• Por Nicolás Lazo Jerez
  • Periodista Revista Universitaria

Especial

La guerra en el siglo XXI: de conflicto local a amenaza planetaria

La humanidad ha protagonizado conflictos bélicos prácticamente desde que existe. Hoy, sin embargo, la imposición de las potencias hegemónicas por medio de la fuerza y el alto nivel de desarrollo de la tecnología militar plantean algo inquietante: la pregunta sobre cómo evitar la guerra parece, nunca tan literalmente, cuestión de vida o muerte.

Solo en el siglo XXI, ya se han desatado cientos de ellas en todo el planeta. Las hay “santas”, “civiles”, “contra el terrorismo”, “comerciales”, “de desgaste” y “preventivas”, entre otras incontables categorías. Así, al menos, las denominan tanto los analistas como sus promotores ocasionales, a menudo hombres y mujeres –casi siempre hombres– con un poder económico y político descomunal.

Ahora mismo, sin ir más lejos, se libran varias. Desde 2022, cuando Rusia invadió a su vecina Ucrania aduciendo un asedio inaceptable por parte de la OTAN, Europa del Este es el escenario de un conflicto que ya superó en duración a la Primera Guerra Mundial. En 2025, la Comisión Internacional Independiente de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado estableció que los “actos genocidas” del ejército israelí se ejecutan “con la intención de destruir, total o parcialmente, a los palestinos de la Franja de Gaza como grupo”. Bombas y misiles caen sobre el Líbano e Irán. Sudán, la República Democrática del Congo y la región del Sahel se desangran, asimismo, en enfrentamientos intestinos.

La guerra, desde que el mundo es mundo. La guerra, quién sabe hasta cuándo.

Las preguntas que suscita este panorama son, desde luego, apremiantes. ¿Por qué la guerra? ¿Para qué? ¿Hay alternativas? ¿Existe algo así como una naturaleza humana violenta?

“La fuerza es nuestra tragedia, porque lo que puede hacernos humanos es aquello que la limita”, sostiene Aïcha Messina. “Como dijo (la filósofa) Simone Weil, la fuerza aplasta tanto a los oprimidos como a los opresores: los propios opresores están sujetos a ella, en el sentido de que le obedecen. Sí, la fuerza forma y domina la realidad. Pero hay que buscar la manera de reinstituir los límites que nos harán humanos. Si no, todos nos precipitaremos hacia la catástrofe. Todos”

LA FUERZA DEL LENGUAJE, Y VICEVERSA

–La palabra violencia refiere a la idea de violar algo, de transgredir un límite, por lo que requiere, ante todo, que podamos establecer ese límite –plantea Aïcha Messina, directora del Instituto de Filosofía de la Universidad Diego Portales, en su oficina de la calle Ejército–. Es decir, la violencia requiere un marco jurídico. No habla de una naturaleza humana, sino de nuestra necesidad y de nuestra capacidad de poner límites. Por eso, también hay una dimensión histórica en nuestra capacidad de tomar conciencia respecto de la violencia.

A continuación, la académica lo resume así:

–Diría que, en el fondo, la naturaleza en sí no es violenta. Puede ser agresiva, porque en la naturaleza hay fuerza.

–El presidente francés reconoce al Estado Palestino y ese acto de habla parece inútil. Pero el primer ministro israelí da una orden militar, otro acto de habla, y la realidad sí cambia. ¿La fuerza es lo único verdadero?

–La fuerza es nuestra tragedia, porque se despliega sin límites. Por esto, lo que puede hacernos humanos es aquello que la limita. Como dijo (la filósofa) Simone Weil, la fuerza aplasta tanto a los oprimidos como a los opresores: los propios opresores están sujetos a ella, en el sentido de que le obedecen. Sí, la fuerza forma y domina la realidad. Pero hay que buscar la manera de reinstituir los límites que nos harán humanos. Si no, todos nos precipitaremos hacia la catástrofe. Todos.

–Usted ha advertido que en el diálogo, descrito como una alternativa a la violencia, suele imponerse el criterio de quien maneja más recursos lingüísticos.

–El lenguaje es, efectivamente, decisivo en las guerras. Es parte de las relaciones de fuerza. Ahora bien, existen varios tipos de lenguaje, algunos no para dialogar, sino para imponer sentido. El lenguaje actual de Trump, por ejemplo, es el de la transacción. Es un lenguaje silencioso y funcional. Todo el desastre, las muertes y las erradicaciones son, al final, lugares de inversión.

Sobre esto último, Aïcha Messina comenta que, de un tiempo a esta parte, ha reflexionado con frecuencia en lo que llama “una mutación en el concepto de la guerra”:

–Para los griegos, al menos en teoría, la guerra era inseparable de la virtud, tal vez de una idea de la valentía. En el combate, el combatiente tiene que seguir siendo honorable. Hoy se habla del derecho internacional y hasta del derecho en la guerra, pero no del honor. Además, vivimos en un mundo marcado por las finanzas. Uno puede ser un ciudadano indignado y, al mismo tiempo, tener inversiones que posibilitarán el sistema. Hay algo esquizofrénico en todo eso.

Para los griegos, al menos en teoría, la guerra era inseparable de la virtud, tal vez de una idea de la valentía. En el combate, el combatiente tiene que seguir siendo honorable. Hoy se habla del derecho internacional y hasta del derecho en la guerra, pero no del honor. Además, vivimos en un mundo marcado por las finanzas. Uno puede ser un ciudadano indignado y, al mismo tiempo, tener inversiones que posibilitarán el sistema. Hay algo esquizofrénico en todo eso

UN EXCELENTE NEGOCIO

Si hay alguien que ha examinado el asunto es Fernando Arancibia, doctor en Filosofía y profesor asistente del Instituto de Éticas Aplicadas UC, donde investiga y hace clases en torno al vínculo entre la economía, las empresas y la ética. Para él, existe un ejemplo que encarna de modo paradigmático tales tensiones: el complejo militar-industrial de Estados Unidos, una red que une al Congreso, las Fuerzas Armadas y las corporaciones privadas de defensa de ese país, entre ellas Boeing y Lockheed Martin.

