Cancelados: el odio de las redes que tiñe el debate universitario
La universidad es el espacio para escuchar algo por primera vez, incluso ideas polémicas que pongan en juego valores profundos. Cuando ocurre es una experiencia desconcertante e incómoda. Pero es por ello por lo que resulta productiva para la reflexión.
Muchas cosas han cambiado desde la creación de las primeras universidades como gremios de maestros en Europa medieval, pero sus pilares siguen siendo los mismos. La lectio, la lectura comentada de textos; la quaestio, o la pregunta sistemática y su resolución racional cuando textos de autoridades distintas se contradicen; el commentarium o la escritura de interpretaciones e ideas propias en base a esos textos y el studium, que se refería al aprendizaje producido por la conversación y la vida en comunidad. Leer, comentar, preguntar y pensar con otros sigue siendo aquello que buscan los maestros y los alumnos cuando deciden pasar sus años en ese espacio extraño –una especie de oasis, de ruina de otro tiempo y de utopía– que es la universidad.
Esas son también las características que hacen que en la universidad los debates de una sociedad ocurran con una intensidad y una modalidad distinta a otros espacios de encuentro y conversación. Quizás ha sido por ello también que la universidad se convirtió en uno de los espacios en los que los debates sobre cancelación han tenido mayor relevancia. La cancelación es el fenómeno contemporáneo de boicotear a una persona o una institución por algo que ha hecho o dejado de hacer. Se usa el término para hablar de los escraches (conocidos en Chile como “funas”) a profesores que han abusado o acusado de sus alumnas, pero también para describir el sabotaje hecho por estudiantes a conferencias dadas por oradores con ideas contrarias a las propias o posiciones controversiales y conflictivas. Por esa diversidad de causas, muchos han dicho que la cancelación no es un término útil. Se trataría, más bien, de distintas formas de protesta, algunas con una larga tradición. Yo, por el contrario, creo que la palabra cancelación sirve para describir un fenómeno específico de este tiempo en el que las redes sociales siempre juegan un papel decisivo.
Muchos han dicho que la cancelación no es un término útil. Se trataría, más bien, de distintas formas de protesta, algunas con una larga tradición. Yo, por el contrario, creo que la palabra cancelación sirve para describir un fenómeno específico de este tiempo en el que las redes sociales siempre juegan un papel decisivo
Sin embargo, la cancelación siempre debe ser calificada. La primera que he descrito, la del escrache contra profesores y estudiantes que han abusado o acosado sexualmente a alumnas, es la respuesta a un delito. Se debe a la inacción, la impunidad y, en ocasiones, la abierta complicidad de las instituciones con los agresores. Antes de las tomas feministas en mayo de 2018 en Chile, solo 15 de sus 59 universidades tenían códigos de buenas prácticas y protocolos de acción contra la violencia de género. La cancelación fue el producto de la frustración y la rabia, pero también fue una manera en la que las mujeres pudieron acompañarse, limitar la impunidad y producir cambios institucionales. Yo, que entré a la universidad en 2011, y que he seguido estudiando y trabajando en ellas hasta hoy, noto ese cambio y lo agradezco. Ahora ser mujer y estudiante o profesora es menos injusto y menos difícil que cuando empecé a serlo. Incluso si podemos cuestionar la informalidad, lo punitivo y la proporcionalidad del escrache, incluso si ya algunos de los movimientos feministas se han preguntado si es deseable seguir usándolo como método, es imposible negar su importancia.
¿No es la universidad el lugar donde, justamente, la reflexión debe no ser segura? La universidad es el espacio para escuchar algo por primera vez, incluso ideas polémicas que pongan en juego valores profundos. Cuando ocurre es una experiencia desconcertante e incómoda. Pero es por ello por lo que resulta productiva para la reflexión
EN CONTRA DE LAS IDEAS
En este artículo quiero detenerme en el segundo caso: el de las cancelaciones por ideas o discursos. Tener una idea –incluso la más molesta y desagradable, la que considero más opuesta a mis principios– no es un delito. Es cierto que a veces las ideas y las palabras pueden provocar violencias directas. También lo es que pueden tener efectos psicológicos negativos en quien las escucha. Por eso, por ejemplo, la libertad de expresión tiene límites y hay formas de expresión prohibidas en todos los países de América Latina. Pero la distinción resulta útil, aunque haya sido tan cuestionada: salvo en muy contadas excepciones, las palabras y las ideas no son tan violentas y peligrosas como los actos. Para que lo sean tienen que ocurrir en condiciones muy particulares de legitimización. Por ejemplo, un discurso genocida dado en una plaza pública o repetido en la radio es peligroso en extremo, pero ¿lo es también que una persona con posiciones antiliberales o antiprogresistas dé una charla en una universidad?
