Una humanidad congelada en el tiempo
No es propósito del libro Raín. Crónica del último canoero contar cómo el mundo contemporáneo va carcomiendo toda forma de vida distinta a la que es útil al sistema. Sin embargo, está claro que esta crónica adhiere a ciertos principios que estarían vivos aún en este inhóspito territorio (Chiloé). Después del sobrecogedor viaje abandonando el fiordo de Huandad, el relato refleja la seguridad de que se está dejando atrás una posibilidad de vida cierta, más real.
Acabo de terminar de leer por segunda vez el libro de Gustavo Boldrini Raín. Crónica del último canoero (Ediciones Kultrun, 2006), mientras el lugar en el que estoy escribiendo se tambalea por los martillazos de los maestros que arreglan la pared. Pienso en lo feble de esta estructura, en su movimiento errado, en la base endeble que la sostiene y no puedo dejar de sentir que hay una correlación entre esta situación personal y lo que me provoca la lectura. Por lo pronto, la inquietud respecto de un pequeño mundo que parece sólido, seguro.
Desde el mismo título, Boldrini trata con el lector la razón de la escritura siguiendo a un personaje con nombre propio: José Raín, y la forma que tomará su palabreo narrativo: la crónica. Empiezo por refrendar el acuerdo en la edición del El Kultrun y abro una tapa que muestra un dibujo del retablo de Pedrito Nahuelquín: dos ramitas delgadas con tres piedras pequeñas negras, una hoja y una amarra azul. Esta sencillez parece anunciar que se hablará de materiales simples para escarbar complejos mensajes cifrados.
José Raín, un "viviente"
Así como la portada es una representación plástica de un breve mundo, el cronista fija como protagónico el mapa de un territorio perdido, lejano o “a trasmano”, como se dice en el lenguaje coloquial de la isla. Además, sitúa el relato general en un ambiente propio de su personaje Raín, pero también de otros a los que llamará “vivientes”, tal como los habitantes del archipiélago de Chiloé los nombran. “Se trata de una selva impenetrable, barrosa, falta de caminos, lluvia y viento incesantes, escasez y monotonía de alimentos”.
Para vivir allí se debe saber navegar en bote, conocer las mareas, soportar la incomunicación, estar siempre dispuesto a la resignación. “El ‘viviente’ sabe vivir allí. Es un hombre de orilla, su relación es más fuerte con el mar que con el bosque”.
La voz del cronista está situada en el Fiordo de Huandad, en la isla San Pedro, un espacio de miles de kilómetros cuadrados de selva y agua que pertenecen al archipiélago de Chiloé. Boldrini va hilando la historia de Raín por medio de las conversaciones con otros habitantes de esos lugares, que son pocos, porque un “viviente” es especialmente un ser humano solo.
¿Por qué elegir a José Raín para dar cuenta de una forma de vida en extinción? Se lo describe como un hombre reservado, pobre, sucio, enfermo, que provoca miedo en los demás. Un hombre independiente, con su propia forma de entender el mundo, de modo que se salta las normas que se han establecido para vivir en comunidad. Los datos de su biografía son vagos y, a ratos, brutales. Un ejemplo es su historia con Fidelia Lleucún, quien había estado con Raín algunas veces como gesto de agradecimiento de su marido, pero luego, al morir este llega con sus dos hijos a convivir con Raín. Finalmente, todos dicen que él ahogó a Fidelia y a sus hijos.
No es la única muerte violenta que arrastra por los canales, también un abogado en Quellón y la de Isolda Nancuante, una joven entregada por sus padres cuando perdieron todo, como pago por lo que debían a Raín.
El “Hombre grande”, extraño cronista que a ratos habla en tercera persona de sí mismo, sigue a Raín como a una especie de alter ego o reflejo salvaje de sí mismo; lo sigue por la vida elemental que lleva un viviente sin posesiones, con la libertad de deshacer la ruka, su alojamiento temporal, tapar el capulli donde cocinaba y salir hacia otros lugares. Hace unos días hablábamos con Adriana Valdés acerca de la presencia como un valor, en este tiempo de virtualidad, de posibilidades múltiples, de una cierta ubicuidad; un “viviente” es todo lo contrario: es un ser humano que se instala en un lugar en tiempo presente, en el aquí y el ahora, sin esperar noticias lejanas, sin lazos con otros, sin nostalgias.
