• Revista Nº 172
  • Por Ana Callejas y Marcela Guzmán
  • Fotografías Luis Barriga

Dossier

¿Grafiti versus patrimonio? Los sentidos tras las rayas

A raíz de noticias como el rayado de la cúpula del Museo Nacional de Bellas Artes el año pasado, en Chile se instaló el debate sobre el grafiti, su esencia, su contexto, su razón de ser. Aquí, grafiteros, además de expertos en patrimonio y en artes visuales, ahondan en esta polémica forma de expresión, que incluso se remontaría a los inicios de la humanidad.

“Este jueves 11 de agosto, alrededor de las 17:30 horas, una de las cúpulas del Museo Nacional de Bellas Artes fue vandalizada por dos jóvenes con grafitis. El daño ocurrió en el tejado de la techumbre del costado suroriente. Se entregarán todos los antecedentes para denunciar el hecho ante las Brigadas Investigadoras de Delitos Contra el Medioambiente y Patrimonio Cultural de la PDI”.

Con ese párrafo, el MNBA anunció una noticia que causó olas en el mundo cultural. “Vandalismo”, remarcaban algunas voces. “Que ni siquiera es un dibujo”, que “son solo rayas”, decían otras a coro. En redes sociales, aparecerían también artistas defendiendo la intervención, hablando de una cierta esencia subversiva en el arte. Y así, la foto de la cúpula con un corazón y líneas amarillas complejas de leer fue causando polémica. Una polémica que ya se oía sobre el centro de Santiago, donde hay quienes creen que “ahora está todo rayado” e intentan buscar una explicación del fenómeno.

Pero el grafiteo urbano no partió este año. Tampoco en 2019. Ni en Chile. Para remontarse a las raíces del grafiti, la memoria tiene que ir mucho más allá y llegar hasta los vestigios del arte rupestre en las cuevas de la prehistoria o a los rayados del Imperio Romano, o “más reciente”, a las expresiones que se encuentran en la Torre de Londres, donde los reos hallaron entre sus muros un espacio de expresión.

Eso, finalmente, pareciera ser el mayor impulso detrás de esto: una necesidad de expresarse.

“Esto del grafiti es algo histórico, diría que es hasta un fenómeno antropológico, que no se puede comprender creyendo que esto es algo contextual de nuestros tiempos. Hay raíces que tú puedes encontrar en cuevas antiquísimas, que es donde estas aparentes subversiones se empiezan a dar. Hay un principio de expresión pública, que es propio al ser humano, y tiene ciertas características dependiendo de cada persona. Revisando la historia, uno empieza a encontrar que estos rayados son una expresión natural de manera gráfica”, dice Ricardo Fuente Alba-Fabio, doctor en Bellas Artes en la Universidad de Barcelona y académico de la Escuela de Arte UC.

El término grafiti viene del italiano y comenzó a oírse hace muchos siglos. Fue usado para nombrar a aquellas inscripciones satíricas –escritas en espacios públicos–, hechas durante el Imperio Romano, y conocidas como grafito, palabra derivada de grafio (rasguño). Estos escritos podían ser de corte político o social, ser improperios, quejas, mensajes de carácter amoroso o sexual, propaganda o simplemente la firma de alguien, solo para decir que estuvo en ese lugar. Mensajes directos, breves, y marcas privadas que se realizaban de manera habitual en las grandes ciudades romanas.

“Creo que el grafiti es inherente a la urbe, y es hasta consecuencia de ella: no hay ciudad que no esté rayada y creo que son la democratización del arte. El grafiti tiene ese factor de querer impactar a alguien, de evitar pasar desapercibido dentro de tantas voces y construcciones. Puede que esas rayas las hagan desde la ignorancia o desde el intelecto puro”, dice Patricio Tormento, grafitero desde adolescente, quien hoy a sus 31 años prefiere tomarse el tiempo para pintar un muro autorizado antes que la adrenalina de estar haciendo un rayado ilegal. Pero esa adrenalina sí es un factor para algunos. Tormento no lo niega. “Yo acepto la verdad del grafiti: son rayas ilegales en cualquier parte, y si te gusta, bien; si no, no. El grafiti es lo que le pasó al Bellas Artes: me subo a tu techo y te rayo. En mi caso, me he dedicado a esto porque me gusta, no por algo antisistémico. Pero entiendo que otras personas tengan otras motivaciones”, dice Tormento.

Ciudades tomadas

Ciudades tomadas

“Creo que el grafiti es inherente a la urbe, y es hasta consecuencia de ella: no hay ciudad que no esté rayada y creo que son la democratización del arte”, explica Patricio Tormento.

