• Por Roberto González y Eduardo Valenzuela

Especial

Una multitud en soledad

En las últimas décadas, este sentimiento ha dejado de ser considerado únicamente una experiencia emocional individual para adquirir el estatus de una problemática social y de salud pública con alcances globales. La creciente atención que gobiernos, organizaciones internacionales y comunidades científicas han prestado al fenómeno ha llevado a que se declare una verdadera “pandemia de la soledad”. Aunque sea una paradoja, cada día estamos más conectados pero, a la vez, más solos.

El sentido de pertenencia, entendida como el deseo profundo de formar y mantener vínculos cercanos y duraderos con otras personas, constituye un motor esencial del comportamiento humano. Los psicólogos sociales Roy Baumeister y Mark Leary afirmaron en 1996 que esta necesidad de pertenecer es tan poderosa que las personas están motivadas a conformar relaciones sociales incluso cuando estas no son plenamente satisfactorias y experimentan tensiones, decepciones o conflictos. La necesidad de pertenencia no solo promueve el acercamiento a otros, sino que desincentiva activamente el aislamiento social. Por ello, las personas buscan de manera constante oportunidades para establecer vínculos sociales significativos: desde el saludo diario en el barrio hasta la participación en espacios comunitarios o religiosos. Cuando esta necesidad no se satisface, las consecuencias pueden ser profundas. Las personas aisladas o excluidas pueden experimentar sentimientos de inutilidad, desesperanza o desconexión, lo que impacta no solo en su salud mental, sino también en su capacidad para participar activamente en la vida social. Por ello, generar condiciones para la inclusión y el sentido de pertenencia en contextos tales como la escuela, el trabajo, el barrio o la sociedad en general es una tarea clave para fortalecer el bienestar individual y la cohesión social. Satisfacer la necesidad de pertenencia es central para el desarrollo humano y la vida en común.


Las personas aisladas o excluidas pueden experimentar sentimientos de inutilidad, desesperanza o desconexión, lo que impacta no solo en su salud mental, sino también en su capacidad para participar activamente en la vida social. Por ello, generar condiciones para la inclusión y el sentido de pertenencia en contextos tales como la escuela, el trabajo, el barrio o la sociedad en general es una tarea clave para fortalecer el bienestar individual y la cohesión social.

Soledad y aislamiento social: una distinción conceptual necesaria

La soledad es un fenómeno complejo y multifacético que no puede reducirse simplemente a la falta de compañía. En realidad, se trata de una experiencia subjetiva muy humana: el sentimiento de estar desconectado emocionalmente de los demás, incluso cuando se está rodeado de personas. No se trata de estar solo, sino de “sentirse” solo. Aunque en el discurso cotidiano suelen utilizarse como sinónimos, los conceptos de “soledad” y “aislamiento social” refieren a fenómenos distintos pero relacionados.

El sentimiento de soledad es una experiencia subjetiva que surge cuando existe una discrepancia entre las relaciones sociales que una persona desea tener y las que efectivamente percibe que tiene. Se trata, por tanto, de un sentimiento que puede estar presente incluso en personas rodeadas de otras, si esas relaciones no son consideradas emocionalmente satisfactorias o significativas. Por ejemplo, alguien puede asistir diariamente a una oficina llena de colegas y aun así experimentar una profunda soledad, porque carece de vínculos significativos. Por otro lado, una persona que vive sola en una zona rural, pero mantiene lazos sociales firmes puede no sentirse sola. El aislamiento social, en cambio, se refiere a una condición objetiva que describe la escasez o ausencia de vínculos sociales frecuentes o relevantes. Puede medirse a través de indicadores como el tamaño de la red social, la frecuencia del contacto con otras personas, la participación en actividades comunitarias, entre otros.