Ambos habitan los lugares según los códigos del bosque y del mar. El “Hombre grande” se interna en este espacio, le intriga Raín y le atrae poderosamente la posibilidad de retorno a un mundo primigenio, original, donde se disuelven las normas del continente. Sabemos, aunque lo relata como si de otro se tratara, que el cronista se queda cada año unas semanas en el inhóspito territorio que intenta entender, leer sus señales, reconocer las huellas de quienes han pasado por allí: “Encontrar un conchal es una emoción indescriptible que propone una extraña complicidad, como hecha de la misma materia dulce y horrorosa, de ese gesto corporal”. Una larga contemplación de las ruinas que parece perseguir con el afán de conocer el destino de un hombre o su suelo; busca en esos restos respuestas sobre lo que se extinguió o lo que vendrá. Así, presenta a Raín como el último canoero porque es un hombre caduco, de otro tiempo, sin futuro y que pertenece a un mundo también en retirada.
Aunque está solo esbozado, el pequeño cosmos que habita Raín tiene rasgos que mueven el respeto y la admiración del cronista, porque examina la respuesta de un hombre frente a la enormidad de la naturaleza. Se reconoce una cultura propia que se manifiesta en el modo de hablar, las soluciones domésticas, los utensilios, las formas de reparar una red. Las complejas relaciones con los demás todavía son huellas de cuando aún la vida cotidiana y la respuesta cultural al medio eran creativas, particulares. Muchos de los saberes han terminado, ya no se respetan, pero aún reverberan. “En la ausencia que las cosas dejan hay una forma de presencia”.
Los nombres de algunos habitantes de este mundo son mencionados genéricamente: “Hombre de los palos”, “Hombre de los pájaros”, el mismo cronista recoge la denominación que le dan los lugareños y se nombra como el “Hombre grande” y su compañera como la “Mujer chica”; es decir, de algún modo representan la singularidad, pero cada uno valorado en tanto su relación con el entorno. La naturaleza es su verdadera identidad, como si fueran los primeros hombres en los trabajos más primitivos.
Se trata de un mundo cincelado por los rigores del clima, por lo desolado: “Las casas y las penas ya estaban dibujadas en la geografía”. Los que se quedan tienen razones verdaderas para vivir: náufragos en sentido literal o figurado. Aunque es tan poco poblado en estas latitudes –o tal vez por eso mismo– todavía importan más las personas que el progreso; por esto es más dramática la pérdida de su forma de vida. “Si les quitan la tierra, ya no van a escuchar más a los pajaritos, a los arbolitos sagrados”.
No es propósito del libro contar cómo el mundo contemporáneo va carcomiendo toda forma de vida distinta a la que es útil al sistema. Sin embargo, está claro que la crónica adhiere a ciertos principios que estarían vivos, aún en este inhóspito territorio. Toda historia es inútil, piensa el cronista. Después del sobrecogedor viaje abandonando el fiordo de Huandad, tiene la seguridad de que se está dejando atrás una posibilidad de vida cierta, más real. El tiempo en esos parajes es otro, pareciera que se está en el primer día, que aún el caos es tan inconcluso.
Lo natural no cambia, permanece o recupera el verdor eterno de esa selva. Por eso, no cuesta adivinar a Raín sentado diez mil años después comiendo cholgas, solo cambiaría la vestimenta. “Sobre todo quedaría el día y la noche, el agua, los amaneceres, la penumbra, un quejido, el borboteo, la bestia, la flor, todo aquello que hace la materia y el material”.
Boldrini presenta a Raín como el último canoero porque es un hombre caduco, de otro tiempo, sin futuro, y que pertenece a un mundo también en retirada.
En torno al fogón
Si la crónica es un género híbrido, donde el escritor tiene como principio un pacto con el lector para contar los hechos sin cambiar una realidad que ha reporteado, observado, vivido, esta propuesta narrativa de Gustavo Boldrini se adentra en una cierta realidad, tan intrincada como los tepúes que se entretejen enmarañados en el bosque chilote.
Más que la voz propia, el cronista opta por recoger relatos y, con ellos, recuperar inciertos pasajes de la vida de su protagonista y de otros “vivientes”. Pretende coger o captar la voz comunitaria que completa lo realmente sucedido, las roturas en el tejido de las vidas, los silencios, las sílabas hilachentas, como el género que ha sido muy usado o al que el tiempo ha consumido en algunas partes: esta voz narrativa es zurcidora. Se llenan los espacios vacíos con palabras, historias, el vocerío de los habitantes que, a su vez, viene reforzado por los relatos siempre vivos de otros.
