MAVI UC, 25 años: una ventana abierta al arte chileno contemporáneo
Relevar el patrimonio. Eso fue lo que motivó a dos empresarios y exalumnos UC a impulsar una iniciativa que, más allá de buscar utilidades monetarias, encontró un rol sociocultural muy importante a comienzos de los dos mil. El Museo de Artes Visuales, hoy MAVI UC por su alianza con la casa de estudios, se ha convertido en un faro para artistas jóvenes que buscan llegar con sus obras al resto de la sociedad.
Los 25 años del MAVI UC abren un ciclo nuevo. Ahora, en primera línea hay una nueva generación, encabezada por Ana María Yaconi, licenciada en Arte y profesora de Historia, ambos por la UC. Gracias a la generosidad de su padre, Hugo Yaconi, y de Manuel Santa Cruz, creadores del museo, ahora se encuentra asociado a la Universidad Católica y dejó de ser un proyecto privado: “Juntaban cacharros precolombinos, artesanías, antigüedades. Como hacían obras civiles, puentes especialmente, encontraban cerámicas bajo tierra y los guardaban (en esa época no había una legislación al respecto). Después, al viajar por el país buscaban objetos. Esto se corrió en el ambiente y les empezaron a llevar piezas”, cuenta Ana María.
Santa Cruz y Yaconi eran dos amigos de infancia, desde que vivían en Curicó, y se convirtieron en destacados empresarios. Ellos decidieron compartir ese éxito con el arte nacional. Comenzaron como coleccionistas emprendedores y terminaron creando un museo. Según el crítico Waldemar Sommer, sus obras, en especial las de fines de los años 80 y los años 90, son de la mejor etapa de a historia del arte en nuestro país. Gracias al MAVI UC, en el futuro se podrá revisitar ese periodo.
Un espacio para los artistas
Para Ana María, presidenta de la Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro, creada en 1994 para administrar los proyectos del creativo dúo Santa Cruz y Yaconi, en el origen del MAVI hay una sensibilidad sin pretensiones: “Para Manuel, por ejemplo, lo curicano consiste en saber reconocer a quien sabe más que tú”.
Desde la infancia, los socios habían coincidido en el Liceo de Curicó, y luego, en Ingeniería Comercial de la Universidad Católica. Más tarde, Yaconi fundó una constructora con dos hermanos a la que incorporó a Santa Cruz. La unión se consolidó al convertirse en cuñados, luego de que el primero se casara con una hermana del segundo.
El germen coleccionista resultó fértil. Una manifestación de ello fue la idea de Yaconi de crear Comparte, que es una comercializadora de artesanías de exportación que permite apoyar a sus creadores, necesitados de una gestión adecuada de sus productos, y que les permita vivir de sus artesanías.
Más tarde, a fines de la década del 60 fundaron la galería Drugstore, en Providencia, que los puso en contacto con el arte contemporáneo, recuerda Ana María: “En un viaje a París, con mi padre conocimos un subterráneo con objetos de arte y diseño, librería, café, y eso le llamó mucho la atención; es lo que después se transformó en el Drugstore, donde ya comenzó la relación con el arte actual, con exposiciones, danza y diseño. Antes de eso, más bien compraban arte chileno del siglo XIX”.
“En un viaje a París, con mi padre conocimos un subterráneo con objetos de arte y diseño, librería, café, y eso le llamó mucho la atención; es lo que después se transformó en el Drugstore, donde ya comenzó la relación con el arte actual”, cuenta Ana María Yaconi
Los dos socios se interesaron en ese mundo moderno, de gente brillante y creativa: “Por algo el papá optó por una casa familiar diseñada por su amigo Mario Leyton, que era una caja de cristal en los años 50, cuando aquí no se veía esa arquitectura. Lo mismo Manuel, con las pinturas que había en su living, pero la experiencia del Drugstore los acercó más. Por entonces, Carmen Waugh le mostró un Matta a Manuel y este hizo clic. No eran intelectuales, pero creían que una sociedad requiere de arte y cultura para funcionar bien, y que en eso los empresarios tienen una función clave, de apoyo”.
Constructores en su origen –creadores del puente de Puerto Aysén, por años el más largo de Sudamérica–, además de fuertes en el marcado del gas y del comercio, y pioneros en la exportación de fruta, en cada giro era uno de los dos el que lideraba la iniciativa. Lo mismo aplicaron en sus “actividades extraprogramáticas”, en las cuales Yaconi se enfocaba más en lo social como presidente de la Unión de Empresarios Cristianos y del Hogar de Cristo, así como también fue uno de los primeros en apoyar Un Techo para Chile. En cambio, Santa Cruz se centraba más en el arte y la cultura.
