Edward Rojas: Una arquitectura que releva la identidad
El nuevo Chiloé le debe mucho al azar. Fue por casualidad que hace casi 40 años llegó al archipiélago el entonces estudiante de arquitectura Edward Rojas. Descubrir ese mundo lo inspiró a desarrollar un lenguaje de inspiración local, que más tarde sería reconocido con el Premio Nacional de Arquitectura 2016.
El joven estudiante de arquitectura Edward Rojas se lanzó a explorar el misterioso territorio de Chiloé junto a su socio Renato Vivaldi. La diferencia entre ambos amigos es que para Vivaldi esta aventura culminó en 1975, cuando prefirió emigrar a Roma. En cambio, Rojas decidió quedarse en este archipiélago hasta hoy.
Vivaldi se había casado con Marlena Vera, originaria de Chiloé, lo que ayudó a que ambos estudiantes quisieran conocer de cerca este territorio. “Mientras ayudaba a Renato a hacer las maquetas de su proyecto de título, su suegro nos dijo: ‘¿Qué van a hacer cuando se reciban? ¿Por qué no se van a Chiloé?’. Hoy a todo el mundo le gustaría tener una casa allá, pero en esa época era bastante desconocido. Sobre todo, después de la pandemia, cuando se demostró que se podía vivir allá y trabajar en cualquier parte del mundo, gracias a las nuevas tecnologías”.
Ahí vino el deslumbramiento, a lo que se sumó una razón muy práctica: “En Chiloé había trabajo, y no había arquitectos. Existía una ley que bonificaba las inversiones, entre ellas las construcciones. Si hacías una casa, el gobierno te devolvía el 25% del costo de construcción. Si eras campesino y comprabas un tractor, te devolvía el 25%. Era una ley para incentivar a regiones deprimidas económicamente. En esa época, el archipiélago era, de alguna manera, tierra de castigo para malos funcionarios públicos. Los chilotes eran tratados como lo peor; incluso muchos escondían su origen: ‘Chilote comepapas’, se decía”.
Rojas y Vivaldi fundaron la primera oficina de arquitectos de Castro, en 1977. Tres años después, crearon la Delegación Chiloé del Colegio de Arquitectos, junto a tres profesionales del lugar. De inmediato, advirtieron que la cultura territorial era distinta, muy potente en significados, lo que los obligó a interactuar antes de diseñar: “Encontrarse con este mundo lleno de agua, barro, arcoíris y una arquitectura tan especial de madera fue un impacto. Yo no sabía que existían los palafitos. Cuando los vi, no podía creer que existiera una arquitectura así. Entonces, ¿qué pasó hace 50 años? Que vi Chiloé por primera vez y me encontré con este mundo extraordinario. Para mí, todo lo que sucedía aquí era increíble. Para los habitantes, en cambio, era algo absolutamente normal. Lo que hicimos fue decirles a los chilotes: ‘Miren el valor de lo que tienen’. Y mostrarlo al mundo. Eso hizo que la arquitectura que desarrollamos estuviera sustentada sobre lo preexistente”.
Según relata, fue un aprendizaje con errores previsibles: “Entendimos que lo que había que hacer era seguir las formas tradicionales, las mismas tecnologías, sin inventar la pólvora. Solo incorporar elementos que hicieran que esos tipos de arquitectura fueran de este tiempo, y no solo repetir lo mismo de hace 200 años”.
Las nuevas tecnologías permitían algunos avances: “Antes no se abrían ventanas porque entraba el viento o el frío. Ahora podemos darnos el lujo de tener ventanas termopanel y recoger el paisaje. Manteniendo la tipología, la obra se vuelve parte del lugar, tan natural como la lluvia. La ventana redonda se transformó en un paradigma para mirar el paisaje, y eso se repite de proyecto en proyecto, construyendo una identidad y un lenguaje que dialoga con lo preexistente”.