DISTANCIAS PATRIMONIALES

Que el grafiti y el patrimonio tienen una difícil relación es algo en lo que coinciden grafiteros y expertos. Y si bien es preciso señalar que existen el muralismo, los grafitis y los rayados, el punto, según el director del Centro del Patrimonio UC, Umberto Bonomo, no es el qué ni el cómo se hace, sino dónde.

“Sobre las paredes de muchos monumentos y zonas típicas hay grafitis. El tema es que rayar o intervenir las fachadas de estos monumentos es un delito que está determinado en la Ley Nº 17.288 de Monumentos Nacionales. Independiente de si lo hace cualquier persona con capacidad estética, con gusto, con técnica o sin técnica, los monumentos no se deben intervenir sin autorización, y no hay capacidad de expresarse de ninguna manera sobre una superficie de un monumento nacional, punto. ¿Por qué? Porque así es la ley”, dice categórico el arquitecto e investigador.

Esto es algo que también tiene muy claro Liada, una grafitera y tatuadora de 26 años que pinta muros en la zona norponiente de Santiago.

“El grafiti es ilegal porque está bajo el cargo de delito por daños. Y si son daños al patrimonio, eso puede significar estar encerrado. Hay gente que pinta patrimonio, porque para nosotros los muros de la calle son de todos y todas”, sentencia.

Las contrariedades entre el patrimonio y el grafiti son también evidentes para Dozart, un grafitero de 23 años de la comuna de Conchalí. “Creo que esta forma de expresión siempre ha sido ajena al patrimonio, aunque esto es muy subjetivo. Creo que a nivel social somos como una resistencia. Vamos en contra de todos los estándares del arte o de la cultura”, explica.

Pero, más allá de dilucidar si estas expresiones son legítimas, ilegítimas, estéticamente agradables o desagradables, lo cierto es que este tipo de inscripciones irrumpen los espacios de la ciudad.

“Estos tipos de rayados y grafitis han impactado negativamente en el entorno urbano, generan deterioro urbano y visual, y afectan la vida del espacio público. No es una cuestión estética o de libertad de expresión. Si entramos en esa discusión, el argumento se cae porque el grafiti de por sí es una manifestación de protesta, desde siempre”, advierte Umberto Bonomo, llamando a tomar conciencia de la importancia del patrimonio.

Para quienes vienen del mundo del arte y del grafiti, hay un cuestionamiento hacia lo que es realmente un “deterioro urbano y visual”: ¿a qué expresiones le damos esa categoría, mientras normalizamos otras? ¿Es, por ejemplo, una raya algo más agresivo estéticamente que tener una ciudad plagada de publicidad?

“Comparto la noción patrimonial del respeto, porque como académico vivo en una ética específica. Pero qué le puedes decir sobre eso a alguien que lo está pasando mal, o que políticamente no le interesa nada y está en lo anárquico. Los grafiteros –por hacer resistencia– llevan a algunos lugares a un espacio de ruina. A mí eso me agota: me cansa el grito por el grito. Pero también me cansa el exceso de publicidad en la urbe, que se tomó espacios como el Metro, que de repente se llenó de televisores y publicidad, y se perdió el sitio de contemplación de los murales en las estaciones: ¿quién es el responsable ahí, en una institución donde el Estado es parte? Eso también me parece profundamente agresivo en términos del devenir de la ciudad”, dice Ricardo Fuente Alba-Fabio. Entre el mundo del grafiti, además, los espacios patrimoniales y aquellos sitios más tradicionales de apreciación cultural pueden parecer emblemas lejanos, lo que dificulta que se comparta esa valorización de un determinado monumento o inmueble.

“Por falencias educativas y sociales en nuestro sistema de educación hay mucha gente que queda fuera de esos íconos, no encuentra entretenido sitios como los museos o carece de conocimientos para apreciarlos. Esa brecha creo que hoy es menor, pero falta esa difusión de la cultura en todos los estratos sociales. Mi mamá no tenía tiempo para llevarnos a un museo, éramos dos niños que ella tuvo que criar sola, con una hermana con parálisis cerebral: ¿en qué momento ella me iba a llevar a una galería? Mi conexión con el arte se dio al ver grafitis en la calle, eso fue lo que me abrió un mundo distinto hacia las artes visuales”, dice Patricio Tormento, quien decidió estudiar diseño como complemento a su grafiteo, y hoy es director creativo en una consultora.

Mientras esa brecha económica y cultural se sigue dando, algunos apuntan que aumentar las penas y la fiscalización no resuelve el problema de dañar un edificio patrimonial. Bonomo propone que el camino es “disponer de más recursos públicos y privados para la puesta en valor del patrimonio en todas sus dimensiones, potenciar la educación cívica, generar espacios de diálogo, de encuentro y creación, de debate para una sociedad inclusiva, justa, democrática y pacífica. No pasa por prohibir la venta de spray, siempre se buscará otra manera: los huevos, el tomate o la pintura”.