La Plaza Mulato Gil de Castro fue la síntesis: un espacio para que los artistas pudieran mostrar sus obras, pero también encontrar compradores y vivir de su trabajo. En Chile, faltaban lugares que acogieran a los artistas e intelectuales, un ambiente propicio para unos y otros. Su nacimiento fue casual. El escultor Hernán Puelma había comenzado a asesorarlos en sus compras de arte contemporáneo y se fueron haciendo amigos. Cuando crearon el Hostal del Parque en 1980 –de buenas vistas sobre el Parque Forestal–, con él compartieron un problema; hacia atrás había un paisaje precario, una casona medio abandonada que iba camino a la demolición.
Según Ana María, “Puelma fue fundamental” para que se atrevieran a crear ese centro de arte y cultura en el corazón del Barrio Lastarria. Aunque los socios siempre tuvieron la convicción de que las obras no eran para guardarlas en sus casas, “nunca pensaron en crear un museo”, agrega.
Primero, en coordinación con la cancillería, se armó una muestra itinerante de 80 obras que recorrió 17 países: “Chile, artes visuales hoy”. Tras su exitoso periplo, quedó algo que resolver: qué hacer con todas esas obras seleccionadas del Chile contemporáneo.
La génesis de la plaza
Detrás de la creación de la Plaza Mulato Gil de Castro, inaugurada el 29 de octubre de 1981, se buscaba fortalecer los lazos de la convivencia urbana en Santiago, a través de la fuerza de los artistas y sus obras. “Combinando sus aptitudes de lugar abierto y escondido a la vez, ha sido caldera de manifestaciones culturales y oasis para las reflexiones personales” (Carlos Franz, escritor)
Vivir del arte
El pintor Benito Rojo fue testigo del proceso de formación del MAVI, del cual destaca las raíces campesinas tanto de los socios creadores como del escultor Hernán Puelma Urzúa: “Por el lado materno, Hernán proviene de una familia con generaciones en Colchagua. De niño creció en el campo, con un abuelo, y ahí mismo comenzó a conocer máquinas, a hacer cosas con sus manos, sus primeras esculturas. Esta coincidencia terminó siendo importante, y no solo porque los tres se llevaban muy bien”.
Con Puelma fue surgiendo esa idea de crear un centro donde artistas chilenos pudieran mostrar sus obras. Era un acto audaz, sin mayores referencias en Chile. En 1981, se inauguró la Plaza Mulato Gil de Castro o Plaza de los Talleres, donde –por concurso– se instalaron creadores muy diversos. Los socios, a veces para apoyarlos, otras por puro gusto, siguieron comprando.
Según el pintor Rojo, todo se sumó para el éxito del lugar: “El Instituto de Arte Contemporáneo, el restaurant, los eventos y la economía, que comen- zó a mejorar a fines de los 80. Chile empezó a abrirse al mundo, aumentaron los viajes y eso mismo impulsó un poder comprador, porque los gerentes chilenos partían a Nueva York y lo primero que les mostraban eran las obras de arte, del banco o de la compañía de seguros. Aquí, después de mostrar la colección del Banco Central, no sabían qué presentar. Con todo eso, gente joven se comenzó a interesar en comprar arte contemporáneo, para su empresa o sus propias casas”.
Lo que comenzó a fines de los 80 culminó en los 90, cuando la colección creció y se empezó a hablar de hacer un museo: “Este acervo va a ser muy interesante para el futuro, ya que refleja un periodo clave de Chile. Hay obras anteriores, de los 60 y 70, pero lo principal es de los 80 y 90, que corresponde a la transformación del país”, cuenta Ana María.
Hernán Puelma le dio otro empujón al proyecto: “Por la relación con el campo se le ocurrió una idea genial, que la fundación comprara un predio en Lolol para urbanizarlo y luego canjear parcelas por obras de arte, y así aumentar la colección de esa época. Más de 100 parcelas fueron cambiadas por una cantidad importante de arte de esa época”, agrega Ana María.
Benito Rojo añora esos años: “Faltan esos lugares en Chile, de encuentro, de conversación, donde el público pueda conocer a los artistas y estos mostrar sus obras, lo cual es muy estimulante para todos. En cambio, ahora cada uno está en su casa, ofrece sus obras en Instagram, restando funciones, incluso, a las galerías de arte”.
Museo privado y público
El propietario del lugar en Lastarria, el restaurador Ramón Campos Larenas, había conservado su casa al fondo de la Plaza Mulato. Al fallecer, quedó el espacio vacío. Fue entonces cuando Puelma planteó, formalmente, la idea de un museo para ese lugar.
