• Por Equipo Revista Universitaria

Especial

Volver al “nosotros”

Los debates presidenciales de fin de año dejaron a la vista que ha quedado atrás el país imaginado de las últimas décadas, el que se formó tras el retorno a la democracia. Apareció otro Chile, uno acosado por urgencias y demandas que agobian a la ciudadanía.

No se dejó espacio para considerar que, por debajo de esas crisis de corto plazo –institucionales, políticas, económicas–, circula una crisis cultural.

La cultura cultiva, pero –sin idearios definidos, en medio de un desconcierto acelerado por múltiples transformaciones sociales y tecnológicas– no sabemos bien qué estamos cultivando.

Sabemos que hemos perdido raíces y que sin ellas no se puede cultivar nada. Chile es hoy, culturalmente hablando, un experimento hidropónico: queremos ver si resulta producir algo separado de la tierra, des-arraigado. Entretanto, flotamos en el agua, llevados por una corriente que no sabemos dónde conduce.

Nos atrapó la gran ciudad, una que es enorme en América Latina. Sao Paulo, Ciudad de México, el Gran Buenos Aires, el Gran Santiago, ya son urbes que se extienden hacia el infinito, en escalas cada vez más difíciles de controlar. Hay un divorcio, por ende, de la ciudad y los territorios, y de la capital y las regiones, el que estamos pagando caro. El año pasado ya éramos la región más urbanizada del mundo en desarrollo, con 8 de cada 10 personas habitando en áreas urbanas. En varios casos, como Chile, Argentina y Uruguay, cerca de la mitad vive en la capital de su país.


Chile es hoy, culturalmente hablando, un experimento hidropónico; queremos ver si resulta producir algo separado de la tierra, des-arraigado. Entretanto, flotamos en el agua, llevados por una corriente que no sabemos dónde conduce.

Nos separamos de los pueblos originarios y sus cosmovisiones, las que son fuertes todavía en las provincias. Y también de España y el cristianismo, nuestras otras raíces. En el siglo XX, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Violeta Parra, se conectaron con ambos mundos, el indígena y el cristiano, en el entendido de que ahí estaba nuestra matriz cultural. Pero ahora necesitamos miradas nuevas para la América Latina del siglo XXI.

El año 2019 comenzó a perder profundidad el pacto Estado-sociedad, indispensable para organizar un país que aspira a ser nación. Varias tendencias disolventes se transformaron en realidades, como el control de barrios por parte del crimen organizado, la ausencia de debates en los partidos políticos –transformados en operadores de poderes–, y la desorientación de élites que no logran articular visiones de país.

¿De qué Chile hablamos? ¿Cuántos Chile hay? ¿Quiénes somos? Necesitamos, con diferentes ejercicios, recomponernos como sociedad. Preguntarnos qué tenemos en común, más allá de compartir la ocupación de una misma geografía.

Hemos recibido millones de inmigrantes: ¿Tenemos un proyecto colectivo al que queremos incorporarlos? ¿Hay algún horizonte cultural que podamos compartir? ¿Una idea de país? ¿Un proyecto de futuro?

Es preciso reconocer que este vacío es una realidad en Occidente, que el modelo cultural del Estado-nación, de fines del siglo XVIII, parece haber llegado a su fin. En esa época, artistas e intelectuales sumaron fuerzas para definir naciones –con sus símbolos, mitos y épicas–, que impulsaron el sufragio universal y el Estado de Bienestar, lo que después se llamaría civilización occidental moderna, algo que atrajo e interesó al resto del mundo. Hoy, ya no concita el mismo interés. Ni siquiera en los países que le dieron forma.

Se desconfía del Estado, y la nación es ahora un concepto vago y controvertido. Hasta el bienestar parece ahora una utopía de otros tiempos, pérdida que hoy genera más indignación que nostalgia.


¿De qué Chile hablamos? ¿Cuántos Chile hay? ¿Quiénes somos? Necesitamos, con diferentes ejercicios, recomponernos como sociedad. Preguntarnos qué tenemos en común, más allá de compartir la ocupación de una misma geografía.

 

Desarticulado el sistema internacional, cada país –como puede–, está buscando una salida para encontrar algún proyecto base que concite el apoyo y el consenso mínimo de las fuerzas colectivas, para que pueda volver a hablarse, como se ha repetido, de un “nosotros”. Esto es parte de un rasgo esencial de nuestra especie, el buscar un sentido de la vida personal, social y de la humanidad.

Nuestra propia universidad, también iniciando un tiempo nuevo –el rectorado 2025-2030–, se orienta hacia un nuevo diálogo que recoja “cien voces” en su interior, para así recibir los aportes de una diversidad de saberes, trayectorias y enfoques, multiplicidad de opiniones que se proyecte hacia fuera para que esa riqueza creativa “llegue a la sociedad, la cuestione, inspire y movilice” (Discurso de la inauguración del Año Académico 2025, del rector Juan Carlos de la Llera).

Entre las ciencias y las humanidades, entre la ciudad capital y las regiones, entre la academia y los saberes tradicionales, entre los grupos étnicos dentro de los países, y entre las naciones de América Latina, son múltiples los diálogos que será necesario construir para recuperar la noción colectiva del “nosotros” en este siglo.