• Por Isaac Caro y Nicole Saffie
  • Fotografía AFP

Argumento

Ecos del conflicto de la Franja de Gaza

El combate en Gaza es uno de los temas más complejos de la geopolítica actual. Aunque tiene raíces que se remontan a 1948, el ciclo de violencia más reciente y devastador empezó en octubre de 2023, el cual se transformó en una guerra regional de larga duración. Durante 2025, se establecieron periodos de tregua (como el de enero a marzo del año pasado), pero el conflicto ha visto rupturas unilaterales y nuevas ofensivas. Para 2026, la ONU advirtió sobre una hambruna provocada y niveles críticos de desnutrición infantil, con cifras de víctimas palestinas que superan las 67.000 personas.

En este contexto, se mantiene un frágil esquema de “alto al fuego” iniciado en octubre pasado. Aquí exponemos a dos representantes chilenos que dan a conocer su postura, con la esperanza de fomentar, a miles de kilómetros, el diálogo y la paz que tanto tardan en llegar.

Comunidad judía en la encrucijada: entre la defensa y el dolor

La madrugada del 7 de octubre de 2023 marcó un punto de inflexión en el prolongado conflicto israelí-palestino: el ingreso del movimiento islamista Hamás a Israel y la masacre llevada a cabo, que tuvo como resultado unos 1.200 israelíes muertos, y secuestró a 251 personas, en su mayoría civiles. Esto significó una tensión importante para el conjunto de la sociedad israelí, la que se sintió vulnerada y atemorizada por este ataque, a pesar de la preparación militar israelí.

Los acontecimientos posteriores a la represalia llevada a cabo por Israel en contra de Hamás, en Gaza, extendieron esta tragedia a la sociedad gazatí, con una sistemática violencia por parte de las fuerzas militares israelíes en el territorio palestino y su población, lo que provocó más de 71.000 muertos, una gran proporción de ellos mujeres y niños.

Estos sucesos tuvieron una repercusión importante en todo el mundo. Primero, aumentaron las manifestaciones en contra de los ataques israelíes, las cuales fueron el origen de un auge sistemático de incidentes antisemitas e islamófobos, especialmente en Europa, Estados Unidos y América Latina, y marcaron de manera profunda el devenir de las respectivas comunidades diaspóricas judías y palestinas.

En el caso de Chile, donde la comunidad judía cuenta con una población aproximada de 30.000 personas, y la comunidad palestina con unas 400.000, según estimaciones, esta tragedia profundizó las diferencias y las brechas que se venían produciendo de manera creciente desde la Segunda Intifada, en septiembre de 2000.

Del lado palestino se denunció de manera reiterada la existencia de un genocidio en Gaza por parte de Israel, y se reiteró que este conflicto no se inició en octubre de 2023, sino que tuvo sus raíces con la creación de Israel y, posteriormente, se consolidó a partir de una política colonialista y segregacionista de Israel hacia los palestinos. Paralelamente, se llevaron a cabo manifestaciones masivas convocadas por la comunidad palestina en contra de la guerra.

Del lado judío, por su parte, las voces mayoritarias mostraron su solidaridad con Israel y con el gobierno liderado por Benjamín Netanyahu, recalcando el derecho de autodefensa del Estado judío frente al accionar terrorista de Hamás, argumentando que este movimiento ha buscado desde su creación la destrucción del Estado de Israel.

Al mismo tiempo, estas voces fueron firmemente críticas de algunas medidas tomadas por el gobierno del presidente Boric, como los llamados a consultas del embajador de Israel, el apoyo a la posición de Sudáfrica de acusarlo de genocidio ante la Corte Internacional de Justicia y la exclusión de las empresas israelíes de la Feria Internacional del Aire y del Espacio (FIDAE 2024).

A medida que se profundizaba la guerra en Gaza, surgieron, también en Chile, algunas posturas judías críticas de la política israelí frente a la guerra, que reiteraban la necesidad de respetar el derecho internacional humanitario, condenar el ataque a civiles y terminar con la política de represión de Israel en Gaza y Cisjordania.

