ARCHIVO | Jerusalén tres veces santa
La ciudad ha sido históricamente un centro religioso fundamental, inicialmente para judíos, luego para cristianos y en un tercer momento para mahometanos. Y aunque ha habido vencedores y vencidos, la presencia de cada una de esas religiones persiste hoy con vigor y a veces, también, con violencia. El autor sintetiza las circunstancias que desembocaron en la actual situación, así como las condiciones históricas bajo las cuales pudieron establecerse.
¡Que la tranquilidad reine en tus muros y dentro de tus fuertes!», prosigue el himno bíblico, como presagiando la historia de conflictos de la que sería protagonista la histórica ciudad.
Debido a su ubicación geográfica, para nadie es un misterio que Jerusalén es —y lo ha sido siempre– una ciudad con una importancia estratégica preponderante. Desde tiempos lejanos fue un gran centro comercial y plaza fuerte, lo que la hizo codiciada por diferentes monarcas y pueblos. Unos dos mil años antes de nuestra era, por ejemplo, el faraón Seseo la conquistó y, posteriormente, Tutmosis III —quien reinó entre 1479 y 1426 a.C.— la convirtió en su centro de operaciones, tal como más tarde lo hicieron filisteos, hititas y otros pueblos. Por otro lado, siempre ha tenido una importancia mundial desde el punto de vista religioso, característica que aún conserva: es sede de un trío de creencias religiosas.
En la actualidad, las tres principales religiones monoteístas del mundo mantienen una presencia relevante dentro de la urbe, en particular en la Ciudad Vieja, apoyada en numerosos edificios de culto, ceremonias religiosas y tradiciones, algunas de las cuales se remontan a varios siglos. Entre estos credos ha existido, y aún persiste, una convivencia que no es del todo calmada y que, incluso, a veces explota violentamente.
Cada una de las religiones tiene una relación especial con Jerusalén, puesto que cada una de ellas la considera, en mayor o menor grado, una ciudad santa cargada de simbolismo. Esta consideración por parte de tres creencias diferentes, sin duda que hace de Jerusalén una ciudad única en el mundo.
Existen sitios donde las tradiciones de unos y otros se sobreponen. al tiempo que se entregan diferentes versiones sobre los mismos acontecimientos. Esto trae como consecuencia el total dominio sobre las porciones territoriales, las que son administradas celosamente y en forma independiente por cada una de las tres creencias. En algunos casos el control está en manos de una de las religiones, como en la mezquita de La Roca, que está bajo dominio mahometano, aunque el lugar retiene tradiciones judeo cristianas.
Al recorrer la ciudad vieja, son innumerables los edificios o lugares que recuerdan episodios o situaciones importantes para los tres credos por igual. A la superposición histórica de acontecimientos se une la territorial, ya que para ir de un lugar a otro se debe atravesar barrios poblados por judíos, mahometanos o cristianos. Más aún, los edificios de culto pueden no estar en manos de los habitantes mayoritarios del sector. La vía dolorosa, por ejemplo, se encuentra tanto en el barrio mahometano como en el cristiano, por lo que la primera estación está en lo que hoy es una escuela musulmana – si está cerrada, no se puede transitar por la Vía – y finaliza en la Basílica del santo sepulcro, en pleno barrio cristiano.
Jerusalén ha sido históricamente un centro religioso fundamental, inicialmente para judíos, luego para cristianos y en tercer lugar para mahometanos. El control de la ciudad ha estado en manos de diferentes regímenes políticos que han sostenido una u otra creencia, imponiéndose, incluso, por las armas por sobre las otras y limitando el ejercicio de las contrarias. Al problema religioso se le une el político, tema que no cubre este artículo, pero que no se puede dejar de mencionar por la trascendencia que tiene.
