Catolicismo y evangelismo: el fervor popular que los une
Creemos que las expresiones religiosas de ambos credos sí tienen algo en común, y que no se trata de algo accesorio, sino que las constituye desde lo más profundo. Por un lado, quien participa de ellas experimenta de manera directa e inmediata la acción de Dios, desde un horizonte eminentemente matérico-sensorial. Por el otro, se trata de una religiosidad que abarca la existencia completa, desde sus elementos más cotidianos hasta las experiencias límite que revelan la fragilidad humana. Así, las formas populares de religiosidad demuestran gran vitalidad en América Latina, a pesar de los vaticinios de un mundo cada vez más secular.
En el marco de la aparentemente intensiva secularización que se ha dado en Chile en las últimas décadas, llama la atención observar la consistente persistencia, e incluso cierto crecimiento, de la adhesión a expresiones religiosas que podríamos considerar populares: por una parte, el culto evangélico, caracterizado por su fuerte marca carismática, y por otra, expresiones católicas como la fiesta religiosa popular y la peregrinación a santuarios. ¿Tendrán alguna relación estos dos fenómenos? Se trata de formas religiosas presentes a lo largo del país, con una amplia variedad interna que dificulta generalizar excesivamente sobre sus características, pero que creemos que comparten elementos comunes que vale la pena destacar.
En Chile ha caído de manera dramática la adhesión religiosa institucional, lo que no significa, sin embargo, que las personas sean crecientemente irreligiosas o que su existencia no remita en algún sentido a lo religioso. Pero la espiritualidad individual es perfectamente compatible con la ausencia de marcos de referencia comunes y estables que la ordenen y le den forma, por lo que es menos probable que le otorgue sentido a la vida en común o que resista la fuerza secularizante de la racionalidad técnica y de la sociedad de consumo: es una herramienta poderosa para la búsqueda personal, no para la construcción de mundos compartidos. Frente a este escenario, bastante extendido, aparece una reconfiguración religiosa que no es meramente individual, cuya aparente novedad suscita gran interés, pero que hunde sus raíces en una historia más bien larga y en constante transformación.
Tanto el catolicismo popular como el protestantismo evangélico ofrecen un refugio frente al sinsentido de la sociedad. En ella las instituciones han perdido la capacidad de integrar la experiencia en un marco más amplio de pertenencia
LA FUERZA DEL CULTO POPULAR
Es necesario comenzar marcando algunas diferencias, teológicas y sociológicas, entre ambos fenómenos. Desde un punto de vista teológico, el culto evangélico y el culto católico popular son en principio dogmáticamente incompatibles, porque el protestantismo extiende la prohibición veterotestamentaria (relativa al Antiguo Testamento) al culto de imágenes, elemento que está en el corazón de las manifestaciones populares católicas, especialmente de la fiesta religiosa dedicada a la veneración de la Virgen María, de santos o de Cristo.
En términos sociológicos, se trata, además, de fenómenos que muestran tendencias agregadas similares, pero no idénticas: si bien se reconoce en Chile un importante auge del evangelismo, principalmente pentecostal, durante las últimas décadas del siglo XX, las cifras se estabilizan hacia el siglo XXI, lo cual contrasta con la sostenida desafiliación al catolicismo institucional. Por su parte, tanto el baile religioso festivo como la peregrinación son fenómenos masivos y en expansión, lo cual se refleja en la multitudinaria asistencia a santuarios a lo largo del país y en el aumento significativo en la formación de sociedades de baile religioso, tanto en el norte como en la zona central de Chile. Así, hoy podemos ver cómo se amontonan los bailes andinos en las puertas de la Catedral de Santiago para celebrar a la “Chinita” del Carmen, ante la perplejidad de muchos.
No cabe duda de que el evangelismo y el catolicismo popular son dos mundos diferentes, a veces diametralmente enfrentados. Sin embargo, llama la atención encontrar a pescadores evangélicos en la Caleta Portales que “visten” la imagen de San Pedro y participan animadamente del culto de su imagen, evangélicos que tienen una imagen de la Virgen escondida por ahí y bailarines católicos cada vez más interesados en la lectura de la Sagrada Escritura y en entender por qué lo que hacen no es idolatría. A la incompatibilidad dogmática se superpone, así, una cercanía existencial llamativa en un contexto de especial volatilidad de la adhesión religiosa.
Creemos que estas expresiones religiosas sí tienen algo en común, y que no se trata de algo accesorio, sino que las constituye desde lo más profundo. Por un lado, quien participa de ellas experimenta de manera directa e inmediata la acción de Dios, desde un horizonte eminentemente matérico-sensorial. Por el otro, se trata de una religiosidad que abarca la existencia completa, desde sus elementos más cotidianos hasta las experiencias límite que revelan la fragilidad humana. Esto hace de estas formas de culto popular algo más resistente a una cultura secularizada que entiende la religión como un aspecto separado de la vida social. Ambas producen, además, un “mundo” constituido desde teologías distintas y a partir de recursos simbólicos diferentes, pero capaces de insertar la espiritualidad individual en una experiencia de sentido compartido. Quien asiste al culto evangélico o a la fiesta religiosa lo hace buscando un encuentro personal con la divinidad que transforma su vida y le da sentido, pero siempre anclado en una experiencia colectiva, experimentada multisensorialmente y que remite a necesidades inmanentes: sanarse de males físicos y espirituales, salir de la pobreza, aliarse contra el narcotráfico, dignificar su situación de vida sin esperar que llegue el Estado.