Contra las normas

Contra las normas

“Yo acepto la verdad del grafiti: son rayas ilegales en cualquier parte, y si te gusta, bien; si no, no. El grafiti es lo que le pasó al Bellas Artes: me subo a tu techo y te rayo. En mi caso, me he dedicado a esto porque me gusta, no por algo antisistémico”, explica Patricio Tormento.

DE LA RAYA A BANKSY

La escena grafitera chilena es múltiple y variada. Están quienes hacen grafitis por hobby, en muros elegidos al azar. Otros que piden permiso y otros que lo han profesionalizado al punto que es su fuente laboral. En el mundo, artistas callejeros han pasado de la ilegalidad a convertirse en referentes internacionales de las artes visuales, como Banksy y sus hoy valoradas intervenciones del espacio público.

“En sus orígenes el grafiti partió de forma ilegal y, aunque muchos mantenemos esa esencia, hoy sí está siendo más aceptado y se le están dando más espacios a los grafiteros”, dice Dozart, quien comenzó a rayar murallas a los 14 años, cuando los grafiteros de los barrios de Conchalí despertaron su interés y se lanzó a imitar estilos y letras.

“De ahí en adelante no paré más: llenaba mis cuadernos de dibujos e intentaba crear mi propio estilo de letras, rayaba los baños, las murallas y las mesas porque sentía que dibujar y pintar era un acto de rebeldía en un espacio donde te imponían lo que tenías que hacer o a lo que debías dedicarte. Y si a esto le añadimos la presión de hacerlo rápido porque podían pillarte, el resultado era mucho más satisfactorio”, confiesa.

Si bien no vive (aún) del grafiti, actualmente estudia ilustración. Su propuesta actual es el wildstyle, letras entrelazadas y ornamentadas con símbolos y formas que a menudo son difíciles de leer. Dozart cree que la gente va tan ensimismada que muchas veces no ven lo que hay a su alrededor y el grafiti es una vociferada visual para despertarla.

“Es irrumpir la cotidianidad, adornar las calles con colores, formas o símbolos que te saquen de lo habitual. Pintar en la calle jamás hará que seas dueño de ese lugar, porque son obras efímeras”, dice Dozart en tono reflexivo.

Liada tiene un entusiasmo similar. Muros de Cerro Navia, Pudahuel, Renca y Quinta Normal exhiben su estilo. Es una mujer y sale a la calle a pintar murallas. Es una mujer y se dedica al grafiti, un espacio preponderantemente masculino. Partió haciendo personajes y ahora está probando con las letras.

“Tiene que ver más con una búsqueda estética, y de afinar técnica, trabajar mejor la lata, que una temática. A través de mi trabajo quiero expresar que soy mujer y estoy en la calle. Y esto tiene que ver con apropiarse de los espacios”, dice.

La grafitera dejó los estudios de sociología para dedicarse a la ilustración y los proyectos gráficos. Hoy, Liada no busca que aprecien su trabajo como una obra de arte. “Yo no pinto por eso. Pinto para comunicarme, para sentirme que estoy presente en la calle, y me gusta mucho pintar afuera y hacerme parte del mismo territorio. Lo que más me gusta es la performatividad que tiene el grafiti, y también que se está creando una contracultura que es transformadora”, dice Liada con convicción. Ese impulso comunicacional y contracultural del grafiti hace que exista un choque constante con el patrimonio. Un choque que difícilmente se contenga sin más recursos estratégicos para resguardar aquellos sitios. Porque del otro lado, desde los márgenes, lo que ocurre es una tensión casi natural, dirían algunos, considerando que el concepto de patrimonio es reciente en nuestra sociedad, versus la necesidad histórica del ser humano de querer expresarse.

“La noción sofisticada que existe sobre el patrimonio está llevada en espacios académicos que relativamente son recientes, comparado con este comportamiento antropológico de querer expresarte. Y cuando tú a la naturaleza le pones un edificio encima, la naturaleza va a seguir pasando por ese lugar: el viento, el sol, te va a rodear. Si al ser humano tú le das esa posibilidad y tratas de enfrentar fenómenos que están en el espacio cultural, algunas personas van a desarrollar esta vía de expresión del grafiti frente al poder diario de otros conglomerados económicos, gobiernos o partidos políticos. Siempre lo he visto como algo muy natural”, sentencia Ricardo Fuente Alba-Fabio.

Encontrar un lugar

Encontrar un lugar

“A través de mi trabajo quiero expresar que soy mujer y estoy en la calle. Y esto tiene que ver con apropiarse de los espacios”, dice Liada.