Surcar los mares de la fe
En el siglo XVIII, la comunidad de jesuitas creció y consolidó las Misiones Circulares en Chiloé al punto de que llegó a tener 74 templos de madera, los que tuvieron mejoras arquitectónicas importantes. Las expediciones a través del mar duraban hasta ocho meses, en que se levantaban capillas en lugares cercanos a las playas, donde fijaban un centro de reunión, el cual se repetiría año tras año.
El patrimonio de Chiloé está intrínsecamente asociado a las iglesias de madera que se conservan diseminadas en los diversos rincones del archipiélago. De aquellos templos, 16 han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y muchos otros esperan algún día recibir dicho reconocimiento. Admirables por su particular arquitectura, su materialidad y emplazamiento son vivos testigos de una dimensión chilota que pervive de generación en generación: la vida de fe.
La mayoría de las edificaciones son del siglo XIX e incluso de principios de la centuria siguiente. Sin embargo, una de ellas, Santa María de Achao, tiene una antigüedad que llama la atención, porque se remonta a mediados del siglo XVIII, momento en el que esta iglesia fue construida por los jesuitas como parte de la Misión Circular establecida en el archipiélago, en 1609.
De hecho, en el sagrario de dicha iglesia, y prueba ineludible de su origen, se observa a San Ignacio de Loyola y a San Francisco Javier, fundador de la orden y el santo patrono de las misiones, respectivamente, testigos silenciosos de un legado que ha sobrevivido hasta nuestros días.
¿DE QUÉ SE TRATABA ESTA MISIÓN CIRCULAR?
Esta orden religiosa, conocida en América por sus célebres misiones que desarrolló en territorios fronterizos de los dominios españoles en los siglos XVII y XVIII (Baja California, Orinoco, Maynas, Mojos, Chiquitanía y Paraguay) también asumió acciones evangelizadoras en el sur de Chile: Arauco, Valdivia y Chiloé.
En este archipiélago austral es donde los misioneros establecieron una estrategia pastoral que difería de la metodología tradicional utilizada en las otras regiones. De hecho, ya en el siglo XVII era de consenso que agrupar a los pueblos originarios en pueblos, a modo de reducciones, era la forma de hacer una misión con mejores resultados pastorales. Sin embargo, no en todas partes era posible replicar la fórmula, y en el caso de Chiloé, esta idea era imposible.
Con una treintena de islas habitadas por una población indígena que alrededor del año 1608 tenía más de 12.000 personas, la dispersión de los indígenas era total. Esto no era un capricho, sino que era una forma de subsistencia, en la que primaba una cultura de bordemar que vivía de los recursos marinos y del cultivo, en menor escala.
Además, había un problema estructural que agravaba el escenario para una posible reducción: el régimen de encomienda estaba vigente en Chiloé y, por tanto, era imposible trasladar a los huilliches fuera de los territorios donde debían ejercer el llamado servicio personal a los españoles residentes. Este sistema, que los jesuitas condenaron públicamente, en 1608, en la Congregación Provincial en Santiago, se transformaba de entrada en un fuerte escollo y punto de fricción entre los misioneros y los encomenderos.
Para buscar una solución inteligente, los religiosos idearon un método que, en parte, seguía una fórmula tradicional, como eran las misiones volantes. En estas, los misioneros itinerantes visitaban lugares con una periodicidad determinada, realizando actividades pastorales sacramentales en los días en que permanecían en esas localidades.
En el caso de Chiloé, la diferencia sustancial era que se realizaba por mar, en un periplo de seis meses que, más tarde, se extendió a ocho. Se levantaban capillas en lugares cercanos a las playas, y fijaban un centro de reunión que se repetiría cada año.
El primer periplo lo realizaron los padres Melchor Venegas, un jesuita criollo oriundo de Santiago y que hablaba la lengua mapudungun, y Juan Bautista Ferrufino, originario de Milán, quien años más tarde llegó a ser la máxima autoridad de la famosa Provincia Jesuítica de Paraguay.
