• Por Nicolás Lazo Jerez
  • Ana Callejas
  • Fotografías: Antonella Torti

Especial

Obras ancladas al territorio

Ismenia Duamante, Adriana Tureuna y Roberto Triviño son tres artesanos que con sus manos crean pertenencia e identidad. Su trabajo, que ha traspasado generaciones, recorre el país y el mundo, compartiendo la cultura de Chiloé como un patrimonio que se debe resguardar.

Ismenia Duamante: la cestería como tradición

Antes de las pantallas para lámparas colgantes y de los individuales para la mesa. Antes de los canastos para conservar la lana y para guardar las prendas en el ropero. Antes de las gallinas que decoran los muebles y de los canastos para cosechar las siembras. Antes de todo eso, lo primero es salir a buscar el material de trabajo. Puede ser manila, también conocida como ñocha, una planta de hojas largas y fibras resistentes. O puede ser junquillo, una especie abundante en las zonas húmedas del centro y sur de Chile.

Todo esto lo sabe bien Ismenia Duamante (47), una artesana oriunda de Queilen que lleva décadas dedicándose a la cestería. Este oficio, que aprendió viendo trabajar a su abuela cuando tenía apenas seis años, tiene para ella algo de expresión artística, en el sentido de que busca la armonía y, por qué no, la belleza. Pero, sobre todo, busca la utilidad práctica, la forma de servir en las actividades cotidianas de la isla grande de Chiloé.

De hecho, uno de los encargos más frecuentes que recibe son los cestos para cosechar papas, uno de los primeros objetos que elaboró de niña. “Como el material es ralo, no te queda la tierra en el canasto”, explica. Aunque el proceso, agrega, puede resultar mucho más rápido de contar que de llevar a cabo.

Las etapas de cocer y luego secar las fibras suelen tomar, por sí solas, varias horas o días, dependiendo del clima. Previamente, al momento de recoger el junquillo, la tarea puede ser igualmente laboriosa. Junto a su madre, quien a menudo la ayuda en el oficio, enfrentan dos dificultades a diario: la presencia de animales que se alimentan del junquillo y la paulatina –pero constante– alza de las temperaturas, que afecta directamente el área donde crece la planta.

Y está, por supuesto, el desafío de dar con las fibras adecuadas:

—Hay que buscar el material específico que uno necesita. Si tienes un junquillo un poquito más grueso, luego se te va hinchando. Debe ser del delgado exacto.

Si bien no tuvo hijos, Ismenia cuenta que sí ha podido transmitir su experiencia a otras mujeres de la isla, algo que la enorgullece. Cree que la cestería tiene para un largo rato en las casas y en los campos de Chiloé. Eso, al menos, mientras siga habiendo materiales para fabricarla.

Previsoras, la artesana y su madre decidieron plantar manila ellas mismas para “cuando vengan los años malos” del junquillo. Para este último, sin embargo, no tienen un espacio propio, dado que necesitan los metros cuadrados para criar gallinas y cultivar la huerta. Por eso, siguen dispuestas a salir a buscar por Queilen la materia prima de su oficio.

—Hasta que mis manos me lo permitan –afirma Ismenia Duamante–. Todo depende de la famosa salud.


Si bien no tuvo hijos, Ismenia cuenta que sí ha podido transmitir su experiencia a otras mujeres de la isla, algo que la enorgullece. Cree que la cestería tiene para un largo rato en las casas y en los campos de Chiloé.

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La trama de Adriana Tureuna

Mientras sus amigas de infancia salían a jugar por los campos de Quemchi, Adriana Tureuna (66) permanecía hipnotizada viendo trabajar a una vecina tejedora. Admiraba la aparente facilidad con que las manos de aquella mujer daban forma, sin patrón alguno, a la imagen de una flor o de un animal. Además de esta vecina, su mamá, su abuela y muchas “abuelitas” de los alrededores cultivaban el mismo oficio, anclado profundamente a la isla de Chiloé. Pasado un tiempo, al inicio de la adolescencia, Adriana casi no se daría cuenta cuándo ni cómo se dejó ovillar por esa actividad comunitaria.

Con el tiempo, además, la intuición se convirtió en técnica. Adriana Tureuna ha recorrido el camino completo que se necesita para obtener una alfombra, un chal, un chaleco o una manta, desde la esquila de la lana hasta el hilado y la confección misma, pasando por el lavado, el secado y el teñido natural de la materia prima. Y si tiene que salir a buscar un madero para armar un telar, también lo hace.

—No he trabajado en nada más. De repente, cuando el tejido se ponía un poquito malo, hacía otras cosas, como vender comida. Pero, la verdad, toda mi vida ha estado dedicada a esto.

Quienes la conocen saben que en Adriana encuentran a una tejedora excepcional. Ya a los 18 años, en vista de su dominio del oficio, CEMA Chile la instó a formarse como monitora en Inacap. A partir de ese momento, la quemchina ha capacitado a incontables personas, en su mayoría mujeres, en los detalles de esta labor. Primero, dentro de la isla; más tarde, en otras zonas del país.

