Pablo Maurette da un sorbo al café, deja la taza sobre el platillo y, mientras esboza una media sonrisa, admite: —Es la primera vez que vengo a Santiago. Arranca una mañana de mediados de agosto. Alrededor, se oye el zumbido de las conversaciones que cruzan el primer piso del Hotel Sheraton. La tarde de ayer, Maurette participó, en el Campus Lo Contador UC, en una nueva edición del ciclo “La ciudad y las palabras”, organizado por el Doctorado en Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos. Ahí, el escritor pronunció la conferencia “Buenos Aires, ciudad eterna”, sobre el papel fundamental del espacio urbano en la producción de historias. Tras la confesión inicial, agrega que, durante estos días en la capital chilena, la presencia imponente de la cordillera de Los Andes no deja de impresionarlo. —Vengo de Buenos Aires, una ciudad chata, donde no hay horizonte, sino solo el cielo. —¿Y cómo se vive en una ciudad sin horizonte? —Si bien es una ciudad ordenada, resulta totalmente posible perderse. Es imprescindible aprenderse los nombres de las calles. Muchas cambian de nombre cuando cruzan la Avenida Rivadavia. Por ahí, es un conocimiento más verbal. No hay ningún punto de referencia ineludible, geográfico, que pueda orientar. Algo de esa desorientación trasandina se deja caer en El contrabando ejemplar (Anagrama, 2025), su novela más reciente, donde un aspirante a escritor –Pablito– decide apropiarse del manuscrito inconcluso que su mentor –Eduardo– dejó al morir. El texto aborda el comercio furtivo que marcó el siglo XVII argentino, tan bien gestionado que, precisamente, recibió el nombre de “contrabando ejemplar”. La pregunta que sobrevuela la trama es cuándo, si acaso algo así puede fecharse, las cosas en Argentina empezaron a torcerse. —Hubo un momento en que era un país muy rico, pero, al mismo tiempo, era un país muy desigual. Había gente en el campo en una situación de miseria. No había voto femenino. No me parece un escenario ideal para añorar. Igual, la gente tiene esa tendencia a creer que todo tiempo pasado fue mejor. En realidad, todo tiempo pasado sí fue mejor, porque uno era más joven, estaba más sano y tenía más energía vital. Se entiende el impulso nostálgico. Él mismo podría experimentar nostalgia por un Buenos Aires donde no vive desde hace 22 años. Pero va al menos una vez al año, lo que lo mantiene al tanto. —Nunca me alejo demasiado. Aunque, cada vez que vuelvo, noto diferencias. Lo que más me gusta es aprender nuevas formas de decir, cómo va cambiando el habla. —Parece haber una disonancia entre el capital económico, siempre inestable, y el capital cultural. —Puede ser. Argentina siempre se las tiene que rebuscar, y eso, por ahí, te vuelve más ingenioso. Por otra parte, Buenos Aires es un puerto, y la moral de la persona del puerto es más flexible, porque tiene que comerciar con todos: no puede darse el lujo de no hacerlo por cuestiones ideológicas. (…) Lo que sí sé es que, cada vez que voy a Buenos Aires, me impresiona el entusiasmo por la lectura. Van escritores de afuera y la gente hace colas de tres cuadras. En ese sentido, la ciudad está muy viva.