ilustración que muestra repetidas veces a un hombre parado, alusión a Gilles Lipovetsky
  • Revista Nº 153
  • Por Miguel Laborde Duronea

Dossier

Gilles Lipovetsky ¡Pobre ser humano!

No es fácil vivir en este mundo ahora tan provisorio y precario, entregado a la incertidumbre. Toda especie analiza su territorio y establece ciertas rutinas, un orden de su mundo, pero los seres humanos, en las últimas décadas, se alejaron de esa actitud tan instintiva. Su salud mental está pagando los costos, pero pensadores como Gilles Lipovetsky se abren a cierto optimismo; porque ya nos habríamos dado cuenta del error que cometimos. El sentirnos infelices es nuestra válvula de seguridad.

El año 1973, un libro muy pequeño logró una difusión enorme: Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada, del austriaco  Konrad Lorenz (Viena, 1903). El autor es el padre de la etología, disciplina dedicada a estudiar el comportamiento humano y animal. Ese mismo año fue distinguido con el Premio Nobel de Medicina por su investigación sobre la relación madre-cría, que dio origen al estudio del apego entre ambas.

En lugar de condenar el desarrollo humano  planteó  que “la mayoría de los vicios y pecados capitales juzgados hoy corresponden a inclinaciones que fueron puramente adaptativas o, por lo menos, inofensivas en el hombre primitivo”. Señaló errores comprensibles y no culpas. Fiel a su disciplina, describió simplemente las conductas y sus consecuencias.

Tampoco anunció las penas del infierno para el ser humano de hoy. Confiado en un futuro posible, escribió que “nosotros somos el eslabón perdido, tanto tiempo buscado, entre el animal y el hombre auténticamente humano”. Sin embargo, sostiene, tendremos que atravesar un túnel para iniciar un nuevo ciclo, adaptarnos a una realidad para la que no estamos preparados, lo que empobrece hoy nuestra calidad de vida y desafía nuestra salud mental.

Su libro incluye como errores la atrofia paulatina de los sentimientos  y  afectos  vigorosos,  y  la  pérdida  de  respeto por la belleza de la creación, que asocia a la devastación medioambiental.

Su amplitud de pensamiento es cada vez más escasa, ante una realidad tan velozmente cambiante. En los últimos años, aunque desde un campo muy diverso, el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky (París, 1944), también logró construir una panorámica descripción de la sociedad actual.

Inició su obra con un libro que apareció justo diez años después del de Lorenz, La era del vacío (1983), en el que ya aparece una de sus ideas fundamentales, la del protagonismo creciente de la economía: “Hace más de un siglo que el capitalismo está desgarrado por una crisis cultural profunda, abierta, que podemos resumir con una palabra, modernismo, esa nueva lógica artística a base de rupturas y discontinuidades, que se basa en la negación de la tradición, en el culto a la novedad y al cambio”. De ahí siguió El imperio de lo efímero (1987), que lo consagró como un analista clave de los nuevos tiempos.

Sin embargo, Gilles Lipovetsky no se aterra ni lanza anatemas, como otros pensadores actuales. Su crítica se centra en la exacerbación del hedonismo, el consumo frívolo y de vivir el presente. Asimismo, advierte una ventaja. Las grandes ideologías, con millones de personas detrás, generaban una tensión mundial que ha desaparecido en este presente más individualista y hedonista; esta cultura actual, a  pesar de todo, asegura, es mucho más libertaria e inclusiva que las anteriores, en beneficio de miles –comenzando por los homosexuales–, cuyos derechos estaban muy limitados en el pasado.

Advierte que la felicidad no progresa. Y que, en cambio, la depresión, la ansiedad, el estrés y la angustia están muy expandidos. En parte, porque las religiones y creencias, que daban un sentido de vida compartido, han perdido terreno.  El individuo está ahora muy solo, aislado en su búsqueda de sentido personal.

Lipovetsky cree en el trabajo disciplinado para abordar la necesidad, urgente, de enfrentar los desafíos creativos que plantea el presente. Más de una vez ha comentado, incluso, que para ser un consumidor también hay que esforzarse; no perder el empleo, aportar algo que tenga valor de mercado. En las universidades –es profesor de la de Grenoble, en Francia– ve un espacio propicio para la tarea de volver a un equilibrio entre lo que fue la rígida sociedad anterior y la excesiva liviandad de la actual; para la búsqueda de un punto donde la vida de las personas resulte menos expuesta a la depresión y la angustia, menos infeliz y más saludable psíquicamente.

Aunque para Lipovetsky son más de ocho los grandes errores del hombre civilizado, casi todos se vinculan al individualismo en las sociedades democráticas avanzadas, y se pueden agrupar en ocho líneas de investigación que se relacionan entre sí, articuladas y a veces traslapadas, y que presentamos en el siguiente artículo.

 


YO Y MI INDIFERENCIA

Se impone una cultura de un individualismo extremo, en el que “yo” soy el centro del mundo y todo el resto me resulta lejano, vago o indiferente. Lo que importa es mi proyecto personal, expresarme y realizarme. Se trata de un “narcisismo apático”, por cuanto el culto excesivo a mi “yo” produce una apatía ante los temas sociales y políticos; no tomo posturas que debiliten mi identidad personal.