En este contexto, los acontecimientos de los últimos meses no deberían extrañar a nadie, dado que no siempre los líderes civiles aceptan llegar a un compromiso satisfactorio para todos. Ello, debido a la complejidad del dilema y las profundas raíces históricas que lo avalan, sin contar con la falta de voluntad de muchas de las autoridades religiosas locales, que tampoco han sido muy conciliatorias. Es de esperar que el futuro traiga mejores promesas para los habitantes de Jerusalén, y que la ciudad pueda continuar ofreciendo un mensaje de esperanza, como lo fue durante siglos para muchos pueblos creyentes.
La tierra prometida
Los judíos llegaron a Palestina, la tierra que Yahvé había prometido a Abraham después de la huída de Egipto. Se estableció así la primera religión monoteísta en Jerusalén. Fueron 40 años de peregrinaje por la península del Sinaí en el que el judaísmo tomó forma bajo la ley mosaica y se introdujeron ritos y ceremonias. El peregrinaje terminó en Palestina, tierra que Yahvé había prometido a Abraham (Génesis, 12:1-8) cuando habitaba en Ur, Caldea.
Las fronteras iniciales del territorio fueron fijadas por decisión divina (Números 34:1-2) pero más tarde quedaron autorizados a expandirse (Deuteronomio, 19:8), con lo que los judíos conquistaron y ocuparon varias ciudades enemigas en la región. Se establecieron, así, las tribus en forma dispersa sin tener un gobierno central, aunque estaban unidas por su fe. Ante las necesidades de defensa y otras causas, optaron por ungir a Saúl como rey (1 Samuel, 10:1), sucedido, a su vez, por Davíd. Éste, después de vencer al gigante Goliat, llevó su cabeza en señal de triunfo a Jerusalén, lugar donde tenía su tienda (1 Samuel, 17:52-5), y se quedó en la ciudad hasta que Yahvé le ordenó que se dirigiera a Hebrón.
Allí, junto con ser ungido rey (2 Samuel 2:1-7), fue aclamado por delegaciones de las doce tribus de Israel y permaneció durante siete años y seis meses. Luego, se trasladó nuevamente a la Ciudad Santa (2 Samuel, 5:4-9), la que debió sitiar y conquistar para así consolidar su trono. Más tarde, con el traslado del Arca de la Alianza (“ Samuel 6:1-19) al mismo lugar, la urbe pasó a convertirse en la capital política, administrativa y religiosa del pueblo judío, con lo que su religión llegó a Jerusalén y encontró su sede permanente.
El rey Salomón, al ascender al trono de su padre, construyó un palacio real para su uso y el de los futuros reyes. Fue el primer templo, opulento y magnífico a la vez (1 Reyes 7:1-12) que se edifició luego de la salida del pueblo judío de Egipto (1 Reyes, 6:1), es decir, unos 480 años después. El palacio era grandioso, con gran despliegue arquitectónico y mucha riqueza en la decoración (1 Reyes 6:2-38) lo que reafirmó el papel de Jerusalén como capital del reino y su centro religioso más importante. Salomón dio a la ciudad fama y gloria, además de convertirla en una plaza con un rol internacional que atrajo a importantes visitas, como la reina de Saba.
La urbe creció, pero fue, al mismo tiempo, constantemente amenazada por invasiones enemigas, las que, finalmente triunfaron en la persona de Nabucodonosor, rey de Babilonia, luego de un asedio de dos años, éste logró conquistarla en el año 19 de su reino (2 Reyes, 25:1-8). El Monarca ordenó la demolición de las murallas, mandó a quemar el templo, el palacio real y las casas, además de tomar prisionero al rey judío Sedecías. Junto a él, cayeron también, la casta sacerdotal y prácticamente el pueblo entero (2 Reyes, 25:9-21), con lo que empezó para los judíos un largo cautiverio en tierras extrañas. Fue el rey Ciro el Grande (580-529 A.C.) conquistador a su vez de Babilonia, quién liberó y autorizó a los judíos a volver a su tierra y reedificar Jerusalén, especialmente la casa de Yahvé.
