• Por Matías Marchandon Figueroa

Cultura

Talentos de Chile: cuento “El taxi”

Aquí, el cuento ganador en la categoría educación media del Concurso Literario y Artístico de la Biblioteca Escolar Futuro. «Talentos de Chile IX», el libro que incluye esta pieza narrativa breve, reúne relatos, poemas e ilustraciones de niños, niñas y adolescentes de establecimientos educacionales en convenio con el programa de Bibliotecas UC.

Conocí a mi pareja cuando era muy joven. Tenía 16 años. Recuerdo que era un lunes. Iba de vuelta del colegio a mi casa en el transporte público cuando, de pronto, divisé a una chica de apariencia angelical. Tenía un extraño impulso incontrolable de querer acercarme y entablar una conversación. Se me ocurrió que sería buena idea fingir que estaba perdido, aunque obviamente era mentira, ya que todos los días hacía el mismo camino, desde hace aproximadamente tres años. Le pedí indicaciones a aquella señorita y desde ahí comenzó todo. Fuimos un largo tiempo amigos y vivíamos relativamente cerca, así que nos veíamos casi todos los días. Luego de casi un año, me decidí a preguntarle si quería ser mi novia, a lo que ella respondió que sí inmediatamente. Ambos estábamos esperando hace bastante tiempo que el otro se atreviera.

Y pasaron los años. Los mejores de mi vida, he de decir. A ambos nos estaba yendo muy bien en nuestros trabajos, teníamos una preciosa casa y llevábamos una vida tranquila. No estábamos casados, pues creíamos firmemente que las bodas eran meras costumbres sociales, bastante costosas por lo demás, y que mientras hubiera amor de por medio, todo estaría bien.

Para terminar de cerrar nuestro compromiso, mi novia me sorprendió con la noticia de que seríamos padres. Debo admitir que no me lo esperaba, pero obviamente fue una grata noticia. A los pocos días, mi novia me había propuesto realizar una actividad con toda la familia en la que se revelaría el sexo de nuestro hijo.

Había soñado con esa idea desde pequeña, por lo que era un momento muy importante para ella, así que quería encargarse de organizar todo y me dijo que no me preocupara. La verdad, no me opuse mucho a la idea, pues los últimos días había tenido mucho trabajo y no había dormido muy bien. Incluso, por pequeños momentos pensaba que me estaba volviendo loco. Sentía como si me estuvieran siguiendo, y cuando me daba la vuelta, veía la silueta de un hombre alejándose, como asustado de que lo hubiera descubierto viéndome. No le di mucha importancia, para ser sincero. Después de todo, se me habían juntado muchas emociones en poco tiempo: el estrés del trabajo, la noticia del bebé, la falta de sueño, etc.

Por pequeños momentos, pensaba que me estaba volviendo loco. Sentía como si me estuvieran siguiendo, y cuando me daba la vuelta, veía la silueta de un hombre alejándose, como asustado de que lo hubiera descubierto viéndome. No le di mucha importancia, para ser sincero. Después de todo, se me habían juntado muchas emociones en poco tiempo.

Finalmente, luego de exactamente un mes de preparativos, mi novia había terminado con la organización para la revelación del género de nuestro hijo o hija. Me dijo que había organizado una gran fiesta con muchos invitados y que sería en la casa de sus padres, ya que era más grande que la nuestra. Además, mis suegros vivían alejados de la ciudad y sin vecinos cerca, así que podríamos celebrar hasta bien entrada la madrugada.

La gran esperada fiesta era un viernes. Afortunadamente, mi jefe me permitió salir un poco antes del trabajo. Justo fuera había un taxi. Qué casualidad, ¿no? Allí, prácticamente nunca se detienen los taxis. En mis casi 10 años trabajando en el mismo lugar, nunca había visto un taxi en aquella estrecha calle, que ya conocía como la palma de mi mano. Bueno, no podía desperdiciar este regalo del cielo, pues estaba un poco ajustado con los tiempos. Cuando me subí, saludé al conductor y no obtuve respuesta. No le di importancia y le indiqué hacía que dirección ir. Inmediatamente, me pasó una nota con el precio del traslado y el número de transferencia.