En esta experiencia, el creyente se encuentra y vincula con otros: con su familia, su vecino, su comunidad organizada en torno al ritual religioso; incluso con aquellos que profesan otra confesión. Otro elemento en común, relacionado con lo anterior, es que ambas experiencias se dan en sectores históricamente subalternos: el templo evangélico y la parroquia popular se encuentran el uno al lado de la otra, en la misma población, fenómeno que no ocurre de la misma manera en los estratos más altos de la sociedad.
Quien asiste al culto evangélico o a la fiesta religiosa lo hace buscando un encuentro personal con la divinidad que transforma su vida y le da sentido, pero siempre anclado en una experiencia colectiva
TRASCENDER AL INDIVIDUO
Las diversas formas de religiosidad popular resisten un modelo basado en la experiencia espiritual individual
UN REFUGIO FRENTE AL SINSENTIDO
Sin embargo, no todo es común entre estas expresiones, y la diferencia más importante pareciera darse en el modo de adhesión. Mientras en la fiesta o la peregrinación se marca la pertenencia a una cultura que se transmite de generación en generación, que puede remontarse muchas veces a cosmovisiones indígenas ancestrales y que refleja la constitución histórica de un ethos latinoamericano profundamente sincrético en su origen, el culto evangélico produce pertenencia a partir de una adhesión que se experimenta más desde la electividad que desde la mera herencia. Quien crece bailando en una cofradía recibe con la danza un mundo entero: una memoria familiar, un calendario festivo y una forma de relacionarse con lo sagrado, que no necesita ser explicada porque fue vivida antes de ser pensada. Quien llega a una iglesia evangélica después de una crisis o mantiene la religión en la cual fue criado, en cambio, lo hace eligiendo: desde la experiencia de la conversión, que es un volver a nacer, o desde el desarrollo de un testimonio propio de la acción de Cristo en la propia vida, la pertenencia se construye creando una frontera con la cultura secular que propicia una riqueza simbólica y espiritual que muchas veces contrasta con la vulnerabilidad de la vida cotidiana.
Tanto el catolicismo popular como el protestantismo evangélico ofrecen, así, un refugio frente al sinsentido de una sociedad cuyas instituciones han perdido la capacidad de integrar la experiencia en un marco más amplio de pertenencia. Ya sea desde una herencia cultural que resiste frente al advenimiento de una sociedad cada vez más plural e inestable en su capacidad de producir memorias unificadas, o desde la afirmación autónoma de una pertenencia que reclama al ser humano en toda su existencia, estas formas populares de religiosidad demuestran gran vitalidad a pesar de los vaticinios de un Chile cada vez más secular.
Esto nos permite responder con más convicción la pregunta que planteamos al comienzo. Sí: al menos en términos sociológicos y antropológicos, el mundo evangélico y el catolicismo popular responden a una misma experiencia cultural, la de quienes buscan un anclaje comunitario que la espiritualidad individual y las instituciones tradicionales ya no logran proveer. Lo que los distingue, herencia o conversión, imagen o palabra, memoria o testimonio, es precisamente lo que los hace complementarios como fenómenos para entender el Chile religioso de hoy.
LA FE DE CHILE EN CIFRAS
El estudio de opinión pública más reciente y específico sobre este tema es la Encuesta Nacional Bicentenario UC, la cual constata que la adhesión al catolicismo ha alcanzado una fase de estabilización tras años de caídas. Además, los datos definitivos del último Censo de Población confirman que aproximadamente un 74% de la población se identifica con alguna religión, reflejando un declive histórico del catolicismo institucional y un aumento significativo de los ciudadanos que se declaran “sin religión”.
Los datos combinados de la Encuesta Bicentenario UC y los resultados del Censo describen el panorama actual del país de la siguiente manera.
Catolicismo: Se sitúa en torno al 54% según el registro del Censo nacional, confirmando su tendencia a la baja en comparación con el 70% registrado en 2002. En las mediciones de la UC, la identificación católica general se estabilizó en un 44%.
Evangélicos / Protestantes: Se mantienen estables y sin variaciones masivas a nivel país, alcanzando de un 16,3% a un 17,4% de la población total.
Sin afiliación religiosa: Este grupo (que incluye a personas que creen en Dios pero rechazan las iglesias, además de ateos y agnósticos) sigue al alza. En el bloque de jóvenes de 18 a 34 años, el 51% declara no identificarse con ninguna religión.
Creencia en Dios: A pesar de la fuerte desafiliación de las iglesias tradicionales, la sociedad chilena sigue siendo mayoritariamente creyente, registrando una alta creencia en Dios de un 74%.