Chiloé, tierra de mar
A pesar de la fragmentación, Chiloé es uno solo: un maritorio. Sus habitantes se vinculaban en el pasado y se conectan en forma cotidiana por los caminos del océano Pacífico. Por esto, es apropiada la metáfora que utiliza Hanisch para describir que “la isla es un velero y mástiles los alerces con una inmensa voluntad de navegar”.
Chiloé, archipiélago de muchas islas y muy poblado, era un territorio en el que sus habitantes originarios se trasladaban en distintas embarcaciones y en variadas direcciones. Esta es la visión que tiene el poeta Alonso de Ercilla, junto a las huestes del gobernador García Hurtado de Mendoza, al llegar al final de la tierra firme y enfrentarse a este territorio distinto y desmembrado en el siglo XVI.
En el seno de Reloncaví se terminan las tierras fácilmente accesibles y cultivables del valle central y de la costa chilena. Hacia el sur, con Chiloé, comienzan los archipiélagos patagónicos, a los cuales solo pueden acceder las poblaciones navegantes: la zona de los canales y fiordos, donde las barcas navegan más protegidas que en las aguas de mar abierto. La navegación en este territorio sería facilitada por la protección entregada por los archipiélagos, así como por la proximidad de las islas y tierra firme, que en todo momento se puede avistar.
Hace casi seis milenios, los primeros navegantes que poblaron este lugar arribaron en sus embarcaciones, probablemente descendiendo por la costa Pacífico desde el norte, y cruzando el canal de Chacao, tal como debemos hacerlo en la actualidad. Eran grupos de canoeros o nómades marinos que vivían de la explotación de los recursos marinos, y que iban de isla en isla, cruzando canales, golfos y fiordos, y ocupando principalmente las playas y zonas costeras.
Ya en el transcurso de nuestra era se produce la llegada de grupos alfareros que practicaban la horticultura. Ellos fueron descritos gracias a la presencia de fragmentos de cerámica en los sitios arqueológicos. De esta manera, los antiguos cazadores-recolectores marítimos que los conquistadores identificaron como chonos se habrían fusionado con los alfareros de origen mapuche-huilliche o premapuche, que constituye este grupo tan original de pescadores-horticultores, representado tardíamente por los huilliches del golfo de Reloncaví y de Chiloé .
Así, la ocupación humana de Chiloé sería la síntesis de estas dos tradiciones, la canoera por un lado y la horticultora del bosque y la madera por el otro, produciendo una cultura que se complementa entre la tierra y el mar. Mucho más tarde se sumaron los conquistadores europeos, quienes también contribuyeron a esta mixtura cultural especial que hoy se conoce como el maritorio de Chiloé.
Las dificultades de navegación
La costa de Chiloé tiene características propias que es necesario conocer para navegar de forma segura en sus aguas. La estrechez y angostura de los canales, la intensidad de los vientos, la dificultad impuesta por las corrientes y los cambios de las mareas son todos elementos que se deben tomar en cuenta al momento de adentrarse en esta costa. Otra dificultad para la navegación en esta zona son los bajeríos, puntas y escollos que amenazan cualquier tipo de embarcación, pero los barcos europeos, de mayor tamaño y calado, son los que se vieron más afectados a su llegada.
El padre González de Agüero, franciscano cronista de la colonia, dijo al respecto que los más conocidos son Remolinos, Tres Cruces, Quicavi, Tenaún, Chequian, Aguantao, Guechupicun y Chayaguao. En ellos se mezclan nombres españoles e indígenas para nombrar estos peligros de navegación, que muestran la síntesis de las tradiciones locales y europeas en este ámbito. La costa oeste de la isla de Chiloé, que da hacia el mar abierto, el cual arrecia contra la isla, es mucho más agitada, con muy pocas bahías protegidas y expuestas a los vientos. Por eso se entiende que la navegación se haya realizado por el mar interior, a pesar de los peligros que hemos nombrado.
La estrechez y angostura de los canales, la intensidad de los vientos, la dificultad impuesta por las corrientes y los cambios de las mareas son todos elementos que se deben tomar en cuenta al momento de adentrarse en esta costa.
Embarcaciones aptas para el maritorio
Las embarcaciones fueron y son todavía un elemento vital para las poblaciones del archipiélago de Chiloé, donde la única forma de movilizarse, y también de subsistir, es por medio de ellas. Las naves europeas no se encontraban adaptadas a este maritorio, mientras que las de tradición indígena se adentraban sin dificultad por estos lugares y encontraban abrigo en puertos con mayor facilidad que las europeas.
Esto nos muestra la versatilidad y flexibilidad de las embarcaciones nativas, mejor adaptadas para afrontar las condiciones locales de navegación. Por estas razones, los españoles de Chiloé las utilizaron en sus recorridos misionales, exploraciones y transporte de mercancías. Las lanchas veleras, el lanchón chilote, chalupas y chalupones serían herederas de estas tradiciones y conocimientos.
