Bicentenario de Chiloé: entre el descubrimiento y la invención
Este archipiélago es dueño de una cultura mágica y desconocida a la vez. Por ello, en esta efeméride surge una oportunidad de reinventar sus islas, al propiciar una búsqueda de su sentido e identidad. De crear una nueva imagen de ese territorio y sus tiempos, al plantear modos de aproximarse antes poco transitados o incluso desconocidos.
El Bicentenario de la incorporación del archipiélago de Chiloé a la República de Chile es una ocasión para afinar nuestros sentidos y nuestras capacidades intelectuales en relación con un territorio que, desde temprano, ha tenido una identidad fuerte, quizás señalada por su condición insular. Su realidad geográfica, las particularidades de las comunicaciones (que llevaron al historiador Walter Hanisch a designarla como La isla de Chiloé, capitana de rutas australes), las formas de religiosidad y de sociabilidad, la riqueza de su mitología y formas de representación del mundo propias de una región y una condición fronteriza, las capacidades y talentos desarrollados en sus oficios y saberes y su condición excepcional en el proceso de emancipación, entre otros aspectos, hacen de Chiloé un microcosmos que, aún a 200 años de distancia, no hemos descubierto cabalmente.
En este aniversario, existe la posibilidad de aproximarnos a “la isla grande” y su historia, entendiendo así sus avatares en el tiempo y el espacio, con una articulación dinámica entre su largo pasado, su presente y un futuro, con raíces sólidas, variadas y ricas en matices. Es una oportunidad de apreciar una cultura, y sus particularidades, y con ello, también una invitación a visitar Chiloé de manera indirecta, en distintos formatos y soportes.
El último eslabón de la corona
En Chiloé se puso fin al proceso de Independencia de Chile, a través del Tratado de Tantauco, el 18 de enero de 1826. En ese momento, se incorporó a la república el último territorio en Sudamérica que todavía era dependencia de la corona española. El brigadier Antonio de Quintanilla, gobernador de ese territorio, enfrentó exitosamente el momento final de la presencia realista en el archipiélago chilote entre 1820 y 1824. Sin embargo, en enero de 1826 el brigadier fue derrotado por la expedición encabezada por Ramón Freire.
Pocos días después de los combates de Pudeto y Bellavista, se realizó un acuerdo de paz entre las autoridades chilenas y los representantes de la monarquía española. “La provincia y archipiélago de Chiloé, con el territorio que abraza y se halla en poder del ejército real, será incorporado a la República de Chile como parte integrante de ella, y sus habitantes gozarán de la igualdad de derechos como ciudadanos chilenos”, señalaba el primer artículo de los trece del tratado. Con este acto culminó, además, un cierto rasgo de excepcionalidad de los isleños, que habían dependido de Perú para incorporarse a Chile.
También fue excepcional el modo en que se pactó este paso de súbditos de la corona a ciudadanos de la República de Chile, con el respeto de sus bienes y propiedades y la presencia de Quintanilla en su cargo hasta el 30 de enero de 1826. Un gesto de respeto de los acuerdos y de reconocimiento recíproco. En este hito institucional se funda la conmemoración del Bicentenario en el que Chiloé se integró a la vida de nuestro país, desde la administración hasta las cartografías y las formas de representación. Este territorio, poco a poco, se fue incorporando a la centralista cultura nacional de un modo algo estereotipado, leído desde tierra adentro y considerado como pintoresco y excéntrico.
Es descubrir la naturaleza profunda, los rostros escondidos o invisibles a primera vista, pero que representan el espíritu fundamental del archipiélago que, sin ser individualizados, son elocuentes expresiones de una identidad, de una memoria y de una forma de imaginar y representar el mundo
En búsqueda de sentido
En 2025, surge una oportunidad de reinventar el archipiélago, al propiciar una búsqueda de su sentido e identidad. De crear una nueva imagen de ese espacio y sus tiempos, al plantear modos de aproximarse antes poco transitados o incluso desconocidos. Es observar Chiloé en la lógica del descubrimiento y la incorporación de un territorio que ha sido, en importante medida, registrado y caracterizado por viajeros, funcionarios, gobernantes y visitantes. Estos relatos hablan más de quien descubre y su lugar de origen que de la naturaleza de lo descubierto. Por otra parte, muestran un punto de partida de relaciones de conocimiento recíproco, no siempre amable o fácil, con unas posibilidades de entrelazar destinos y construir un futuro común. Este es el camino institucional con sus ritos y símbolos, con fechas y monumentos, con sus formas de enseñanza y aprendizaje.
Esto no excluye que podamos vivir hoy un proceso de invención de Chiloé, en la línea que el mexicano Edmundo O’Gorman propusiera para América. Se trata de descubrir la naturaleza profunda, los rostros escondidos o invisibles a primera vista, pero que representan el espíritu fundamental del archipiélago que, sin ser individualizados, son elocuentes expresiones de una identidad, de una memoria y de una forma de imaginar y representar el mundo. Es la vía del asombro y de la escucha atenta, sin hacer preguntas y dejando volar la sensibilidad. Esto nos ayudará a lograr una mayor confianza del mundo chilote, que este se despliegue y nos deje conocer sus sistemas de creencias, sus ritos y sus mitos, sus entusiasmos y sus cóleras, sus ilusiones y sus temores.