El taller azul
Ante esta realidad, la oficina de arquitectos se convirtió en el Taller Puerta Azul: “Surge de ese momento en que nos damos cuenta de que es muy importante conocer este lugar, su identidad y sus tradiciones, para actuar sobre ellas. Era para nutrir nuestras obras con otras miradas. Ahí entran Gustavo Boldrini, con la historia, y Mauricio Marino desde la antropología”, relata Rojas.
Ambos profesionales serían muy útiles para interactuar con el lugar y su cultura. “Marino vino a hacer un estudio de campo justo donde nosotros construimos una casa, inspirada en Sea Ranch, de Charles Moore, en California. De un solo techo, esta rompió el clásico techo a dos aguas. Nos dijo: ‘Oye, qué ola causaron en el sector con esa casa. Todo el mundo opina que la casa es muy rara. Al punto de que le pusieron el resbalín de King Kong”.
Por su parte, Boldrini, quien años después se convirtió en asesor del Parque Tantauco, se hizo popular con su novela Raín, el último canoero, que registra la vida de los “vivientes”, quienes eran unos ermitaños que vivían dispersos en los terrenos de Tantauco: “Eso nos dio mucha más claridad: esto debía ser un proyecto colectivo. Ni Le Corbusier había tenido un antropólogo que midiera las acciones o los efectos culturales de lo que se estaba desarrollando”.
De ahí, explica Rojas, surgen dos cosas muy importantes: la reiteración de que la obra es colectiva, y que el pensamiento que la hace debe ser colectivo. Y segundo, que es posible fundar la obra sobre lo preexistente.
La valoración del Taller Puerta Azul fue rápida entre los chilotes porque, en los años 70, el alcalde comenzó a demoler los palafitos por considerar que eran poblaciones marginales. Ellos asistieron a la II Bienal de Arquitectura para denunciar los hechos, fueron entrevistados en un noticiario de televisión y se detuvo la destrucción. Así, estas construcciones se transformaron en una imagen icónica de Chiloé y ellos, en sus defensores.
El Mercado de Dalcahue fue otro acierto. Antes era una feria abierta, pero ellos desarrollaron un proyecto que era una estructura para proteger a feriantes y clientes, con bases y pilares en el agua, lo que permitió que campesinos y artesanos vendieran desde las lanchas. Esta obra se transformó en un símbolo del archipiélago, con sus vigas de coihue y cubierta de tejuelas de alerce. Igual que el concepto de “bordemar” para referirse a la cultura de Chiloé, un mundo terrestre-marino.
“Existía esa condición de ser un país dentro del país, con una conciencia cultural distinta al resto de Chile. Entonces, lo que se conmemora ahora –no se celebra, desde mi punto de vista– son los 200 años en que se les dijo ‘ustedes son chilenos, tienen que serlo’, pudiendo haber sido perfectamente un país propio”.
Una arquitectura anfibia
Dedicados a aprender lo más posible, también se sumergieron en la historia de la zona: “Chiloé siguió siendo realista después de la Independencia. Toda la Reconquista española fue hecha por soldados chilotes, eran el núcleo del ejército realista. Existía esa condición de ser un país dentro del país, con una conciencia cultural distinta al resto de Chile. Entonces, lo que se conmemora ahora –no se celebra, desde mi punto de vista– son los 200 años en que se les dijo ‘ustedes son chilenos, tienen que serlo’, pudiendo haber sido perfectamente un país propio”.
El proceso fue despertando un interés más allá de Chile; había otras tradiciones en América Latina, que sobrevivían y eran desconocidas. Todas diferentes, fruto de materiales y tradiciones propias: “Estas y otras experiencias nos permitieron entender que los referentes internacionales en madera que nos interesaban no tenían nada que ver con la necesidad de los chilotes. Por ejemplo, el tema de seguir teniendo casas con pasillo para que la gente esperara cuando fallecía alguien de la casa y se velaba en el salón; era importante el ancho de la puerta principal, para que pudieran entrar y sacar ‘el cajón’ para el funeral del propietario”.