A la llegada de los conquistadores al archipiélago de Chiloé y sus alrededores, los indígenas utilizaban principalmente dos tipos de embarcaciones: la dalca y las canoas monóxilas. Las llamamos de tradición indígena porque fueron tempranamente adoptadas y adaptadas por los europeos, introduciéndoles modificaciones, pero conservando la misma herencia constructiva originaria. Estas presentaban características especialmente favorables para navegar en bajas profundidades y lugares estrechos. El poco calado y un fondo plano, o casi plano, permitían que pudiesen adentrarse en lugares de muy bajas profundidades, en ambientes de ciénagas, lagunas y pantanos, en pequeños ríos y afluentes menores.
Destreza en el agua.
En la imagen, grupo kaweshkar navegando en una dalca. La foto es parte de una secuencia que fue tomada el año 1895, desde el vapor Bianca por el ingeniero Bauer.
La dalca es la embarcación característica de Chiloé y sus alrededores. Está compuesta por tres a cinco tablas, unidas por costuras vegetales y calafateadas con un betún especial para impermeabilizarla. Habrían tenido entre nueve y 12 metros de largo, y cerca de un metro de ancho, aunque había más pequeñas. En ellas iban desde cinco hasta 12 y más remeros, teniendo una importante capacidad de carga. Estas presentaban la posibilidad de ser desarmadas y, de esta forma, transportadas fácilmente por tierra, a través de los llamados pasos de canoas o “pasos de indios”, que por la intrincada geografía de la zona les ahorraban tiempo y energía, combinando la navegación con el transporte terrestre.
Las misiones jesuitas, que se establecieron en la zona a partir de 1609, también ocupan la dalca como único medio de transporte en su tarea evangelizadora. Los indígenas son utilizados principalmente como bogadores, remeros e incluso como pilotos en los recorridos misionales por los archipiélagos, ya que los conocían al detalle sin la necesidad de una cartografía, pues como plantea el historiador Walter Hanisch, “llevaban el mapa en la mente”.
Las canoas monóxilas –hechas a partir de una pieza de madera– son caracterizadas como un casco realizado a partir del vaciamiento de un tronco, mediante una técnica de reducción. El mundo mapuche-huilliche las habría llamado wampos. Pero también fueron conocidas como bongos y canogas en Chiloé. Gracias a su versatilidad se habrían utilizado en diversos ambientes, tanto en navegación costera como en los numerosos lagos y ríos de la zona, así como para diferentes tareas (transporte, comunicación, explotación de recursos). Esto llevó a que los españoles las adoptaran, al igual que las dalcas.
La ocupación humana de Chiloé sería la síntesis de estas dos tradiciones, la canoera por un lado, y la horticultora del bosque y la madera por el otro, produciendo una cultura que se complementa entre la tierra y el mar. Mucho más tarde se sumaron los conquistadores europeos, quienes también contribuyeron a esta mixtura cultural especial que hoy se conoce como el maritorio de Chiloé.
Por los caminos del mar
La isla de Chiloé, así como su archipiélago, carecía de caminos formales. Las únicas vías terrestres estaban en las playas, y el único camino interior va desde San Carlos de Ancud a Castro, que se hizo sobre planchados (tablones) para evitar el barro que impedía el paso, recién en la segunda mitad del siglo XVIII (1787). A pesar de esto, Chiloé no vivía en el aislamiento. Sus poblaciones se vinculaban y continúan haciéndolo en forma cotidiana por los caminos del mar, a través de sus embarcaciones. Por esto es apropiada la metáfora que utiliza Hanisch para describir que “la isla es un velero y mástiles los alerces con una inmensa voluntad de navegar”.
En la actualidad, aún se construyen naves chilotas de madera en los astilleros de San Juan, Queilen, Quellón, Manao, Calbuco y Haulaihue (por nombrar solo a los más conocidos). Ahí los carpinteros de ribera arman lanchas utilitarias que son usadas en la pesca, la salmonicultura, el turismo y el transporte, manteniendo viva una cultura de mar que resiste el tiempo, fusionando elementos tradicionales y modernos.
Al mismo tiempo, varios proyectos de rescate cultural se encuentran recuperando las embarcaciones tradicionales más conocidas: dalcas, lanchas veleras y lanchones, así como los conocimientos de construcción y navegación ancestrales, antes que se pierdan en el tiempo y la modernidad.
Para leer más
• Cárdenas, R. (1991). Los chonos y los veliche de Chiloé. Ediciones Olimpho, Santiago.
• Hanisch, W. (1982). La isla de Chiloé, capitana de rutas australes. Academia Superior de Ciencias Pedagógicas de Santiago, Santiago.
• Lira, N. 2016. “Antiguos navegantes en los mares de Chiloé”. En C. Aldunate (ed.), Chiloé. Ediciones del Museo Chileno de Arte Precolombino, Santiago.
• Urbina, R. 2012 (1983). La Periferia Meridional Indiana. Chiloé en el siglo XVIII. Ediciones de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Valparaíso.