A pesar de sus diferencias, ambos fenómenos tienden a reforzarse mutuamente. El aislamiento social sostenido puede derivar en sentimientos de soledad, mientras que la soledad persistente puede llevar a una retracción de la conducta social, alimentando el aislamiento. Además, ambas condiciones comparten correlatos negativos en términos de salud física y mental, lo que ha llevado a la comunidad científica a estudiarlas conjuntamente como factores de riesgo psicosocial. Veamos algunos ejemplos.

Las repercusiones de la soledad se observan en el ámbito educativo y laboral; por ejemplo, los adolescentes que se sienten solos tienen un 22% más de probabilidades de obtener calificaciones bajas, mientras que los adultos en situación de soledad tienden a enfrentar mayores dificultades para conseguir y mantener empleo, con menores ingresos a largo plazo. A nivel comunitario, la desconexión social debilita la cohesión, eleva los costos en salud y genera importantes pérdidas de productividad, afectando directamente el desarrollo económico y social. Adicionalmente, diversos estudios revelan que la soledad crónica está asociada con un aumento en el riesgo de padecer depresión, ansiedad, deterioro cognitivo, enfermedades cardiovasculares y mortalidad prematura (Holt-Lunstad et al., 2015). Por el contrario, una buena calidad de los vínculos sociales favorece el desarrollo de comunidades más seguras, resilientes y prósperas. Estos hallazgos han llevado a que la soledad y el aislamiento social sean consideradas una amenaza significativa para la salud pública.

En las últimas décadas, la soledad ha dejado de ser considerada únicamente una experiencia emocional individual para adquirir el estatus de una problemática social y de salud pública con alcances globales. La creciente atención que gobiernos, organizaciones internacionales y comunidades científicas han prestado al fenómeno ha llevado a que se declare una verdadera “pandemia de la soledad”: la expansión y profundización de sentimientos persistentes de desconexión social que afectan a millones de personas en distintas partes del mundo, con consecuencias significativas para la salud mental y física, y para el tejido social.

Magnitud del problema de la soledad y aislamiento a nivel mundial

Existen múltiples fuentes de datos internacionales que dan cuenta de la gravedad del fenómeno. Por ejemplo, la Encuesta Social Europea ha incluido ítems sobre soledad revelando que entre un 10% y un 30% de la población adulta reporta sentirse sola frecuentemente en dicho continente. En el Reino Unido, un informe de la Jo Cox Commission on Loneliness (2017) llevó incluso a la creación de un Ministerio para la Soledad, pionero a nivel mundial. Japón ha seguido un camino similar con la designación de un “ministro para la soledad” en 2021, en respuesta al aumento de suicidios y aislamiento social durante la pandemia de covid-19. En Estados Unidos, datos de la encuesta nacional Cigna (2020) mostraron que más del 60% de los adultos se sentían solos, un aumento significativo respecto a años anteriores, siendo los adultos jóvenes (Gen Z y millennials) quienes mostraron niveles más altos en comparación a otras generaciones. La pandemia de covid-19 exacerbó esta tendencia a nivel global, profundizando los efectos de la desconexión social en personas que ya vivían en condiciones de vulnerabilidad.

La Comisión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre Conexión Social lanzó en mayo pasado un informe que alerta de la magnitud del problema del aislamiento social y de los sentimientos de soledad y del impacto social y sanitario de la soledad. 

Los datos son alarmantes: en torno a un 16% de las personas en el mundo dice sentirse sola. La soledad afecta a personas en cualquier etapa de la vida, pero su impacto es particularmente fuerte entre los jóvenes y entre personas mayores, así como entre quienes viven en contextos de menores recursos.

El informe de la OMS revela que entre un 17% y un 21% de las personas de entre 13 y 29 años han reportado sentirse solas, siendo los adolescentes el grupo con las cifras más elevadas. Esta situación se agrava en países de bajos ingresos, donde cerca del 24% de la población declara sentirse sola, más del doble que en los países de ingresos altos, en los que esta proporción alcanza solo un 11%. Estos datos revelan una clara desigualdad en la experiencia de la soledad a nivel global.