En ese mismo instante, me di cuenta de que acababa de cometer el peor error de mi vida al haberme subido a aquel taxi. Comencé a sentir mucho sueño desde que toqué aquella nota que me había entregado el conductor. La explicación de aquello estaba clara. Es cierto que estaba cansado, pero no tenía sueño, ya que la emoción de la fiesta me mantenía alerta, aunque quizá no viviría para estar presente y ver todo el trabajo de mi novia, y mucho menos alcanzaría a ver a mi hijo.

Justo antes de caer en un sueño profundo, el conductor sonrió y cambio la dirección del viaje. Desperté en el suelo de una sala muy amplia, en la que había otras 15 personas. Estaba fría.

El lugar solo estaba iluminado por una tenue luz, que únicamente me permitía identificar las siluetas de personas dormidas en el piso. Intenté divisar algún rostro conocido entre mis compañeros, pero la luz no era suficiente para lograrlo. Muy desconcertado y asustado, me puse a despertar a las demás personas de la sala. Afortunadamente, todos fueron capaces de despertar, pero estaban tan desorientados como yo. Nadie sabía qué estaba pasando.

De pronto, se escuchó una voz robótica y siniestra por un parlante escondido por alguna parte. La voz decía: “Saquen sus propias conclusiones de por qué están aquí. El último con vida podrá salir de la sala”.

Justo antes de caer en un sueño profundo, el conductor sonrió y cambio la dirección del viaje. Desperté en el suelo de una sala muy amplia, en la que había otras 15 personas. Estaba fría.

Inmediatamente, el miedo inundó la habitación, llenándose de gritos y siluetas corriendo desesperadamente, tratando de encontrar alguna salida. No tenía sentido. A mi juicio, no había cometido ningún error digno de merecer algo como esto. Ideas locas me vinieron a la mente, como que el secuestrador era un fanático religioso que me había escogido por tener hijos sin estar casado con mi pareja, pero tampoco tenía del todo sentido, pues muchas personas vivían la misma situación. No sé cuánto tiempo habrá pasado mientras me encontraba en ese estado de trance cuando, de pronto, cayeron del techo 15 pistolas. Todos fueron corriendo a agarrar un arma.

Sin embargo, me quedé paralizado, aún en un estado de shock por el vuelco en 180 grados que acababa de dar mi vida. Ahí estaba yo, el único sin haber agarrado una pistola, totalmente indefenso en comparación a los demás. Para mi suerte, nadie se atrevió a usar su arma en un inicio. Aun en los momentos de mayor desesperación, la bondad y la empatía humana afloran y dejan de lado los primeros impulsos de acabar con todo aquel que se interpusiera en la tarea por sobrevivir.

En esos momentos de tensión en que todos nos mirábamos con cierta paranoia, alguien propuso la idea de comenzara votar por quien debía morir en vez de luchar entre nosotros como animales. Bajo mi pensamiento, esa idea no tenía ningún fundamento, pues no conocíamos nada de los demás como para tener argumentos. Para mi sorpresa y desgracia, rápidamente mis compañeros concluyeron que yo debía ser el primero en morir, pues me encontraba totalmente incapacitado para pelear, ya que no tenía un arma. No voy a mentir, tenía lógica.

Me quedé paralizado, ya como por quinta vez desde que este infierno había comenzado. Todos me apuntaron con sus armas. Vi mi vida pasar ante mis ojos, tal como en las películas. Me reproché por última vez no haber seguido al subir a ese taxi. Dispararon todos juntos. Mi fin había llegado. De sus armas salió un humo azul. Acto seguido, escuché muchas risas y apareció mi esposa de una puerta riéndose de mí. Mi hijo era hombre.