la colección PYOMCIEELC de Mauricio Redolés llevan escritas desde declaraciones de amor hasta declaraciones políticas. En un cartón que lleva los pliegues marcados y adornado con una luminosa tinta amarilla, se lee: “Chile en contra. Nadie quiere un barrio inseguro“. Otro dice: “Mónica Sex Story. London Daily News”. Entre la colección también hay panfletos, como uno que tiene marcadas las huellas de alguna marcha por la Alameda, y en el que se lee: “Asamblea Constituyente, para cambiarlo todo”. El último reza como un manifiesto: “A nadie le aguanté nada, solo a ti. Pero no creas que si yo tengo que terminar una relación, no lo voy a hacer. Por amor, termino igual“.

EL MAPA POÉTICO QUE RESISTE EN EL BARRIO YUNGAY

Para el poeta y músico Mauricio Redolés, la defensa del Barrio Yungay no es solo una postura, sino una militancia cotidiana. En 1993, el artista canalizó su cruzada a favor del patrimonio local al presentar un ambicioso proyecto a la Municipalidad de Santiago: un sistema de señalética urbana inspirado en las blue plaques de Londres para rescatar la memoria de los barrios. Hoy, de las diez placas que alcanzaron a inaugurarse, sobreviven ocho. Entre ellas, destaca el homenaje al novelista Nicomedes Guzmán.

Al constatar que la vivienda de la infancia del escritor estaba en ruinas, Redolés recurrió a la propia literatura: descifró las coordenadas geográficas en las páginas de La sangre y la esperanza y fijó la placa entre las calles García Reyes y Bulnes, junto al Mapocho, uniendo para siempre la identidad del barrio con la obra de su autor.

A pesar de todo lo anterior, Redolés se rebela a la caricatura de ser el rostro del barrio: “Cuando uno llega a habitar un territorio, este se transforma en parte de tu propia biografía. Es inevitable. Y tú, en la medida que vas conociéndolo, vas sintiendo afecto por las personas que viven ahí, por los recuerdos. Amo el recuerdo de mi padre sacándome a pasear. Amo a mi madre abrazándome y a mi hermano caminando por el barrio. Pero no soy un fanático del Barrio Yungay. También he pensado en irme de acá, varias veces. Me gustaría irme cerca del mar.