Los riesgos de una creación sin alma
Hace algunos años, en una exposición titulada “Rapa Nui” me preguntaron cuánto tiempo había demorado en captar las siete imágenes que componían la muestra. “30 años”, respondí. “¿30 años en solo hacer siete fotografías?”, me dijeron. Pues bien, aclaré, las siete obras eran el resultado de construir una mirada tras décadas de recorrer, observar, emocionarse y vincularse con una geografía, una idea. No solo de viajar ocho veces a la propia isla y de empaparse de su esencia y significado, sino de construir una forma de aproximación y observación.
Como decía Ansel Adams: “No haces una fotografía solo con la cámara, sino con los libros que has leído, las películas que has visto, la música que has escuchado, la gente que has amado”.
Es esa, precisamente, la esencia de ser fotógrafo. La importancia del proceso, de guiarse por la experiencia, pero también de dejarse llevar por la intuición. Hasta lograr ese momento único: el instante decisivo, como acuñaba Henri Cartier-Bresson.
Con la llegada de la inteligencia artificial (IA) y la avalancha de imágenes que nos invade cada día, la fotografía se ha enfrenta-do a dos cuestionamientos: ¿seguirá siendo esta un elemento que garantice la veracidad de un hecho? ¿Perderá la fotografía su valor como obra de arte y el fotógrafo será reemplazado por un motor, creador de imágenes sintéticas?
Respondiendo al primero, la “fotografía como testimonio de la realidad” desde hace tiempo ha perdido fuerza; décadas atrás surgieron ciertos trucos y artifi-cios que la alteran, solo que con los avances tecnológicos esto se ha hecho mucho más fácil y, por cierto, más masivo. Desde la falsa imagen del monstruo del lago Ness, en 1934, hasta los tiempos actuales, hemos estado expuestos a muchas imágenes que tergiversan la realidad.
El esfuerzo, la perseverancia y la sensación de “acierto” que experimenta cada fotógrafo es tan fuerte, que no tiene sentido reemplazarla.
En cuanto al arte fotográfico y la creación de imágenes sintéticas versus fotografías reales, también el fenómeno ha cobrado relevancia. Recientemente fue noticia el caso de la fotografía titulada “The Electrician” tras ganar el concurso Sony World Photography Award. El premio fue rechazado por el propio au-tor, Boris Elgadsen, que reveló que la imagen había sido creada por la IA.
Algunos concursos fotográficos han tomado resguardos, y en sus bases se expresa claramente que no serán aceptadas imágenes creadas con IA. Y los sitios que publican fotografías que impactan por ser casi surrealistas suelen advertir que es una imagen real y no creada con IA. Ciertamente, y en eso quiero ser justo, la creación con IA es legítima siempre y cuando se transparente su proceso y no se intente mostrar como real algo que no es tal. Por otra parte, también hay que reconocer y celebrar que los avances tecnológicos resultan muy útiles para facilitar y acelerar procesos de edición, cla-sificación de archivos, etc. Pero jamás para sustituir la realidad en un instante, pues esta es irrepetible.
El esfuerzo, la perseverancia y la sensación de “acierto” que experimenta cada fotógrafo es tan fuerte, que no tiene sentido reemplazarla por una creación sin alma. En lo personal, nada podrá sustituir ese preciado segundo que de vez en cuando se me regala y que me hace vibrar profundamente y agradecer ser fotógrafo.