YO Y MIS PLACERES

El hedonismo resultante de este culto al “yo” nos alejaría de los valores tradicionales y padeceríamos una pérdida de la conciencia histórica. Solo el presente tiene vida, por lo que no tiene sentido intentar nuevas metas para cambiar el futuro o pensar en dejar legados a las futuras generaciones. No se conoce lo que viene y de ahí el culto al ocio, al hedonismo aquí y ahora.


TODO ES MODA

Ante el debilitamiento o la desaparición de los grandes relatos, la moda ya no sería algo periférico y asociado a un lujo estético, sino el paradigmático modo de funcionar de la sociedad actual. No solo los objetos están o pasan de moda, sino también la política, la literatura, los medios de comunicación, todo. Los movimientos sociales demandantes de grandes reformas sociales se desintegraron y los actuales se vuelven confusos, fragmentarios y unidos por muy variadas causas. Muchas veces están bien inspirados, pero otras solo representan actividades lúdicas hedonistas: para estar a la moda.


LA CULTURA EN MEDIO DEL MERCADO

Frente a la visión humanista e ilustrada, creadora de ideas y visiones que intentaban construir un mejor futuro para la humanidad, el planeta parece estar atravesado por un comercio de mercancías culturales donde todo se maneja dentro de las leyes del mercado. La ecología, el estilo de vida, el terrorismo, las migraciones, incluso las técnicas de autoayuda para los seres humanos que todavía no se adaptan a una realidad en la que nada es demasiado serio. Todo tiene precio de venta en el gran mercado del mundo.


EN MODO CONSUMO

La cultura anterior, la de adquirir lo justo y necesario, la que criticaba al derrochador que malgastaba su dinero, la que puso en valor la austeridad, ahora se ve sustituida por una que promueve lo contrario. La de vivir el placer de entregarse y dejarse llevar por el consumo, sin necesidad de ahorrar para un futuro que no existe. Es una maquinaria activada por una publicidad que, omnipresente, ya no solo incita a consumir productos como antes, sino experiencias y emociones que, promete, mejoran la vida misma. La clave consiste en dejarse llevar por la excitación del momento, ya que después será demasiado tarde.


LA NUEVA ESTÉTICA

Para que todo sea consumido debe aparecer y ofrecerse en clave estética y sensible. Frente a la cultura racional del pasado, que avanzaba lenta y segura, se desarrolla una creatividad intensiva que lleva a una permanente oferta de algo siempre nuevo, paradigma que ahora incluye lo emocional como elemento clave para su penetración; arquitectura y viajes, relojes y centros comerciales, todo revuelto en la batidora mágica de la cual emerge un flujo incesante que nunca es igual a sí mismo, siempre es novedoso.


EL VACÍO INQUIETANTE

Lipovetsky, quien no se asusta con la dinámica que describe, advierte que “la era del vacío”, como la llama en su libro de 1983, tiene un grave inconveniente, el que aborda en un trabajo posterior, El crepúsculo del deber, de 1991: al entregarnos a la experiencia del presente, intensamente, nos olvidamos de un deber tácito que tenemos, de cara a las futuras generaciones: “No comprometer las condiciones para la supervivencia indefinida de la humanidad en la tierra”. ¿Podremos, contra la cultura actual, ser más previsores, calculadores, disciplinados, para así asegurar su vigencia?


LA INFELICIDAD ES ÚTIL

Tenemos, a pesar de todo, una condición actual que nos permitiría despertar a tiempo; somos infelices. En palabras de Lipovetsky, “el progreso de las luces y de la felicidad no van al mismo paso y la euforia de la moda tiene como contrapartida el desamparo, la depresión y la confusión existencial. Hay más estímulos de todo tipo, pero mayor inquietud de vida; hay más autonomía privada pero más crisis íntimas”, (El imperio de lo efímero, 2006). Nos encontraríamos ante una utopía que nunca se acerca: “Nuestro mundo ha dado a luz deseos de felicidad imposibles de satisfacer”, (De la ligereza, 2016).


El filósofo del individualismo

Gilles Lipovetsky, filósofo y sociólogo francés (1944), es un referente obligado en el análisis de la sociedad contemporánea. Temas comunes de nuestro tiempo –narcicismo, consumismo, hedonismo, etc.– fueron analizados por él con un rigor y una lucidez que lo popularizaron a nivel planetario. El año 2015 visitó la UC.

Para leer más

Gilles Lipovetsky, La era del vacío, Editorial Anagrama, 2003.

Gilles Lipovetsky, El imperio de lo efímero, Editorial Anagrama, 2006.

Gilles Lipovetsky, La estetización del mundo, Editorial Anagrama, 2015.

Konrad Lorenz, Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada,  Editorial Rba, 2011.

Gilles Lipovetsky, El crepúsculo del deber, Editorial Anagrama, 2005.

Gilles Lipovetsky, De la ligereza, Editorial Anagrama, 2016.