Con ese fin, el monarca devolvió los utensilios sagrados que habían sido transportados por su antecesor y depositados en los templos de los dioses locales. De ese modo terminó el cautiverio y se reemprendieron las obras de reconstrucción de una ciudad totalmente arrasada, con lo que el pueblo escogido se agrupó en su antigua capital. Ello, junto con la construcción del segundo templo por los retornados (515 A.C), lo aglutinó y le dio una nueva razón de ser como nación, además de un lugar donde practicar abiertamente su culto. En el libro de Ezequiel (40-43) se puede encontrar la descripción del nuevo templo, aunque no es el único en exaltar su belleza y grandiosidad. Desafortunadamente, el lugar no siempre fue destinado sólo a la religión judía, dado que, en ocasiones se intentó dedicarlo a dioses foráneos, como Zeus Olímpico, por los ptolomeos (2 Macabeos, 6:1-7), o fue profanado de otros modos.
En el siglo IV A.C, Alejandro conquistó Jerusalén, por lo que ésta se transformó en una polis griega. La ciudad permaneció bajo dominación extranjera, al ser sustituidos los macedonios por los asmoneos y, posteriormente, por los romanos, en la persona de Pompeyo, en el 63 A.C. Se convirtió, así, en una provincia del imperio. El rey Herodes, impuesto por el conquistador romano, renovó y embelleció la ciudad y el templo, pero los levantamientos de los judíos contra el poder extranjero llevaron a la urbe por un camino sin salida, ya que junto con ser destruida, su templo fue incendiado, en el año 70 de nuestra era, por el emperador Tito. Tras el fracaso de su última rebelión, el pueblo judío fue exiliado, en el año 135, en otra diáspora por los confines del imperio.
En la actualidad, lo único que queda del segundo templo es el muro occidental exterior que lo rodeaba, o Muro de las Lamentaciones, lugar donde los judíos se reúnen, desde aquella lejana época, para rezar y llorar por su pérdida. De allí su nombre.
El acceso al muro no siempre fue expedito, dado que bajo la dominación romana los judíos tuvieron que pagar un canon especial y, posteriormente, los musulmanes también pusieron impedimentos. En el siglo recién pasado, la partición del territorio palestino porlas Naciones Unidas (1947) no fue aceptada por el mundo árabe, a pesar de que dejó todo Jerusalén en el sector jordano, por lo que declara la guerra al naciente estado de Israel.
Al cese del fuego, los israelitas tenían en su poder la mitad occidental de la ciudad vieja, quedando el resto en manos de Jordania, área que incluía el Muro de las Lamentaciones. Como consecuencia de la guerra de los seis días (1967) se produjo la unificación de la ciudad y, a partir de ese momento, la religión judía vuelve a tener bajo su control los restos visibles del segundo templo, lugar al que acuden las multitudes para orar y celebrar algunas fiestas religiosas.
El llanto del mesías
El cristianismo fue la segunda de las religiones que hizo su aparición en Jerusalén. Jesucristo, su fundador, aunque nació en Belén, se relacionó con la ciudad desde su infancia. Sus padres, en conformidad con la ley judía, fueron al templo “para presentarlo al Señor” (Lucas, 2:22), donde fue reconocido por Simeón y la profetisa Ana como el Salvador, con lo que vieron cumplidas las esperanzas mesiánicas (Lucas, 2:25-39).
Anualmente, y hasta dos veces al año, Jesús acompañaba a sus padres al templo para celebrar distintas fiestas religiosas, retornando, cada vez, con ellos a su hogar en Nazaret; excepto cuando tenía doce años de edad, al permanecer en el lugar sagrado discutiendo con los doctores de la ley (Lucas, 2:40-47).
Al iniciar su vida pública, Jesucristo lo hace en la región del río Jordán, donde es bautizado por Juan para dirigirse, posteriormente, a los alrededores del Mar de Galilea o Lago Tiberíades. Allí, durante tres años, se dedicó a predicar, enseñar, efectuar curaciones y milagros; todo ello acompañado de sus apóstoles y seguido, a veces, por multitudes. En más de una ocasión, Jesucristo hizo referencias directas a Jerusalén, a la que veía sumergida en pecado, y a sus habitantes, muy culpables (Lucas, 13:4). Es a esta ciudad donde finalmente llega, ya que, según él mismo dijo, “No puede ser que un profeta perezca fuera de Jerusalén” (Lucas, 13:33). Además, Cristo lloró pensando en la futura destrucción de la ciudad (Lucas, 19:41), situación que el profeta Ezequiel (5-17) había igualmente predicho.