Se trata de una ruta más bien etnográfica, con una expresión disciplinar de antropología histórica, que nos lleva a observar redes de solidaridad y cercanía, expresiones de fiesta y de entrega recíproca, formas de protección mutua y modos de diálogo y proyección, de descubrimientos compartidos que nos ayuden a encontrarnos en varios niveles.
Una geografía mágica
El Bicentenario de la incorporación del territorio de Chiloé a la República de Chile es, pues, más que un acto administrativo y político. Es un momento que podemos situar en las fases finales de un proceso de formación y aprendizaje que se relaciona con el entonces Imperio Español, su crisis y las luchas hemisféricas por las emancipaciones y su proyección. En este proceso hay fenómenos de carácter simultáneo, según las regiones del territorio americano. Cada una de ellas tiene características diversas, dependiendo de las realidades locales, pero que comparten algunas expresiones de imaginarios, vocabularios y símbolos en una expresión nítida de las categorías de continuidad y cambio, que sostienen la trama de la historia.
Inventar Chiloé, encontrarlo desde su geografía y sus oficios, desde su botánica y su fauna, desde sus leyendas y tradiciones, siguiendo Los pasos del hombre (como sugiere el título de las memorias de Francisco Coloane), es parte esencial del itinerario que deseamos seguir como universidad, en diálogo con la sociedad y en colaboración con organizaciones locales.
En este recorrido ideal, queremos mirar al pasado más lejano, al del ritmo de la tierra y la geografía con sus eventos, sus formas, sus dones y frutos. Hay en esta mirada geográfica una proyección económica y social que se hace evidente en algunos cultivos, y de manera muy significativa en productos que identificaremos por generaciones con ese archipiélago.
Las formas de trabajo de la tierra y de organización de la distribución de los frutos de esta serán rasgos que se destacarán en este esfuerzo por encontrar las raíces. También ayudarán a conocer los orígenes de una cultura que ha generado formas de solidaridad y apoyo mutuo, en el proceso de comprender, representar y habitar esa geografía que muchos han llamado mágica. A este ámbito se vinculan también las extraordinarias soluciones técnicas desarrolladas con el propósito de enfrentar los desafíos de la habitabilidad, el transporte, la alimentación y otras necesidades básicas como las representadas por la energía y el intercambio.
De este modo, conocer los recursos naturales y el ritmo de la tierra, las formas de recolección y cosecha, los retos de la ganadería y la organización del tiempo y el espacio que esto supone constituyen un modo de aproximarnos a la invención de Chiloé. A lo anterior se debe sumar la cultura del derrotero, tema esencial en un archipiélago rico en variantes de mareas y corrientes, expresión del arte de la navegación y la experiencia del mar interior y el gran océano.
Patrimonio vegetal
Una expresión central de la cultura de este territorio insular es su rica relación con el patrimonio vegetal que lo cubre, reconocible en el trabajo de la madera, fuente de creaciones artísticas y artesanales de gran relieve, así como de soluciones técnicas fundamentales para la construcción de barcos o de las características iglesias. Desde las tejuelas y su rica variedad de diseños y vertientes hasta el oficio de los carpinteros de ribera, la madera es un vehículo de la cultura local y su proyección. Las formas de sociabilidad que se han desarrollado en la isla son también un tema que articula la aproximación a la cultura de Chiloé y su relación con Chile.
La solidaridad implícita en la minga, preparar y compartir el curanto y las formas de servicio de los fiscales, y de quienes se ocupan de las ceremonias y del culto religioso, son expresiones de un sentir comunitario que da identidad y crea vínculos que pasan por generaciones. Estas últimas saben adaptar las nuevas condiciones, incluyendo los desafíos de las formas de la relación con el mundo, a través del turismo y de actividades económicas que se han instalado en la región, no sin conflictos y polémicas.
El Bicentenario es una oportunidad para leer los acontecimientos no solo con los ojos de la incorporación de un territorio, algo ajeno e incomprendido, al escenario republicano y a sus lógicas asimiladoras, sino para asombrarnos comprendiendo lo que ese mundo rico y diverso regaló al resto del país.
En Chiloé, las dimensiones patrimoniales son de gran envergadura, dada la persistencia de sistemas de creencias y los numerosos mitos y leyendas que han alcanzado a lugares lejanos del archipiélago, y que contribuyen a dar a este una imagen poliforme y particular, con un sello mágico y extraordinario. Del mismo modo, las expresiones de la artesanía, el canto y la poesía popular son focos de interés y fuente de ricas posibilidades de interpretación y representación en este itinerario de develación e invención.
La propuesta es desarrollar el ejercicio de levantar un velo, de encontrar y descubrir dimensiones y significados de las vidas de ese territorio en el tiempo y el espacio. Así, el Bicentenario es una oportunidad para leer los acontecimientos no solo con los ojos de la incorporación de un territorio, algo ajeno e incomprendido, al escenario republicano y a sus lógicas asimiladoras, sino para asombrarnos comprendiendo lo que ese mundo rico y diverso regaló al resto del país.
Lo anterior es posible gracias a su cultura persistente, radicada y envolvente. Es un descubrimiento recíproco y doble que, a partir de una efeméride, nos regala la posibilidad de una experiencia significativa en la aventura de conocer y representar, entre el descubrimiento y la invención.