El trabajo invisible
Fundado en Chile hacia 1560, el Monasterio Antiguo de Santa Clara merecía una investigación extensa, considerando los siglos en que las monjas clarisas fueron personajes relevantes –en lo social, cultural y económico– a lo largo de la Colonia. Detrás de la imagen popular –mujeres que rezan encerradas– surge una institución que, según describe este extenso trabajo, marcó la vida de millares de chilenas y también de sus entornos, tanto los familiares como los urbanos.
Elegir entre trabajo y contemplación siempre fue un debate para los conventos, cuánto dedicar a cada uno. Lo que aquí resalta es que la donación que hacían las monjas de su trabajo –en textiles, cerámica o repostería, principalmente–, además de ser útil en las precarias ciudades de entonces, también se entendía como parte del desarrollo personal de las mismas. Sus oficios eran ejercidos buscando un perfeccionamiento, una excelencia que se iba transmitiendo a la ejecutante.
El amor al trabajo y la desconfianza al ocio, tal como el ora et labora de San Benito de Nursia, Patrono de Europa y de los monjes occidentales, inspiró la vida conventual y se aplica aquí plenamente: entender el trabajo como un medio de perfeccionamiento espiritual. Muchos avances preindustriales se lograron así, en talleres medievales de conventos que, en busca de la perfección, lograron técnicas que están en el origen de la ciencia, la tecnología y la industria europea.
MONASTERIO ANTIGUO DE SANTA CLARA
Fuentes, Alejandra. Santiago: Ediciones UC, 2025.
En cada país fueron distintas las especialidades. En este libro vemos, por ejemplo, que “la fascinación por lo dulce que Chile había heredado de la tradición hispano-morisca” generó una serie de productos que fueron un medio para alegrar la mesa familiar, los encuentros sociales y la vida en general en nuestras precarias ciudades. Fueron un aporte a la sociabilidad de un modo transversal, a diferencia de los productos alcohólicos.
Desde su llegada en el siglo XVII, el azúcar mezclado con canela, clavo, pimienta o anís permitió conservar mejor los alimentos, lo que fue un logro para la salud pública de la época. Más allá de los textiles, algo que caracterizó a las monjas clarisas fueron sus cerámicas perfumadas, de una loza policromada cuyo secreto era árabe, un aroma incluido en el barniz que se aplica al final.
Interesante es el aspecto médico. Sin agua potable, con alta mortalidad infantil, en medio de epidemias y pestes, el que hubiera conventos con conocimientos sanitarios y de medicina herbolaria europea e indígena también fue un aporte relevante en la época.
Como indica Isabel Cruz en su prólogo, era necesario investigar el Monasterio Antiguo de Santa Clara, la primera institución religiosa femenina fundada en Chile. En especial ahora, cuando recién –el año 2017– las últimas tres monjas cerraron definitivamente su casa conventual de Puente Alto, la última luego de varias mudanzas.