• Revista Nº 174
  • Por Mauricio García Villegas
  • Obra Martín Eluchans

Especial

El quebranto de América Latina

Este es un continente en el que las emociones negativas han tenido un peso excesivo a lo largo de su historia. No es que los latinoamericanos carezcan de otros sentimientos, plácidos o amables; es que el peso del miedo, el odio y el resentimiento ha sido excesivo, sobre todo en la política.

Baruch Espinoza, el gran filósofo precursor de la modernidad, decía que todos los seres humanos buscamos la satisfacción de nuestros deseos y que ese impulso, ese apetito, es lo que nos caracteriza. A veces, sin embargo, ese deseo queda frustrado por emociones como el miedo, la ira, el resentimiento, la envidia o la venganza, a las cuales llamó “emociones tristes”. La persona atrapada en esos sentimientos, decía, apoca su existencia, se marchita, como si se envenenara con su propia amargura. El enemigo no lo tenemos en frente, sino que está dentro de nosotros mismos.

Los países, como las personas, también obedecen a un balance emocional y por eso, creo yo, les pasa algo parecido con las emociones tristes: cuando se empecinan en ellas, terminan siendo víctimas de sí mismos. América Latina es un continente en el que estas han tenido un peso excesivo a lo largo de su historia. No es que los latinoamericanos carezcan de otros sentimientos, plácidos o amables; es que el peso del miedo, el odio y el resentimiento ha sido excesivo, sobre todo en la política.

UN PAÍS DE SINÉCDOQUE

Con la llegada de los españoles en el siglo XV, se desató el terror en el continente. Las armas de hierro que trajeron los ibéricos y los virus que viajaron en sus cuerpos sembraron la devastación. El miedo, que casi siempre viene acompañado del odio, invadió a los nativos. Una vez instalado el régimen colonial se instaló la religión católica con el demonio asechante y con las enfermedades y catástrofes a modo de castigo por los pecados cometidos.

Luego, llegó el siglo XIX, con sus repúblicas inciertas, su inseguridad en los campos y su legitimidad vacilante, todo lo cual propició el surgimiento de los caudillos, que empezaron como bandoleros y terminaron como presidentes. Esos personajes, precursores del populismo, se volvieron diestros en despertar toda suerte de emociones, el miedo entre ellas, y en supeditar las instituciones al culto de su imagen.

Las luchas entre facciones políticas se suelen explicar a partir de las ideologías, es decir, del modelo de sociedad que ellas proponen. Algo de eso es cierto, pero esa explicación es incompleta: detrás de esas luchas hubo muchos miedos y muchos odios. Los conservadores, por ejemplo, temían que los liberales destruyeran una sociedad fundada en la fe y ordenada por los valores de la religión y los liberales, por su parte, tenían miedo de que los conservadores frustraran el cambio republicano y condenaran a los pueblos al oscurantismo.

Algo parecido ocurre hoy en día: la izquierda tiene miedo de que vuelvan los militares, de que se acabe con las libertades, se acentúe la injusticia social y se imponga un régimen del terror. La derecha, por su parte, teme que la izquierda destruya los cimientos de la sociedad, haga explotar la nación en pedazos y destruya las buenas costumbres. Para evitar que tales cosas ocurran, cada facción quiere fundar un país en el que los otros no estén o por lo menos estén callados, subyugados. Un país en el que la parte, su parte, sea el todo. Un país de sinécdoque.

LA GENTE ESTÁ HARTA

La desconfianza también ha sido otra emoción arrolladora en América Latina. Sus orígenes vienen de la colonia, con su sociedad jerarquizada y su pequeño grupo de superiores. Cuando llegaron las repúblicas, cambiaron los idearios, los ritos del poder e incluso las élites. Pero esos cambios fueron de papel. La sociedad siguió dividida entre unos pocos privilegiados y muchos desposeídos. En esas circunstancias, con promesas jurídicas de igualdad y realidades económicas de segregación, floreció la viveza criolla, la desobediencia taimada, la rebeldía y toda suerte de estrategias individuales y colectivas para no colaborar, como si la consigna fuera: “sálvese quien pueda”.

La desconfianza no solo floreció entre los individuos y entre estos y las instituciones, sino entre estas y aquellos. Se creó así un círculo vicioso del cual fue difícil escapar: mientras más desconfían los individuos de las instituciones menos colaboran con ellas; esto dificulta su labor y acentúa el fracaso de las políticas públicas, lo cual, a su turno, engendra desconfianza de las autoridades con la población y viceversa.