Durante los últimos años, han aparecido los premios. En 2023, fue invitada al Palacio de La Moneda para participar en una ceremonia de reconocimiento a los patrimonios inmateriales de Chile. Acudió en representación de las tejedoras de quelgo, un telar horizontal de madera propio de la tradición chilota.

En julio de 2025, en tanto, el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio le entregó el Premio Maestra Artesana Tradicional a fin de destacar su aporte al oficio textil y, según un comunicado de la cartera, por representar “la esencia de la transmisión intergeneracional de saberes”. Este premio la tuvo hace pocas semanas en Ciudad de México, adonde viajó para ser parte de un encuentro textil.

Como lo suyo es urdir una red amplia en torno al tejido, también ha colaborado con la historiadora Carla Loayza en sus investigaciones sobre el arraigo cultural y territorial de este oficio, un esfuerzo que combina con una presencia activa en ferias y talleres.

A estas alturas, dice Adriana, es posible que algunas personas ya reconozcan su sello y hasta lo consideren una garantía de buena calidad.   

—A mucha gente le preguntan: “¿Con quién aprendió usted? ¿Con la señora Adriana?”. Con eso, yo creo que ya está sembrada la semilla.


Mientras sus amigas de infancia salían a jugar por los campos de Quemchi, Adriana Tureuna (66) permanecía hipnotizada viendo trabajar a una vecina tejedora. Admiraba la aparente facilidad con que las manos de aquella mujer daban forma, sin patrón alguno, a la imagen de una flor.

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Roberto Triviño: barcos que navegan en el talento

Hay vocaciones que son un misterio y otros caminos que resultan más obvios. Roberto Triviño Alvarado, pese a no crecer con artesanos cerca, tiene claro el momento en que su vida tomó aquel destino: cuando tenía ocho años, desde una bahía de la isla de Caucahue, con su padre pescador a su lado, tras varias temporadas viendo ir y venir botes desde este rincón chilote, observó cómo una persona reparaba una de estas embarcaciones de madera junto a su casa. Así, decidió entretenerse, intentando imitar esos movimientos, pero en versión miniatura.

Primero partió con una pieza de madera, luego con otra, y así fue perfeccionando la exactitud de esta técnica de tallado, siempre a mano. La meta era una sola: lograr que algún día, entre tanta práctica y ensayo, el primero de esos pequeños botes, de no más de cinco centímetros de largo, pudiera flotar y navegar a vela al igual que aquellas embarcaciones que él veía en Caucahue. Conquistó esa victoria a los 13 años. A esa edad, un pescador vio que esta chalupa a escala se mecía por el mar y se acercó al joven Roberto para ofrecerle su primera paga como artesano.

“Ahí me entusiasmé con esto. Dije: ‘¡Ah, mira! Lo que hago tiene sentido. Aquí hay un camino a seguir’. Con los años me fui desafiando más y pasé a embarcaciones de 50 centímetros, que es el tamaño que la gente más busca. Una vez hice una de dos metros de alto, la más grande que he realizado. Siempre sin tecnología, porque para mí la verdadera artesanía se hace a mano. En nuestra isla recién llegó la luz hace unos 15 años, pero no me gustan las herramientas eléctricas”, cuenta Triviño.

Desde su taller, donde pone música chilota y rancheras mexicanas mientras talla durante 25 días para construir una embarcación, aplica el método que fue perfeccionando. Dimensiona la madera para el entablo, de ahí usa serrucho, hachas, va cepillando. Todo siempre manual. “Porque si no, no sería artesanía, yo siempre digo que sería una fábrica. En vez de hacer una lancha en casi un mes, haría con herramientas modernas unas cuatro o cinco. Pero lo que yo rescato es esa técnica tradicional”, cuenta Triviño.

Con sesenta años de trayectoria, aquellas reproducciones a escala de embarcaciones chilotas, como la lancha, el lanchón, el chalupón y la goleta Ancud, lo han llevado a salir de Chiloé para exponer en diversas ferias y muestras, entre ellas la Feria Internacional de Artesanía UC, donde en 1994 recibió el premio Lorenzo Berg al mejor artesano nacional.

“Tengo mi casa al lado del mar, con mi esposa, y juntos también trabajamos el campo. Nunca quise vivir fuera de Chiloé porque siento que aquí, pese a que ahora llegan más turistas que en mi infancia y tenemos caminos que nos conectan más a otras ciudades, y hasta un aeropuerto incluso en Castro, este sigue siendo el sitio en el que me siento más en paz”, asegura.


“Con los años me fui desafiando más y pasé a embarcaciones de 50 centímetros, que es el tamaño que la gente más busca… Siempre sin tecnología, porque para mí la verdadera artesanía se hace a mano”.

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