• Por Jorge Rosemary
  • Idea Propia Libros

Especial

Alterar la narrativa de un barrio

En el número 87 de calle General Salvo vivió en los años 80 el poeta Enrique Lihn Carrasco. Como gesto conmemorativo, a la usanza de sociedades que cultivan la memoria de su cultura situada, se logró instalar de forma colaborativa una linda placa de acero, ahora visible en la fachada para paseantes diurnos y nocturnos. Así, una señal urbana particularizada en el poeta invitará al recuerdo, al homenaje y a la lectura.

La situación actual de este barrio, como la de tantos otros, con recovecos significativos, gentrificación e historias sabidas a media luz entre el desarrollo urbano, presenta hoy una disputa velada: la (re)formulación de su nombre. El simulacro de una narrativa que tuerza su evidente práctica de realidad social a la que está aparejada, para darle cabida a intereses particulares. El hecho –que me parece forzado y embustero– es un subterfugio completamente lícito y astuto, y plantea la cuestión de cómo la ficción o la forja de narrativas pueden alterar o no la mente de las personas y reformular la realidad, incluso a contrapelo.

Las cinco calles del barrio llamado “Los Generales”, originalmente Población Salvador de la Legión Militar, existen desde 1926, a partir de la adquisición de los terrenos por el Ejército de Chile. Debido a la creciente condición patrimonial de la zona, esta ha despertado el interés de locatarios comerciales, quienes han ido imperando a la mixtura residencial y oficinista.


Es un subterfugio completamente lícito y astuto, y plantea la cuestión de cómo la ficción o la forja de narrativas pueden alterar o no la mente de las personas y reformular la realidad, incluso a contrapelo.

Por lo mismo, una agrupación de locatarios de calles aledañas ha intentado, usando la gestión de influencias y el marketing, forzar la nominación natural de este y otros barrios para absorberlos con el nombre de su calle (que es una linda isla escondida) y sobreponer su marca a los demás, que tienen su realidad particular y propia, mediante la instalación de una narrativa acorde a sus intereses comerciales, a partir de torsiones históricas, verdades a medias e irrealidades intencionales a punta de publicidad.

Y la cuestión es: ¿dan para tanto las ficciones? ¿Cuáles se imponen, se hacen reales, sobreviven y por qué? Paul Ricoeur escribió que “el tiempo se hace tiempo humano en la medida en que se articula narrativamente”. Goya, por su parte, agregó que “la fantasía abandonada de la razón produce monstruos”. Valle-Inclán escribió que “las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos”. Pienso que estas tres frases constituyen una advertencia a este tipo de simulacros de forzadas intenciones que, pujando por todos los medios, intentan torcer la realidad para apurar sus intereses.

Mientras se busca con urgencia instalar en la mente de potenciales consumidores un nombre nuevo que agrupe forzadamente los barrios donde los ficcionadores tienen intereses personales –puede que en diez o más años ellos ya no estén y sean otros–, una obviedad como la de esta placa (incluso con el metal perdido) forjará su mito enraizado a una situación de realidad, tal como en su día lo fue Gregorio Samsa o Sandokán, Hamlet o Walter Davis, los morosos aristócratas proustianos o don Alonso Quijano. En fin, como decía Jane Jacobs: “la ciudad se cuenta a sí misma”. Entonces, la realidad hará lo suyo, y juzgará.