Como el miedo, la desconfianza viene acompañada de otras emociones, en este caso, el resentimiento y la envidia. Aquí también las emociones ayudan a explicar cosas que los puristas de la ciencia política no comprenden. La apatía política en América Latina, la desobediencia y, en general, la falta de colaboración, no solo se explican por la ideología o por el desencuentro con los gobernantes de turno, sino también por simple menosprecio, rabia, desengaño y resentimiento frente a los que mandan.

En las últimas 117 elecciones presidenciales que ha habido en América Latina (desde 1986) la oposición ha triunfado en el 58% de los casos. Si se toman los últimos comicios presidenciales celebrados en 16 países, solo en Bolivia y en Paraguay ganó el partido de gobierno.

¿Signo de fortaleza de la democracia? Puede ser, pero también es la prueba de que, como en los matrimonios que padecen daños irreparables, ya no hay manera de convencer a la otra parte; es la muestra de que todos los gobiernos son vistos como igualmente malos y de que la gente está harta.

En las protestas callejeras de las últimas décadas hay mucho de reclamo por una mayor justicia social, por supuesto, pero suele haber otro tanto de desnuda rabia contra los de arriba. El reclamo tiene nombre y por eso se expresa y se explica. El resentimiento, en cambio, solo es una rabia clavada en el pecho. Estoy convencido de que el encanto que han producido las ideas anarquistas en el continente obedecen a ese sentimiento, tan latinoamericano, de que ningún poder es bueno y de que hagan lo que hagan, da lo mismo. “Que se vayan todos”, gritaban en las calles de Buenos Aires en los meses del “corralito”. No es que no haya razones para expulsar a los malos gobernantes, por supuesto que las hay, el problema es que muchos quieren echarlos a todos, buenos o malos, con o sin esas buenas razones.

EL ORIGEN DE LA DESMESURA

No quiero terminar este corto ensayo sin hacer alusión a otra emoción que ha acuñado nuestra vida social y política. Me refiero al delirio, un sentimiento que también trajeron los ibéricos, que eran barrocos y por eso, como Segismundo o don Quijote, no distinguían bien entre el soñar y el vivir. Esto ha sido, y sigue siendo, una fuente de creatividad inagotable para la literatura, quizás nuestro producto de exportación más noble.

Pero el delirio en la política ha sido otra cosa: el origen de la desmesura, de la utopía y de la falta de racionalidad y de ciencia en la construcción del Estado y de la administración pública. América Latina es el continente de las revoluciones, conservadoras o liberales, de izquierda o de derecha, indigenistas o desarrollistas, en todo caso, del intento recurrente de querer rehacerlo todo, de empezar de cero.

Algunos añoran un pasado ideal puro, en el que no existía la maldad, en el que no estábamos contaminados por la ciudad, por el liberalismo o, como se dice hoy, por el capitalismo y por Occidente. No solo hemos exportado el mito de “el buen salvaje”, sino que nos hemos apropiado de él como parte de nuestro imaginario mítico.

A veces la pureza no está en el pasado, sino en el futuro, en la sociedad que esperamos fundar, despojada de los vicios del presente y del pasado. La pureza no fue, sino que está por ser engendrada en la ideología progresista que purgará a la sociedad de sus actuales lacras. En las utopías conservadoras el pasado puro viene al rescate del presente infectado, mientras que en las progresistas es el futuro puro el que redimirá ese presente mórbido.

Pero la vida real es otra cosa; está llena de contrastes, de logros y fracasos, de virtudes y vicios, en todo caso de imperfecciones. La utopía simplifica el paso del tiempo, escoge unos pocos hechos, descarta los demás y con esa reducción reinventa la historia de tal manera que sirvan de cimiento para armar un cuento. La utopía es lo contrario de la complejidad, de la misma manera que el dogmatismo es contrario a la tolerancia. Y la nuestra es una realidad de complejidades, de hibrideces y de imperfecciones.

Así como en el imaginario católico tradicional, gracias al sacramento de la confesión era posible la coexistencia de la fe irrevocable con una vida de perfidia, en América Latina permitimos que los ideales constitucionales convivan con una realidad colmada de horrores. Y cuando esa esquizofrénica realidad se vuelve insoportable, la izquierda se inventa una utopía revolucionaria para reducir la brecha, y la derecha se inventa otra para negar que esa brecha existe.

Lo que necesitamos es reducir esa distancia por los canales institucionales, lo cual significa confiar menos en los quijotes de la política y más en los sanchos, en todo caso concebir una política más pragmática, más ilustrada y sobre todo más consciente de que para hacer un proyecto colectivo se necesita aceptar al otro, tolerar las diferencias y dialogar para encontrar puntos de encuentro. Todo lo contrario, como dije antes, de las democracias de sinécdoque, en las que una parte de la sociedad se envenena a sí misma con el odio a la otra.