La soledad en Chile

Chile no muestra cifras auspiciosas en esta materia. Aproximadamente un 16% de los chilenos declara sentirse solo (un resultado similar al que reporta la OMS a nivel mundial), según la encuesta Bicentenario, que utiliza la misma pregunta de la Encuesta Social Europea, con resultados que están por encima de cualquier país de ese continente. Todavía más alarmante es que un 19% de los chilenos afirma no tener amigos cercanos, superando en más del doble al 8% reportado en Estados Unidos por el Pew Research Center.

Consistente con el reporte de la OMS, Bicentenario también revela que en Chile la soledad está creciendo especialmente entre los jóvenes. El 22% de los adultos jóvenes en Chile reportan sentirse solos la mayor parte del tiempo o siempre, una cifra ligeramente superior a la de los adultos mayores (20%) y considerablemente mayor al resto de los grupos etarios. Esta tendencia cambia respecto a la cantidad de amigos, donde solo un 7% de los jóvenes declara no tener amigos cercanos, cifra menor que la de las personas mayores, donde se reporta un 26%.

Al respecto, las personas mayores constituyen otro de los principales grupos de riesgo. Factores como la jubilación, la viudez, la pérdida de redes sociales y las limitaciones físicas o cognitivas tienden a incrementar la probabilidad de experimentar aislamiento social y sentimiento de soledad en la vejez. La soledad también se ha asociado a factores socioeconómicos en Chile. Consistente con el reporte de la OMS, Bicentenario revela que el 23% de los grupos de más bajos ingresos reporta sentirse solo la mayor parte del tiempo y el 28% reporta no tener amistades cercanas, valores considerablemente más altos de los que se observan en la media poblacional y en los grupos de mayor estatus socioeconómico.

Estos datos no solo dan cuenta de un malestar emocional creciente, sino de una transformación profunda en las formas que adoptan los vínculos sociales en Chile y el mundo. Vivir sin amigos íntimos o sentirse solo de manera persistente son condiciones que tradicionalmente se han considerado marginales, pero que hoy parecen estar normalizándose. Además, el hecho de que un 13% de los encuestados diga no conocer a ninguno de sus vecinos revela el debilitamiento de los lazos territoriales más inmediatos, lo que impacta directamente en la cohesión social a nivel barrial.

Estos indicadores entregan una señal clara: estamos frente a un tejido social que se vuelve más frágil, más desconectado y, en consecuencia, más vulnerable. Frente a este escenario, se vuelve urgente repensar las políticas públicas, los espacios comunitarios y las formas cotidianas de interacción que permitan reconstruir pertenencia y vínculos significativos.

¿Qué hacer?

¿Debemos preocuparnos de una vez por todas de la soledad y del aislamiento social? ¿Es posible hacer algo al respecto? La exhortación de la OMS es decisiva: un mundo saludable es definitivamente un mundo mejor conectado. Evitar la soledad y el aislamiento, la incomunicación y la exclusión social es indispensable. Actualmente se recomiendan muchas iniciativas de reconexión social para personas y grupos en riesgo que deben ser claramente identificados y detectados. Mencionemos algunas: alfabetización digital para personas mayores, voluntariado de acompañamiento, programas de prevención suicida, líneas telefónicas y gratuitas que ofrezcan compañía, reforzamiento de la red comunitaria, fortalecimiento de la lectura, desarrollo de la tenencia de mascotas y muchas otras.

Las redes sociales, aunque pueden facilitar la comunicación y la conexión, a menudo promueven interacciones más bien instantáneas o fugaces que no siempre ayudan, aunque los estudios muestran que las personas que usan con alguna frecuencia las redes sociales sufren menos el sentimiento de soledad y aislamiento (Cotten et al., 2011). En este contexto resulta muy relevante generar herramientas que orienten el uso más saludable de los dispositivos digitales y de las redes sociales, pues en un mundo cada vez más digitalizado, las competencias digitales son cada vez más importantes, tanto en un sentido técnico como emocional. Actualmente, las personas acceden a una mascota para satisfacer necesidades de apego y compañía –no de seguridad como antaño–, aunque la evidencia bienhechora no es tan contundente como usualmente se cree. Las redes comunitarias de apoyo se pueden activar con bastante provecho. Es ineludible, sin embargo, el recurso a la familia, la amistad y la vecindad como las fuentes principales de la conexión social. Una pareja estable acompaña todavía más que los hijos y los amigos no deben perderse con el tiempo como sucede por doquier. Así como se ahorra para la vejez, o se cultiva un estilo de vida saludable, también cada cual debe preocuparse de cuidar la consistencia y durabilidad de sus vínculos sociales que lo acompañarán en las diferentes fases de la vida.