Ambos jesuitas no habrían podido realizar la primera travesía si no hubiesen tenido la colaboración de las comunidades huilliches, partiendo por sus caciques, quienes estuvieron dispuestos a recibir a los misioneros. De igual forma, para el transporte se tuvo que disponer de dalcas, las pequeñas pero magníficas embarcaciones indígenas construidas a base de tres tablas cosidas y calafateadas, versátiles para la navegación en las complejas aguas del Pacífico Sur, sorteando vientos y corrientes.
Ángel guardián.
En los lugares donde se levantaron las capillas, los padres eligieron a un indígena para designarlo fiscal, con el objetivo de organizar el catecismo de niños, practicar las oraciones con los adultos, atender a los enfermos y, en caso de urgencia, ir en busca de un sacerdote. En la foto, Juanita Ortiz, encargada de la Iglesia de Tenaún.
Desde la primavera de aquel año hasta diciembre de 1767 la misión creció y, según los jesuitas, se convirtió en la actividad pastoral más importante y exitosa de todas las que emprendieron en Chile, incluso sumándose a las más reconocidas en el continente.
EL ALMA DE LAS MISIONES: LOS FISCALES
Además, para el extenso recorrido se necesitaban remeros o bogadores, así como un piloto que pudiera reconocer el archipiélago con toda su complejidad geográfica y ubicar los mejores puntos donde se establecerían las primeras 24 capillas. Por lo anterior, es claro que el éxito de esta primera misión realizada, entre la primavera de 1609 y el comienzo del otoño de 1610, se debió fundamentalmente al apoyo de los propios huilliches, que hicieron posible la concreción de un proyecto pastoral que tendría repercusiones.
En cada uno de los lugares donde se levantaron las capillas, los padres eligieron a un indígena para designarlo fiscal, con el objetivo de que se hiciera cargo del catecismo de niños, practicar las oraciones con los adultos, atender a los enfermos y, en caso de urgencia, ir en busca de un sacerdote. De igual forma, se encargaría de cuidar y mejorar las referidas capillas, las que, pese a su construcción precaria, deberían mantenerse en pie hasta la próxima visita sacerdotal.
A este periplo se le llamó Misión Circular y, tras una segunda y tercera versión, que incluyó el archipiélago de los Chonos, la Compañía de Jesús decidió establecer, en 1617, la Residencia de Castro y, al mismo tiempo, formalizar dicha misión con la estrategia pastoral de visitar las capillas, las que para esa fecha ya sumaban 36.
Así, desde la primavera de aquel año hasta diciembre de 1767, la misión creció y, según los jesuitas, se convirtió en la actividad pastoral más importante y exitosa de todas las que emprendieron en Chile, incluso sumándose a las más reconocidas en el continente. De hecho, en 1662 la Residencia de Castro pasó a ser Colegio aumentando el contingente de misioneros y ampliando la mirada a regiones cercanas al archipiélago donde existía el potencial de nuevas misiones. Así, por ejemplo, se mantuvieron misiones esporádicas a los chonos, y en 1670, el misionero Nicolás Mascardi, por entonces rector del Colegio, inició la misión en Nahuel Huapi, en la Patagonia oriental.
En el siglo XVIII, la comunidad de jesuitas creció y consolidó la actividad misional en Chiloé al punto de que llegó a tener 74 templos de madera, los que tuvieron mejoras arquitectónicas importantes, siendo testimonio de ello la referida iglesia de Santa María de Achao.
En agosto de 1767, se produjo en Chile el extrañamiento de los jesuitas, noticia que recién llegó a Chiloé en diciembre. En dicho mes, en Curaco de Vélez se entregó el último sacramento, finalizando un largo capítulo de trabajo pastoral que dejó un profundo legado en la historia de Chiloé.
Festividades populares.
Cada iglesia tiene su fiesta patronal, pero las comunidades celebran además a otros cristos y santos importantes. Son momentos de encuentro y celebración comunitaria en las que se manifiestan las principales tradiciones del archipiélago. En la foto, pasacalles frente a la iglesia de Caguach.