• Por Alberto Van Klaveren
  • Licenciado en Ciencias Jurídicas de la Universidad de Chile y Master of Arts en Estudios Internacionales por la Universidad de Denver. Doctorandus en Ciencia Política por la Universidad de Leiden. Ministro de Relaciones Exteriores en Chile entre 2023 y 2026

Especial

El nuevo desorden mundial

Tucídides, uno de los padres de la historiografía y precursor del estudio de las relaciones internacionales, definitivamente está de moda. En el largamente esperado encuentro entre el presidente chino, Xi Yingpin, y su colega estadounidense, Donald Trump, el primero advirtió el peligro de caer en la trampa de Tucídides, que se genera cuando una potencia ascendente parece disputar la hegemonía de una potencia hegemónica, situación que fácilmente puede conducir a un conflicto bélico. Algunos meses atrás, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, también citó a Tucídides, recordando su relato del “Diálogo de Melos” contenido en La guerra del Peloponeso, en que una delegación ateniense recuerda a los pobres habitantes de la pequeña isla, que aspiraban a quedar al margen de la disputa entre Atenas y Esparta, que “los fuertes imponen su poder, tocándoles a los débiles padecer lo que deben padecer”.

Carney no quiere resignarse a seguir esa premisa, que por otra parte le debe parecer natural tanto a Xi como a Trump y, por cierto, también al presidente ruso, Vladimir Putin.

Los historiadores también buscan analogías más recientes para entender el momento internacional actual. Algunos lo comparan con el período de entreguerras, que condujo a la Segunda Guerra Mundial y al ascenso de totalitarismos de distintos cuños. Otros se remontan al preludio de la Primera Guerra Mundial, que se desencadenó por la acción de elites sonámbulas incapaces de evaluar el efecto de sus decisiones. Y otras se remontan al siglo XVII, caracterizados por la desintegración de Eurasia y el ascenso de Europa.

Más allá de estas analogías históricas, es claro que vivimos un nuevo desorden mundial. Son tiempos turbulentos, tiempos de regresión y anomia en que los frágiles mínimos civilizatorios que permitieron el funcionamiento del sistema internacional se cuestionan y ponen en duda.

Es claro que vivimos un nuevo desorden mundial. Son tiempos turbulentos, tiempos de regresión y anomia en que los frágiles mínimos civilizatorios que permitieron el funcionamiento del sistema internacional se cuestionan y ponen en duda

El mundo se fragmenta, los consensos multilaterales se debilitan y proliferan respuestas unilaterales a problemas que, por definición, no se resuelven en solitario. El deterioro de ese entorno es visible en múltiples dimensiones: desde el recurso de la fuerza o su amenaza por parte las grandes potencias hasta la dificultad de las instituciones internacionales para preservar la paz y la seguridad mundiales; desde el resurgimiento de posturas proteccionistas y soberanistas que relativizan las reglas compartidas hasta la práctica de una diplomacia transaccional que, inevitablemente, siempre favorece a la parte más fuerte en la negociación.

Así, el siglo XXI sufre las tensiones entre grandes potencias, la erosión de las instituciones multilaterales creadas después del término de la Segunda Guerra Mundial y el egocentrismo de hombres fuertes y narcisistas (hasta ahora, no hay mujeres en esa categoría) que personalizan el poder. A esos factores hay que agregar la presencia de nuevos actores internacionales, la triple crisis ambiental -representada por el cambio climático, la pérdida de la biodiversidad y la contaminación- y la aceleración del cambio tecnológico, simbolizado por la inteligencia artificial, cuyos peligros ya están siendo advertidos en la primera encíclica del Papa León XIV.

En este contexto de alta volatilidad internacional, Chile aspira a mantenerse al margen de las grandes tensiones globales y a sostener su compromiso con un orden multilateral basado en reglas y con la defensa del derecho internacional, principios que han constituido la esencia de nuestra política de Estado.