• Por Matías Galleguillos
  • Licenciado en Filosofía por la Universidad de Chile, magíster en Filosofía Contemporánea por la Universidad Diego Portales y máster en Edición por la Universidad Autónoma de Barcelona.

Cultura

Artilugio: vigencia y valor del mito

La riqueza y particularidad de los mitos chilotes son expresión de una cultura rica y robusta, que ha sabido navegar y permanecer durante siglos, mestizándose con diversas tradiciones: apropiándose y adaptándose.

“Expulsados de nuestros lugares

hablamos de noche”

Bruno Montané

Me cuesta escribir sobre Chiloé. Es un símbolo tan poderoso que puede abrir o cerrar cualquier conversación, sobre todo cuando no conozco al interlocutor. Muchas veces el lector –o quien escucha– llega con ideas ya formadas sobre el archipiélago. Siempre que alguien se entera de que soy chilote, se escucha: “¡Qué bacán!”; “He estado de vacaciones”; “Lo conozco, ¡es tan bonito!”.

Esas frases pueden sostener una conversación desde un lugar seguro y familiar, pero también pueden agotarla de inmediato. Cualquier chilote que haya migrado sabe lo que es lidiar con ese exotismo. De una forma u otra, aprendemos a ajustar nuestras respuestas, gestos y actitudes. Sea con una sonrisa, una afirmación rápida o la indiferencia, casi todo migrante termina construyendo una imagen de sí mismo a partir de la mirada ajena. Una mirada distinta de la que tenía entre los suyos.

La colección de libros Ancud, que dirijo, nace de la necesidad de encontrarme con mi propia historia. Surge, en parte, desde la distancia: de haber migrado de Chiloé a Santiago y querer reconectar con aquello que había dejado atrás.

Recuerdo que, buscando en la biblioteca de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile libros sobre Chiloé –y en particular sobre mi ciudad natal Ancud–, me topé con Los brujos de Chiloé. Célebre proceso del juzgado de Ancud. Declaraciones de los reos (1908). Lo pedí de inmediato desde la colección Eugenio Pereira Salas y leí, incrédulo, sus cuarenta páginas. Era la constatación de un mito convertido en episodio histórico. No tenía idea de ese juicio inquisitorio moderno, ocurrido hace menos de doscientos años, cuando Chile ya era República, y menos todavía, de que había sucedido en mi pueblo.

El caso de los brujos es, sin duda, el que más llama la atención y el que siempre despierta mayor interés externo. De hecho, la invitación para escribir este artículo vino precisamente por mi visión sobre los brujos y otros seres mágicos.

Las capas del silencio

Vivir en la periferia tiene muchas consecuencias. Una de ellas es formarse en historias y narrativas ajenas. Desde el centro político se define casi todo, y nuestra educación escolar y profesional rara vez considera la territorialidad ni las particularidades culturales e identitarias. Incluso en un lugar tan rico culturalmente como Chiloé.

Cuando me formé, casi no existían publicaciones sobre el archipiélago, ni sobre su peso geográfico y cultural. Que yo desconociera el sabroso proceso judicial contra decenas de indígenas en mi propio Ancud es solo una muestra del silencio que aplasta la memoria colectiva desde el centro hacia afuera.

Tardé años en rastrear las fuentes de aquel juicio. Había referencias parciales, ediciones descatalogadas y documentos dispersos en bibliotecas, algunos hoy digitalizados en el sitio Memoria Chilena. Revisar las capas de ese silencio –y las razones por las que ciertos textos se publicaron en distintos momentos– resulta bastante elocuente.

Lo primero sería indicar que de los expedientes judiciales originales poco y nada se sabe; pueden haberse perdido definitivamente o estar descatalogados en algún archivo. Lo que tenemos a disposición son: el Archivo Nacional, unas “Copias de algunas piezas del proceso de Los brujos de Chiloé” y las transcripciones a mano que hiciera Román Espech (para enviarlas a Benjamín Vicuña Mackenna) de dos procesos judiciales realizados en Ancud –uno en 1879 y otro en 1880– contra decenas de indígenas considerados brujos y miembros de “La Recta Provincia”, nombre que se le daba a la organización de machis y curanderos del archipiélago. Este documento constituye la principal fuente que tenemos del denominado “juicio a los brujos de Chiloé”.

Aunque Pedro Lautaro Ferrer ya mencionaba estos manuscritos en 1904 en su Historia general de la Medicina en Chile, no se publicaron íntegramente sino hasta 1908 –en la edición que leí siendo mechón de Filosofía–. Más tarde, en 1960, reaparecieron algunos fragmentos bajo el título “Proceso de los brujos de Chiloé”, en los Anales Chilenos de Historia de la Medicina de la Universidad de Chile.

En la edición de 1908 se reproducen algunas declaraciones y documentos, pero se omite la introducción de Román Espech y parte del material probatorio. Además, no buscaba resguardar la historia, sino “destruir esos cuentos de pura fantasía”, de “jente mui ignorante i malvada, de puro oríjen indio” (sic), que habría explotado la buena fe de los habitantes mediante “ceremonias secretas” para aterrorizar y robar a los “infelices indios”.

No deja de ser revelador el nuevo interés por publicarlo en 1960. Su introducción explica: “Hemos creído del mayor interés darlo a conocer, pues demuestra de qué modo subsiste entre los chilotes la existencia de una firme creencia y de una constante apelación a lo misterioso, a lo sobrenatural, a las fuerzas mágicas…”, para luego hablar de “psicosis individual y colectiva”, “supercherías” y, finalmente, del derrumbe de la “institución secreta” de los brujos, reducida –según el texto– a una “horda de asesinos”.