Luego, como resultado de la emigración de chilotes a Aysén y Magallanes, donde aportaron con mano de obra, la mirada femenina predominó en Chiloé: “Es un diseño desde la perspectiva de la mujer. Antes, el hombre partía a la Patagonia, a la esquila; este era un mundo de mujeres”.
Para hacer “arquitectura del lugar” había que conocer el territorio, convivir con sus habitantes y aprender de su cultura y de su notable arquitectura en madera, así como la forma de construirla con manos carpinteras y las nobles maderas del bosque nativo: “Los chonos fueron los verdaderos creadores de la arquitectura anfibia. Y siempre les digo a mis estudiantes cuando van a Chiloé: ‘Deben entender que este es un archipiélago, por lo tanto, las respuestas arquitectónicas no son solo de tierra, sino también del mar, del borde del mar y una mixta, anfibia. Ese paisaje anfibio es la esencia de Chiloé’”, afirma.
Aprendieron a valorar, y mucho, la Hostería de Castro, construida por el Premio Nacional Emilio Duhart en los años 60: “Es un gran lugar, lo sigue siendo hasta hoy. Tiene esa magia: estás en Chiloé, pero dentro de una arquitectura moderna. Las sillas son modernas, pero hechas de mañío; los pisos son de alerce; las lámparas, de madera nativa o cobre. Es un lujo. Creo que es una de las obras más esenciales de la arquitectura chilena, más que la arteria del cuerpo, desde mi punto de vista. Lleva la tipología a una dimensión moderna. Como decía Humberto Eliash, es casi una obra postmoderna, no moderna, en el sentido de que toma lo más esencial, la cubierta a dos aguas, el fuego abierto al interior, la obra abierta al paisaje en lo más absoluto. Se apropia del paisaje y se hace parte natural de él, como si hubiese estado ahí desde siempre. Sigue siendo magnífica: tú vas a la hostería y sientes que estás en una obra que encarna la esencia máxima de lo que debe producir la arquitectura. Es una arquitectura que parece haber estado ahí toda la vida, y quien la habita se siente otra persona”.
Respecto de la Hostería de Ancud, Rojas agrega: “Trabaja directamente con troncos. No solo va al trabajo tradicional de la madera, sino a lo más elemental; si vamos a trabajar con madera, hagámoslo con troncos. Los muros son de troncos. A ese nivel de involucramiento”.
Los profesionales, conectados con los artesanos –carpinteros de ribera–, lograron perpetuar las tradiciones en una arquitectura nueva: “Los carpinteros venían de la tradición de agarrar una tabla, dibujar la planta de la casa con un clavo, y construirla. Se generaba una sinergia preciosa entre la confianza en los carpinteros –que sabían más que uno– y la necesidad de ordenar las ideas de una forma contemporánea. Así fuimos logrando elementos que pasaban de una obra a otra, construyendo un lenguaje común”, destaca el arquitecto.
Las obras de Rojas hablan de Chiloé y se funden con el paisaje, en el cual la conservación del patrimonio se ha convertido en el motor de su vida. Tanto es así, que en la actualidad persiste en su labor al trabajar en la restauración en un parque de conservación del bosque de cipreses, de las islas Guaitecas. Porque tal como reconoció al recibir el Premio Nacional del Arquitectura, en 2016: “En la medida que seamos capaces de leer el lugar y trabajar con las energías propias del sector y preocupados de lo que ahí sucede, más que de lo que está sucediendo en otros lados, es posible montar una obra que, desde su dimensión local, desde su dimensión de arquitectura del lugar, pueda ser capaz de tener un valor universal. ‘Conoce a tu pueblo y conocerás al mundo’, decía el poeta”.
El resguardo de los palafitos
La valoración del Taller Puerta Azul fue rápida entre los chilotes porque, en los años 70, el alcalde comenzó a demoler los palafitos por considerar que eran poblaciones marginales. Ellos asistieron a la II Bienal de Arquitectura para denunciar los hechos, fueron entrevistados en un noticiario de televisión y se detuvo la destrucción.