–¿Hasta qué punto el valor que persiguen es un valor socialmente compartido? –se pregunta inclinado ante su escritorio, en el sexto piso del Edificio Carreras Interdisciplinarias, en el Campus San Joaquín UC–. La respuesta es que no generan un valor social. Más que en defender a la nación, esas industrias tienen interés en generar conflictos en otros lugares para la venta de armamento. El objetivo no es la defensa, sino la agresión. No son empresas morales en el sentido pleno. Son empresas inmorales. Son, de hecho, perversas.

En cuanto al papel que podría asumir la ciudadanía, Arancibia es cauto:

–Hay iniciativas como el boicot, pero no parecen ser tan eficaces. La responsabilidad fundamental radica en las estructuras de poder, más que en el ciudadano común y corriente, que puede hacer su parte, pero no es el mandatado principal para cambiar el estado de las cosas, ni siquiera desde el punto de vista del juego democrático.

El profesor sostiene que “la violencia nunca es moralmente permisible, sino en la medida en que tenga un objetivo” como “librarse de una injusticia frente a la cual no hay ninguna otra posibilidad”. Es lo que la teología católica denominó la “guerra justa”, una noción que el magisterio de la Iglesia “no rechaza”, explica Arancibia, si bien “su ámbito de legitimidad se ha restringido”.

–¿No asiste a la población el derecho a exigir cambios por vías no electorales?

–La ética de la insurgencia se estudia bajo categorías similares. Las condiciones de legitimidad de esos principios son difíciles de cumplir, porque la situación de las personas debe ser suficientemente mala como para que tenga sentido subvertir el estado de cosas. Normalmente, se define en términos de lesión de las libertades. En una tiranía, por ejemplo, se dan ciertas condiciones para legitimar una insurgencia.

“Más que en defender a la nación, esas industrias tienen interés en generar conflictos en otros lugares para la venta de armamento”, plantea el académico UC Fernando Arancibia sobre el complejo militar-industrial de Estados Unidos. “El objetivo no es la defensa, sino la agresión. No son empresas morales en el sentido pleno. Son empresas inmorales. Son, de hecho, perversas”

"NUNCA MÁS LA GUERRA"

Desde El arte de la guerra, del estratega chino Sun Tzu, hasta Magnifica humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV, pasando por un sinnúmero de tratados militares escritos por los caudillos de turno, los conflictos bélicos han motivado una cantidad ingente de libros y documentos a lo largo de la historia. Sin embargo, el reciente texto de Robert Prevost, cuyo tema clave es la inteligencia artificial, aporta una perspectiva importante: la sociedad, dice el Sumo Pontífice, puede y debe crear mecanismos que conserven su integridad. “La historia no se presenta solo como el catálogo de nuestras acciones violentas”, escribe León, “sino también como la prueba de que el ser humano sabe fundar instituciones capaces de proteger la vida común”.

–El Papa es crítico de lo que se conoce como la realpolitik: esta idea de que hay que aprender a vivir con la guerra, reconociendo que la paz es la excepción y la guerra, lo connatural al ser humano –afirma Diego Miranda, magíster en Teología y doctor en Filosofía, además de docente UC–. No cree que el ser humano y la guerra sean connaturales, sino que la guerra es una respuesta extrema, innecesaria en una serie de conflictos que pueden resolverse de otra manera.

–¿Es decir, evitable?

–Evitable.

–¿Y se hace cargo de aquellos momentos en que la Iglesia ha incurrido en procesos de evangelización violentos?

–El Papa León XIV repite lo que Juan Pablo II hizo hace unas décadas: reconoce que la Iglesia se equivocó y pide perdón por haber utilizado métodos violentos para la evangelización. La Iglesia es autocrítica de cuando utilizó la guerra para sus intereses.

El académico, sentado en un patio de la Casa Central a pocos minutos de irse a impartir una clase, se detiene en una idea que quiere subrayar: para el Papa, el diálogo multilateral es el camino para un “Nunca más la guerra”.

–Pide que nos volvamos a plantear las promesas que nos hicimos y volvamos a afirmarlas con fuerza.

Acto seguido, añade:

–La Iglesia siempre reconoció el derecho a la guerra justa como último recurso. Pero ahora el Papa usó un concepto nuevo: esa teoría está obsoleta. En condiciones de una guerra nuclear, ya no podemos medir los alcances de una respuesta bélica. La única afirmación legítima es “Nunca más la guerra”. Puede sonar cándido, dice, pero preferimos que se nos acuse de cándidos a justificar lo que, a estas alturas, es imposible justificar.

–¿Qué rol tienen las universidades en esta discusión? ¿Tienen alguno?

–El Papa dice que es el momento para que la ciencia vuelva a plantearse sus problemas antropológicos. Las universidades pueden ser centros donde, efectiva y luminosamente, se ofrezcan respuestas a las nuevas inquietudes. ¿Cuáles son los alcances integrales del problema de la guerra? La universidad, en virtud de su proyecto integral, es un lugar propicio para encontrar respuestas a esta pregunta urgente.

“El Papa es crítico de lo que se conoce como la realpolitik: esta idea de que hay que aprender a vivir con la guerra, reconociendo que la paz es la excepción y la guerra, lo connatural al ser humano”, dice el profesor UC Diego Miranda