Con ello se estaban cumpliendo todas las profecías de la antigua alianza, y Jesucristo reconoció que la ciudad tenía, además, una importancia sin igual como el centro visible del judaísmo religioso, y como asiento político y administrativo romano en el país. La trascendencia de la urbe quedaba una vez más subrayada.
En la última semana de su vida terrenal, Jesucristo llegó al Monte de los Olivos y luego atravesó el Valle del Cederrón. Desde allí realizó su ingreso triunfal a Jerusalén por la Puerta Dorada, tapiada por los musulmanes desde hace unos mil años. Esta entrada a la Ciudad Santa es conmemorada por los cristianos cada Domingo de Ramos. Si en la actualidad se pudiera ingresar por esa misma puerta se llegaría al recinto donde se encuentra la Explanada de las Mezquitas, levantada, a su vez, sobre las ruinas del segundo templo judío.
Ya en Jerusalén, Jesucristo encaminó sus pasos al templo para visitarlo, donde expulsó a los vendedores y cambistas (Mateo, 21:12-13) y predijo su destrucción (Mateo 24:1-3). Al acercarse la Pascua, se reunió con sus discípulos el día jueves en el cenáculo, donde celebró la Última Cena (Marcos, 14:12-16). En un acto de humildad, lavó los pies a los apóstoles e instituyó dos sacramentos del cristianismo. La eucaristía, al transformar el pan y el vino en su cuerpo y sangre; y el orden sacerdotal, al pedirle a sus apóstoles que celebraran esta última cena hasta su retorno (Lucas, 22:17-20). Además, les dio a sus discípulos un nuevo precepto, el de amarse los unos a los otros como él lo hizo, y prometió volver por segunda vez, sin especificar ni el día ni la hora.
Luego de cenar con sus apóstoles, Jesús retornó al monte de los Olivos y en el huerto de Getsemaní se entristeció y angustió frente a los acontecimientos que le esperaban. Aunque, más que nada, por los pecados de los hombres que tomó como propios (Mateo, 26:36-46). Una vez apresado, fue conducido nuevamente a Jerusalén, juzgado, torturado y crucificado en el Gólgota, montículo que se ubicaba fuera de las murallas de la ciudad, donde murió. Fue enterrado a poca distancia y resucitó al tercer día, según lo habían afirmado (Lucas, 24:1-10) y anunciado los profetas. Sobre ambos sitios se edificó la Basílica del Santo sepulcro, cuya primera construcción fue iniciada por el emperador Constantino, en el año 326, y que hoy comprende una variedad de capillas y recintos religiosos destinados al culto y centro importante de peregrinación cristiana.
Es interesante reparar en el hecho de que la fiesta religiosa de Pascua, que conmemora la salida del pueblo judío de Egipto, sería más tarde una rememoración con sentido diferente por el cristianismo . Es así que dos episodios diferentes serían posteriormente recordados por dos religiones distintas en una misma fecha. Después de la ascensión de Jesucristo, los apóstoles y discípulos deciden seguir su consejo de no apartarse de Jerusalén, donde debían empezar a predicar en su nombre (Lucas, 24:47-48). Allí recibieron al espíritu santo en Pentecostés, una de las tres fiestas de la religión judía. Algunos de ellos enseñaron en el templo y realizaron milagros, lo que provocó las suspicacias de las autoridades y las molestias de parte del pueblo. Poco tiempo después, empezaron las primeras persecuciones contra la iglesia naciente, lo que obligó a muchos fieles a dispersarse fuera de la ciudad, con excepción de los apóstoles (Hechos, 8:1). A pesar de la disgregación, Jerusalén permaneció como la sede principal del cristianismo y lo fue hasta la destrucción de la ciudad y del templo por el emperador Tito.