Para concluir, es ineludible abordar la dimensión humanitaria y legal de esta tragedia: existe una acusación de genocidio en contra de Israel por la guerra en Gaza, una situación que, por su magnitud, exige la atención y condena de la comunidad internacional. Sin embargo, resulta fundamental distinguir entre esta grave denuncia y el rechazo a la existencia misma de Israel. La solución a este conflicto histórico pasa necesariamente por la fórmula de dos Estados –Israel y Palestina– conviviendo en fronteras seguras, reconocidas internacionalmente y bajo el amparo de las resoluciones de Naciones Unidas.


Existe una acusación de genocidio en contra de Israel por la guerra en Gaza, una situación que, por su magnitud, exige la atención y condena de la comunidad internacional. Sin embargo, resulta fundamental distinguir entre esta grave denuncia y el rechazo a la existencia misma de Israel.

Las heridas y las esperanzas de Gaza

“Me daba vergüenza llamarte”, me confesó un querido amigo judío chileno tras los eventos del 7 de octubre de 2023. Esa frase, cargada de una pesadumbre compartida, refleja la profundidad de las heridas que se han abierto desde la brutal respuesta del ejército israelí en Gaza, tras los ataques de Hamas. Ese sentimiento no es ajeno: nos remite al hecho esencial de ser humanos, enfrentados a una tragedia que, aunque ocurre a miles de kilómetros, se siente en carne propia.

Desde entonces, el flujo de imágenes no se ha detenido: viviendas y hospitales reducidos a escombros, ciudades enteras borradas del mapa. Hombres, mujeres y niños deambulando entre las ruinas, buscando alimento o llorando a sus muertos; al mismo tiempo, en el otro lado, las familias de los secuestrados judíos claman por un regreso que, para muchos, no llegará. Pero el factor común es uno solo: un dolor que se clava como una espina, persistente y profunda.

Mi propia historia es el reflejo de miles. Mi bisabuelo llegó a Chile en 1901 desde Belén, con apenas 20 años y su esposa aún más joven, cruzando la cordillera de los Andes a lomo de mula. Como tantos otros, llegaron buscando un futuro mejor, escapando del reclutamiento forzoso del ejército otomano. Se instalaron en Santiago, abrieron una paquetería y criaron a nueve hijos chilenos, integrándose plenamente a esta sociedad que los acogió.

Hoy, Chile alberga a la comunidad palestina más grande fuera del mundo árabe, con una población estimada de entre 450.000 y 500.000 personas. Esta magnitud explica por qué esta tragedia en Medio Oriente no se vive como un conflicto ajeno. El vínculo con el origen se mantiene vivo: en las hojas de parra y el kubbe en nuestras mesas, en el dabke y la música árabe, y en el Club Deportivo Palestino cuyos goles se celebran tanto en Chile como en Cisjordania.

Si bien la mayoría somos segunda, tercera o hasta cuarta generación nacida en Chile, muchos aún mantienen lazos familiares en los territorios palestinos. Por eso, la llegada de los 68 refugiados en septiembre de 2025, gracias a las gestiones del Gobierno chileno, se siente no solo como un acto profundamente humano, sino también como un reencuentro con los propios, con las raíces.

Sin embargo, esta cercanía también ha tensado la convivencia histórica con la comunidad judía en Chile. Si bien tradicionalmente hemos compartido amistades, negocios y hasta matrimonios, la magnitud de la reciente masacre sin duda ha reabierto heridas, dejando paso a la rabia, la frustración y la intolerancia.

Chile es un escenario donde estas tensiones podrían seguir creciendo, pero también el lugar donde podría ensayarse la paz. El desafío es no levantar más muros, sino construir puentes de encuentro y diálogo honesto, a través de la escucha y la empatía: ponernos en el lugar del otro, con sus dolores, miedos y esperanzas. Darnos cuenta de que lo que nos une es más que lo que nos divide. Ese es un grano de arena concreto que podemos aportar, desde el otro lado del mundo, para que la paz entre ambos pueblos se convierta en una realidad


Chile es un escenario donde estas tensiones podrían seguir creciendo, pero también el lugar donde podría ensayarse la paz. El desafío es no levantar más muros, sino construir puentes de encuentro y diálogo honesto, a través de la escucha y la empatía: ponernos en el lugar del otro, con sus dolores, miedos y esperanzas.