La vida solitaria en el mundo actual ha avanzado a través de dos carriles. La primera es la soledad del cuarto propio que es típica del adolescente que comienza a retirarse de los vínculos familiares en que ha crecido sin recomponer todavía nuevos vínculos y que convierte a los jóvenes en blanco de mucho aislamiento y soledad subjetiva. La segunda es la soledad de la vejez que también es una etapa de pérdida de vínculos sociales: de los pocos hijos que además parten y se dispersan por el mundo, de los amigos que se pierden por doquier con el retiro laboral e incluso de la pareja, sobre todo en el caso del llamado divorcio gris, aquel que sobreviene en el umbral de la vejez cuando es más difícil recomponer una relación conyugal. Se podría agregar la “soledad de los moribundos”, como reza el título del libro de Norbert Elías, que destaca la paradoja de la longevidad. Se muere demasiado tarde, cuando la vida de una persona significa poco o nada para los demás y, en ocasiones, solo una carga o un estorbo. Existen muchos motivos para alarmarse ante el aumento de la soledad en el mundo contemporáneo.

Pero debe recordarse que no toda soledad es de suyo alarmante. En idioma inglés se hace la distinción entre loneliness, la soledad que se padece y se experimenta amargamente, y solitude que, por el contrario, indica la soledad que se vive como un estado a la vez deseado y satisfactorio. A veces se distingue también entre aislamiento (alone), o la soledad del que ha sido apartado de toda compañía significativa, y soledad propiamente tal (loneliness), que indicaría el sufrimiento del que se siente solo aun permaneciendo entre los demás. La lengua castellana es menos sutil, pero se trata de distinciones importantes. El caso más apremiante es la soledad que se experimenta en el marco de relaciones ásperas y conflictivas y que obliga a muchos a decir “mejor solo que mal acompañado”. Pero también la soledad puede producir momentos satisfactorios, a condición de que vaya acompañada de una buena dosis de comunicación. El remedio de la soledad no es siempre la copresencialidad, aunque las relaciones cara a cara tienen siempre una eficacia singular en la vida de las personas. Pero los ausentes también pueden proporcionar compañía para quien sabe leer, escribir, rezar o caminar pausadamente.

Para leer más

• Baumeister, R. y Leary, M. (1996). “The Need to Belong: Desire for Interpersonal Attachments as a Fundamental Human Motivation”. Psychological bulletin. VL 117: 497-529.

• Holt-Lunstad, J.; B. Smith, T.; Baker, M.; Harris, T. y David Stephenson (2015). “Loneliness and Social Isolation as Risk Factors for Mortality: A Meta-Analytic Review”. Perspectives on Psychological Science, vol. 10(2).

• Organización Mundial de la Salud (2025). “De la soledad a la conexión social: el camino hacia sociedades más saludables”. Reporte de la Comisión sobre Conexión Social.

• Cotten, S. R.; McCullough, B.M. y Adams, R. G. (2011). “Technological Influences on Social Ties Across the Lifespan”. In K.L. Fingerman, C. Berg, J. Smith, & T. Antonucci, Handbook of Lifespan Development. Springer.

• Elías, N. (1987). La Soledad de los Moribundos. Fondo de Cultura Económica.

• Cotta Lobato, J. (2021). Petrarca. La Vida Solitaria. Cypress: 151 y 46.