Con la aceptación del cristianismo como religión oficial del imperio romano, empezó una nueva era para la Ciudad Santa. Ésta fue reconstruida por el emperador Constantino, embellecida con numerosos templos y basílicas, monasterios y hospicios cristianos para recibir a los numerosos peregrinos venidos de todas partes, tradición que dura hasta hoy. Unos trescientos años más tarde fue conquistada por el Califa Omar, con lo que hizo su aparición la tercera de las religiones de la urbe. Con ello, se prohibieron los cultos judíos y cristianos, excepto los efectuados de forma privada.
Durante la Edad Media, los europeos reconocieron el valor simbólico de Jerusalén, lo que quedó demostrado en Las Cruzadas, cuyo propósito fue recuperar los lugares santos. Solo la primera de ellas (1096-99) tuvo el éxito esperado, ya que se logró organizar el Reino de Jerusalén. Pero la ciudad fue recapturada por Saladino, en 1187 y los esfuerzos cristianos posteriores para su reconquista fueron infructuosos. Lo peor, en todo caso, fue que esto trajo como consecuencia acciones improcedentes contra los fieles cristianos y los pocos judíos que quedaban, los que, irreversiblemente, hicieron declinar a estos credos en su influencia y población.
El sueño de Mahoma
La historia del Islam empieza con Mahoma, nacido hacia el 570 D.C. en Arabia, a mucha distancia de Jerusalén, por lo que la última de las religiones monoteístas llega a esta ciudad luego de ser conquistada por los musulmanes varias décadas más tarde.
Desde joven, Mahoma se interesó en los aspectos religiosos de la vida, lo que lo condujo, finalmente, al rol histórico que le tocó desempeñar. Trabajó en el comercio internacional, especialmente aquel de las caravanas de camellos que traficaban en el desierto, trayendo mercaderías extranjeras y vendiendo manufacturas locales en ciudades de otros países. Eso le permitió llegar hasta siria y conocer la región, incluida, posiblemente, Jerusalén, parada obligada de todas las rutas comerciales. Es así que pudo entrar en contacto con costumbres diferentes y con las otras dos religiones ya mencionadas.
Al volver a su tierra desposó, a los 25 años, a una viuda rica algo mayor que él, quien había financiado algunos de los viajes comerciales emprendidos. Su personalidad y prestigio, la de un hombre ecuánime, lo hicieron intervenir en algunas disputas religiosa, pero fue a los 40 años cuando sintió el llamado de la predicación sobre la existencia de un Dios único, “El indulgente, el misericordioso“ (Coran, XLVI:7), que juzgará a las personas, las que podrán salvarse si siguen sus preceptos. Todo ello iba en abierta contraposición a las creencias politeístas de las tribus árabes, por lo que el pensamiento de Mahoma se acercaba más al judaísmo y al cristianismo, que sustentaba la misma base.
El Profeta entendió la diferencła que existía, por un lado, entre cristianos y judíos —arnbos presentes en la peninsula arábica— que se guiaban par un código moral único y que tenían la esperanza de una vida futura y, par otro Iado, la de sus compotriotas, que adoroban deidades individuales segùn la tribu a la que pertenecían, pero que carecían, como sociedod, de uno estructura filosófica y coherencia espirituol. A pesar de la multiplicidad, los dioses paganos se agrupaban en torno a La Caaba, ubicada en el centro de La Meca, demostrando una tolerancia y aceptación tácita de igualdad entre todos. Ello facilitó el ingreso de uno más, el predicado por Mahoma, el cual, al imponerse sobre los otros, eventualmente convirtió a la ciudad en el centro espiritual islámico más importante.