El escritor Juan Villoro dice que el cronista trabaja con préstamos; por más que se sumerja en el entorno, practica un artificio: transmite una verdad ajena. Boldrini no desdice esta sentencia. Más bien refuerza la humildad de su condición de espectador, aún cuando se sumerge en la vida propia de Huandad como su desdoblado “Hombre grande”: “Nunca hemos hablado con Raín”, dice el cronista, todo el retrato tiene que ver con habladurías, con lo que dicen otros, esa red de frases que se abren y cierran en torno a alguien.
¿Qué espacio puede tener la palabra llegada desde afuera para narrar el horror que solo se conoce desde dentro? Representar el caos con el verbo es un camino que usa el “Hombre grande” (menciona que él y la “Mujer chica” escriben y leen en su refugio), pero también el instalarse a seguir la suerte de los “vivientes” compartiendo las vicisitudes de esa vida sacrificada.
Un intento de orden en el caos son estos capítulos dedicados a gente que vivió y conoció. La crónica general es un fogón impreso para revivir el diálogo, seguir conversando y abrir a nuevos hablantes esta representación física del imaginario fuego donde se originó el relato, y del otro fuego que reúne a los habitantes de estos lugares, tanto en tierra como en el mar.
El desafío del cronista es hacer verosímiles los hablamientos a través de un simulacro, recuperarlos como si volvieran a suceder con detallada intensidad; entregar su parte de la experiencia es la función misma del testigo. Escribió de esas cosas que ya no existen o que nadie conoce. “Un poema nacido desde un verdadero acto y no desde la impostura de un discurso”. Lo que se cuenta vive porque está aquí, en estas páginas. Las voces alrededor del fogón se han contenido aquí para reserva futura, para darle otra vez respiración a cada “viviente” que aquí se cuenta.
En las noches de invierno, en los veranos largos, en medio de los temporales, a los lugareños les da por conversar sobre apariciones, muertes, sobre el dolor. El cronista recuerda que los alacalufes se reían a gritos frente al sufrimiento físico o la muerte de alguno de ellos; en estos pueblos costeros no causa esa reacción, pero sí un cierto regodeo. En todo caso, no solo se recrean con el dolor, también los personajes de sus relatos van adquiriendo cualidades, van delineando belleza sobre todo para arropar a las víctimas o a cualquiera con los que ellos se identifiquen. Incluso el mal tiene que ser contado con respeto e imágenes sobrecogedoras. Entre todos arman una memoria de rasgos heroicos, una épica del abandono.
“Toda la tierra tenía una sola lengua y unas mismas palabras”, dice el Génesis bíblico en alusión a un tiempo mítico en que las cosas y las palabras estaban unidas. Ese deseo por encontrar un sentido primordial a las palabras sigue presente en este islerío, donde nombrar es buscar vocablos cargados de percepciones, reminiscencias, esencias de cada lugar.
Y aunque el “Hombre grande” y la “Mujer chica”, en un determinado momento de su estadía en Huandad, viven una experiencia extraordinaria, tienen esa sensación de que es imposible hablar de ella. Se dan cuenta de que “jamás podrían contar algo que jamás nadie creería, algo sin sentido porque nunca un espacio puede cobijar dos o distintos niveles de la realidad al mismo tiempo”. Hay que poner oído a ese magma que está en la boca de los “vivientes”, que se ha sostenido a través de los tiempos en estos lugares, donde no pasa nada más que la misma lluvia, las mareas y los pájaros diciendo en su lengua aquello que nos está destinado.
Un fogón cargado del fuego de las voces que a veces parece perdido, pero se las arregla para flotar sobre todos, entre todos. Igual como los ríos, a veces se adelgaza, parece secar su caudal; pero, unido como está al origen, basta con entregarse a lo natural para sentir que somos parte de un todo y que cada gesto nuestro tiene un sentido en la composición mayor.
En la página final de su libro Raín, Gustavo Boldrini nos habla de su arte poético: “No puedo, a estas alturas de mi vida, pensar un destino artístico, multitudinario de lectores, ni menos económico para la razón de la escritura; sin embargo, lo veo (al arte poético) como una empresa particular, furtiva, casi un desesperado grito de amor a los amigos u otros autores que no conozco, pero cuya existencia, palabra u obras, le dan nobleza a la vida”.