Hay dos razones esgrimidas por quienes defienden estas funas. La primera propone que escuchar esas ideas puede producir un daño psicológico. En la Universidad de Brown, por ejemplo, crearon un espacio seguro cuando se invitó a una panelista que ponía en duda la existencia de una cultura de la violación generalizada. Según una columna de The New York Times, el espacio seguro tenía galletas, plastilina, cobijas y un video de cachorros. Algunos lo consideraron útil. Otros, condescendiente e infantil. La cancelación se ha presentado como una manera más radical de cuidado. En vez de crear el espacio de contención durante la charla, prohibirla. Los estudiantes no tendrán que lidiar con la presencia del orador, con la idea de que ocurra la conversación ni con la posibilidad de salir heridos de ella. Resulta evidente que nadie debe ser golpeado o humillado en la universidad. Pero ¿no es la universidad el lugar donde, justamente, la reflexión debe no ser segura? La universidad es el espacio para escuchar algo por primera vez, incluso ideas polémicas que pongan en juego valores profundos.
La universidad está diseñada, o debería estarlo, para mantener siempre un reflejo de duda. Por eso tiene más sentido prohibir un discurso polémico en una transmisión de televisión nacional que prohibirlo en una conferencia universitaria
Cuando ocurre es una experiencia desconcertante e incómoda. Pero es por ello que resulta productiva para la reflexión. Me pregunto ahora qué forma toma el pensamiento sin enfrentarse nunca a otro radicalmente distinto. ¿Qué argumento se produce sin la sensación de ultraje y de indignación? La contradicción, más incluso que la inspiración y el convencimiento, parece ser aquello que lo anima. El segundo argumento es que, al darle espacio, esas ideas encuentran adeptos, tanto más si se presentan en un ambiente de legitimación como una universidad. Pero ¿es en verdad la prohibición o el sabotaje la mejor manera de desarticular esos discursos y minimizar su influencia? Los estudiantes no creen a ojos cerrados lo que dicen los oradores invitados y sus profesores en clase. Es cierto que los últimos tienen autoridad. Pero la universidad está diseñada, o debería estarlo, para mantener siempre un reflejo de duda. Por eso tiene más sentido prohibir un discurso polémico en una transmisión de televisión nacional que prohibirlo en una conferencia universitaria. En la segunda habrá, o debería haber, otros oradores y moderadores, espacios para réplicas y lugares donde continuar la conversación. Otras ideas estarán suspendidas en el aire: susurradas con indignación a un amigo durante la presentación, en las preguntas al final o en las conversaciones a la salida. A las ideas polémicas, en la universidad, debería responderse con más ideas, con más invitados y más diversos. Los estudiantes, además, deberían sentirse en libertad de expresar sus ideas, también aquellas polémicas y discriminatorias, aquellas que considera profundamente equivocadas, incluso peligrosas. Es mejor que al decirlas se encuentren con las críticas de sus profesores y compañeros, en vez de tenerlas guardadas consigo como un secreto que solo compartirán después, en sus propios lugares seguros, como entre sus seguidores de X o en el chat de un grupo radical.
Escribo eso y se forma en mí un miedo. ¿Qué ocurre si esas ideas, equivocadas y peligrosas, resultan más persuasivas? Pero me digo, de nuevo, que la respuesta no es cancelarlas (ya aparecerán en otra parte si lo hacemos). Y pido que los argumentos que considero mejores y más éticos sean más agudos, más incisivos, más convincentes, mejores, siempre mejores, que los argumentos de nuestros adversarios.