Una noche, mientras dormías, Mahoma tuyo una revelación de Alá que lo proclamó como su mensajero. El anuncio la recibió a través de un ángel, quien le presentó un escrito y lo conminó a «leer en el nombre de tu Señor, que ha creado todo, quien ha creado al hombre de sangre coagulada. Leer, en el nombre de tu Señor, quien es generoso. Es él quien ha enseñado la Escritura y le ha enseñado al hombre lo que no sabía…» (Corán, XCVI: 5). Durante los siguientes veinte años, Mahoma se dedicó a predicar la palabra divina revelada a él como «el envíado de Dios» (Corán, XLVIII:79). Y aunque en su carácter de ser el último de los profetas atrajo a sus primeros seguidores, enfrentó tal oposición a sus ideas que finalmente debió abandonar la meca para dirigirse a Medina, en el 622, donde murió diez años más tarde.
En la creencia islámica se piensa que, después de morir, El Profeta fue transportado en un vuelo nocturno a Jerusalén, donde mantuvo un diálogo con el arcángel Gabriel, de quien había recibido la primera revelación. En el Corán, Mahoma enseña que es este último quien también acompañaba constantemente a Jesucristo (Corán, 11:81), estableciendo, de esa forma, una relación directa entre ambas creencias. Pero, a su vez, el arcángel es enemigo de los judíos, porque es el instrumento que Alá utiliza para anunciarles todas las calamidades que les lloverán. Ellos, según el Corán (II:91-92), “tendrían a Dios por enemigo debido a que odia a los infieles”. En el Corán, Mahoma alude constantemente tanto a la religión judía como a la cristiana, comparándolas con la musulmana y estableciendo la preeminencia de esta última por sobre las otras dos. Los comentarios dejan entrever una cierta animosidad hacia las dos primeras, lo que es más evidente en el caso de la judía ya que es especialmente crítico con esta última y su pueblo.
En el lugar donde tuvo lugar el encuentro con el arcángel, se encuentra la mezquita llamada El Aqsa y, frente a ella, la de la Roca, donde el profeta fue llevado en un caballo alazán blanco al cielo. Bajo su cúpula dorada, que se distingue desde lejos, está la roca donde Abraham estaba preparado para sacrificar a su hijo Isaac, según se lo había pedido Yahvé. Es decir, se erige en un lugar santo para los judíos y venerado para los cristianos. Y pese a que los musulmanes también relacionan el episodio del caballo con Miró, pequeño pueblo cercano a La Meca, la mezquita de la Roca es igualmente un sitio bendecido por esa religión.
La expansión que sigue al fallecimiento de Mahoma es doctrinal y, a la vez, política, una característica del Islam expresada en su único libro, el Corán, redactado con posterioridad a la muerte del profeta para codificar sus palabras y escritos. Inicialmente, la península arábica fue unificada, pero la marea se extiende más allá de las fronteras y alcanza a Jerusalén, en el año 638. A partir de esa fecha, la ciudad ha estado prácticamente bajo el dominio de los mahometanos; salvo dos excepciones: la del reino cristiano de Jerusalén durante la edad media, y durante el actual período, gobernada por Israel.
El dominio islámico se mantuvo hasta el término de la Primera Guerra Mundial, cuando, después de la derrota del imperio otomano, éste fue desmembrado por la Sociedad de Naciones en varios reinos y dos mandatos. A los británicos se les encargó administrar lo que se llamaba Palestina, rol que mantuvieron hasta 1947, cuando las Naciones Unidas decidió la partición. En el proyecto, Jerusalén y Cisjordania se adjudicaron Jordania, pero al preferir los países árabes una solución por medio de las armas, resultaron a la postre perdedores. Al término del conflicto bélico debieron dejar la mitad de la ciudad – la porción occidental– en manos de los israelitas, conservando los jordanos el sector oriental, incluido el Muro de las Lamentaciones. Como ya se dijo, sólo después de la Guerra de los seis días se produjo la unificación de la urbe bajo el estado de Israel, y junto con la anexión se proclamó el status quo, es decir, cada grupo religioso conservó lo que poseía. De esta forma, se quiso mantener un equilibrio que a veces no es muy estable, pero que ha permitido que las tres religiones retengan y administren separadamente sus edificios de culto, escuelas ,albergues y otras instalaciones para sus fieles.