Incluso hoy, al invitarme a escribir este artículo, vuelve la misma pregunta: “¿Te provoca curiosidad o inquietud que hubiera brujos? ¿Al cruzar un bosque sientes presencias que lo habitan?”.

Y pienso en la respuesta que todos los chilotes conocemos, dicha como un guiño entre nosotros, y que Espech también recoge en su copia a Vicuña Mackenna: “No creo en brujos, pero hay que cuidarse de ellos”.

La persistencia del misterio.

La persistencia del misterio.

Diversos autores piensan que subsiste entre los chilotes una firme creencia y una constante apelación a lo misterioso, a lo sobrenatural, a las fuerzas mágicas.

El buque tripulado por brujos

La importancia de los relatos es muy diversa. En especial para culturas donde la oralidad y el compartir en torno a la conversación de historias es milenaria, como la chilota.

Pienso en los años de pandemia. En Chiloé, el chisme rápidamente recuperó su condición de recurso evolutivo: todos sabían y comentaban rápidamente quiénes estaban contagiados, con quiénes habían estado y si guardaban la cuarentena. Durante meses, Chiloé mantuvo una inmunidad a la contaminación global. Casi como una metáfora de ciertos rasgos identitarios que resisten y se disputan el día de hoy.

La necesidad de la conversación, sin duda, permite salirse de la parcela particular en la que uno se encuentra seguro y silente. Pero también para reafirmar quiénes son los cercanos con los que se puede hablar y compartir los miedos y las preocupaciones. Salir del ruido mental y compartirlo, sin duda, complejiza los discursos y genera mayor elaboración. Siempre que pienso en estas cosas se me presenta una paradoja extraña: la afirmación de lo propio se contrapone al contraste de lo ajeno. Hay en cualquier cultura fuerte el riesgo de no ver más allá de las narices.

El filósofo chileno Juan Rivano ilustra, comentando a Montaigne, con dos ejemplos la estrechez relativa en que podemos caer al circunscribir nuestro mundo: la primera, surge del encuentro y conversación con un antiguo compañero de liceo que vendía camisas: “Se instalaba los fines de semana en lugares concurridos. También a la salida de los obreros en las fábricas. Le iba muy bien. Se había casado con una linda mujer. Criaba sus hijos. ‘¿Y tú?’, me preguntó por fin, condescendiente. ‘¿Qué haces? ¿Te va bien? ¿Vendes camisas?’. La segunda: el recuerdo de un académico chileno, experto en asuntos patrios, que visitando Europa ‘iba de mal talante y asombrado de no encontrar en los lugares públicos un busto siquiera de Bernardo O’Higgins’”.

El Caleuche también me ha parecido siempre un mito ambivalente o ambiguo. Por una parte, atrae y enseña: la fiesta permanente del navegante ofrece mundos diversos y distantes; por otra, alejarse del puerto puede atrapar y destruir. El riesgo, finalmente, está en el descuido. En el “desubicarse”, tan cotidiano y esquivo. Hay que temerle al extravío, pero también añorar el perderse. Muchos vuelven conociendo el disfrute y la maravilla de lo ajeno.

El tema simbólico queda siempre abierto con el Caleuche y cabe la pregunta de si entregarse a esa atracción, sabiendo el riesgo de perderse, o rechazarlo completamente. El mito del Caleuche expresa, a mi parecer, una tensión propia del alma chilota: ser navegante, vagabundo y explorador y, al mismo tiempo, sedentario, conservador, defensor de creencias firmes. No es fácil navegar esta paradoja. No por nada el “buque de arte” está tripulado por brujos.


La respuesta que todos los chilotes conocemos, dicha como un guiño entre nosotros, y que Espech también recoge en su copia a Vicuña Mackenna: “No creo en brujos, pero hay que cuidarse de ellos”.

Vigencia y valor de los mitos

Es extraño preguntarse qué vigencia tienen hoy los mitos de Chiloé. Uno podría pensar que casi exclusivamente aparecen en una conversación con extranjeros: es ante ajenos donde surgen las historias de brujos, del Caleuche o de la Pincoya.

Cabría hacerse la pregunta de don Pedro Rubén Azócar: “¿Cómo hablar de los seres míticos de Chiloé sin convertirlos en estereotipos desligados de la realidad cotidiana del archipiélago?”. Porque solo pueden explicarse y comprenderse desde y en su contexto cultural.

Por otra parte, la riqueza y particularidad de los mitos chilotes son expresión de una cultura robusta, que ha sabido navegar y permanecer durante siglos, mestizándose con diversas tradiciones: apropiándose y adaptándose.

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Escribo ahora desde la antigua casa de mis padres, en Chiloé, con esa luz blanca característica de un día completamente nublado: más allá de la ventana solo se ven las siluetas de árboles, cubiertos por el manto de niebla que el viento sacude, es difícil decidir su realidad. Cuido el fuego, aún, mientras pienso en estas historias y pretendo articularlas para otros. Es extraño cómo imagino a un interlocutor, pero es más extraño si pienso mi lugar en esta narración. Me siento bajando del Caleuche, después de estar unas pocas noches fuera, de fiesta, navegando en el buque de arte, he regresado a una tierra muy distinta.