Santa Cruz y Yaconi no estaban convencidos. Como empresarios, veían que era un proyecto muy complejo; en seguridad, climatización, iluminación, mantención… Sería una verdadera empresa que tendría que subsistir. Pero, una vez más en su larga historia como socios por más de medio siglo, se aventuraron.
La muestra, que había recorrido Europa exhibiendo los trabajos de los nuevos artistas chilenos, sería su núcleo. Así, el año 2001 se inauguró el Museo de Artes Visuales, MAVI, con un proyecto de arquitectura de la oficina de arquitectos de Cristián Undurraga y Ana Luisa Devés, quien había estado cerca desde el inicio. El edificio es un bloque discreto, que no invade la plaza, y que se despliega hacia el interior. Con una fachada icónica, un gran mural cerámico del principal artista visual chileno, Roberto Matta, el que inspiró la forma del espacio.
Lo precolombino había estado desde 1981 con el pionero Museo Arqueológico de Santiago (MAS). Apareció, junto con la Plaza Mulato, como un contrapunto entre el presente y sus raíces. Una colección importante que convivió con los artistas contemporáneos.
Para los 500 años del primer viaje de Cristóbal Colón, la muestra “Chile Indígena” recorrió Europa durante dos años y medio, y más tarde, Asia y Oceanía. El arte precolombino nunca había tenido una ruta tan extensa y completa, y ya eran más de tres mil piezas. En 2011 se decidió traspasar la responsabilidad de la colección para que fuera gestionada por el Museo Chileno de Arte Precolombino, con el acuerdo de facilitar de regreso una serie para montar una exposición cada dos años, la que se presenta en la Sala MAS, dedicada a la arqueología. Los esfuerzos se centraron, entonces, en el MAVI y sus crecientes desafíos.
“Es una invitación a revisar su colección y su historia desde el presente, entendiendo el museo como un archivo vivo que ha acompañado distintas transformaciones culturales en el país”, afirma Amelia Saavedra
Un tesoro en Lastarria
La colección incluye cerca de mil obras de arte contemporáneo chileno, desde los años 60 hasta nuestros días. Entre las obras relevantes se encuentras las de artistas como Roberto Matta, Juan Dávila, Rodolfo Opazo, Ricardo Yrarrázaval y Francisca Cerda, entre muchos otros.
Archivo vivo
Según la actual directora de MAVI UC, la arquitecta Amelia Saavedra, desde que se firmó el convenio con la Universidad Católica, hace cuatro años, las prioridades cambiaron: “En esta nueva etapa se ha centrado en impulsar la profesionalización del museo en lo legal; en catalogar, organizar los depósitos, restaurar o mantener, revisar la colección para descubrir vacíos y gestionar compras o canjes, estudiar la pertinencia de las eventuales donaciones”.
La colección crece con más lentitud ahora, con las obras ganadoras del Premio Arte Joven, dedicado a promover a los menores de 35 años o las del Proyecto Finlandia, dedicado a los artistas de mediana carrera.
Un curador seleccionado anualmente propone la nueva exposición a partir de las 700 obras –aproximadamente– de la colección, las que se montan en dos salas separadas. A ella se suman otras, de temas escogidos o derivadas de préstamos de museos o de privados.
Como la idea de los fundadores era acercar el arte a todas las personas y públicos, se volvió importante la atención de colegios y liceos: “Es un desafío interesante pensar en la forma de llegar a niños y también a quienes requieren lenguaje de señas, Braille o atender las necesidades de un público TEA o adulto mayor, de contenidos distintos”.
Además, la interacción con el público retroalimenta los contenidos: “Aparecen sensaciones de abandono o de soledad, entre otras vivencias, y a partir de eso, se humaniza la experiencia en el museo, que no es solo un lugar estético sino también de emociones sociales”.
En la actualidad se avanza hacia una alianza con otros museos de Santiago, en principio, y después de regiones, para cumplir con la misión del museo, tal como Santa Cruz la definía: “Poner en valor a los artistas de nuestro país“. Más adelante, se espera llegar a Bogotá y Buenos Aires.
“El aniversario de MAVI UC es una oportunidad para reconocer la trayectoria del museo y su aporte al desarrollo del arte contemporáneo en Chile, no solo como espacio de exhibición, sino también como un lugar de encuentro entre artistas, obras y públicos. Es una invitación a revisar su colección y su historia desde el presente, entendiendo el museo como un archivo vivo que ha acompañado distintas transformaciones culturales en el país. Es también una instancia para proyectar su futuro, fortaleciendo su compromiso con las prácticas artísticas contemporáneas y con la generación de nuevas experiencias para sus públicos”, afirma Amelia Saavedra.