Tras cinco siglos: El legado de la Escuela de Salamanca en la justicia global
Este movimiento intelectual, nacido al alero de la universidad hispana del mismo nombre, puede entenderse como una de las matrices fundamentales de la modernidad católica. Su crítica al absolutismo, su defensa del consentimiento político, su concepción limitada del poder y su elaboración temprana de nociones afines a los derechos humanos sitúan a estas ideas y a sus autores en un lugar central de la historia intelectual moderna.
Estimulada por el nuevo escenario global iniciado con el descubrimiento de América y la relación con los pueblos del Nuevo Mundo, la Escuela de Salamanca se proyecta hasta nuestros días como un referente ético-político fundamental para interpretar y orientar de modo humanizador el contexto internacional y las instituciones económicas, políticas y jurídicas modernas y contemporáneas.
En 1526, el fraile dominico Francisco de Vitoria (1483-1546) comenzó su magisterio en la Cátedra de Prima de Teología, en la Universidad de Salamanca, en España. Este es considerado el inicio de la denominada Escuela de Salamanca: un grupo de académicos, estudiantes y simpatizantes que desarrollaron las propuestas intelectuales, los métodos docentes y las reflexiones filosóficas, jurídicas, morales, religiosas y teológicas de Francisco de Vitoria en esa casa de estudios, en el siglo XVI.
Santo Tomás: el referente
El mismo año, Carlos V reinaba sobre un vasto imperio y su atención estaba en dos focos fundamentales: el mapa de alianzas y conflictos en la realidad europea; y la atención a la expansión y la constitución y desarrollo de las instituciones para la gestión de América.
En el ámbito del conocimiento, la Escolástica, que constituía el núcleo de debate intelectual y de formación de las principales universidades europeas, estaba en declive debido al surgimiento del humanismo, que criticaba a ese movimiento desarrollado principalmente a través de las órdenes religiosas, por perderse en cuestiones terminológicas y abstractas que no resolvían los problemas.
Francisco de Vitoria tuvo un largo período de formación en la Universidad de París (1508-1522), centro principal del conocimiento en Europa y de su renovación. De Vitoria llevó a la Universidad de Salamanca esta experiencia que significó una importante renovación del sistema de estudio de la teología, introduciendo la Suma teológica, de santo Tomás de Aquino, como referencia principal de estudio.
Estas lecciones fueron condensadas en unas conferencias llamadas Relecciones teológicas (1528-1540), abiertas a toda la comunidad universitaria y que se realizaban una o dos veces al año. Estas abordaban desde la teología hasta temas de interés práctico o político.
Algunas de las más conocidas versaron sobre la autoridad política, el derecho natural y de gentes (derecho común entre los pueblos), la licitud de la guerra, los derechos de los pueblos indígenas del Nuevo Mundo y la justicia en las distintas esferas de actuación económica. Todas destacaron por su impacto. Las Relecciones sobre los Indios (1537-38) y la Relección sobre el derecho de guerra (1539) fundaron los principios del derecho internacional moderno. La Relección sobre la potestad civil (1528) recoge y potencia la tradición democrática sobre el origen popular del poder y la limitación legal que sujeta y ordena al poder constituido para el cuidado del bien común. En su figura confluyen la formación universitaria parisina y el humanismo escolástico, así como una renovación moral y jurídica que alumbraba una de las tradiciones intelectuales que articularían una Modernidad católica frente a la Modernidad liberal e ilustrada.
El magisterio de De Vitoria y otros miembros de su escuela irradiará tanto en las universidades ibéricas y europeas como en las numerosas universidades de América creadas en el siglo XVI y XVII, lo que dio lugar a una comunidad viva de circulación de autores, ideas y obras.
Además, este movimiento se configuró como un numeroso grupo de autores insertos en diversas órdenes religiosas e instituciones académicas relacionadas entre sí por la formación universitaria y la circulación de textos, personas y debates. Dominicos, franciscanos, agustinos o jesuitas participaron activamente en esta red, aportando perspectivas propias desde sus tradiciones espirituales, misionales y carismáticas.
Encontramos una Escolástica capaz de pensar la dignidad humana, la sociabilidad natural, la justicia y el bien común en contextos nuevos, sin renunciar a la coherencia interna de la tradición cristiana. Un eje central del pensamiento de esta escuela fue el reconocimiento de la humanidad de los pueblos del Nuevo Mundo.
Una teoría en diálogo con conflictos reales
Lejos de constituir una simple repetición tardía de la Escolástica Medieval, esta corriente que dio pie a lo que se conocerá como Segunda Escolástica, se caracterizó por una relectura creativa de la tradición tomista y del derecho natural al servicio de problemas como la legitimidad y límites del poder político; el modo de predicación del Evangelio; la diversidad sociocultural de formas de soberanía; las relaciones entre pueblos en la nueva sociedad global; el estatuto moral, jurídico y religioso de los habitantes del Nuevo Mundo; la justicia económica y fiscal; los modos de propiedad y la relación con los bienes o las exigencias del bien común, entre otros aspectos. En este sentido, la Segunda Escolástica ocupa un lugar central en la historia del pensamiento occidental y en los nuevos territorios del Nuevo Mundo, no solo por la densidad teórica de sus elaboraciones, sino porque articula una reflexión doctrinal y una experiencia histórica. La teología, el derecho y la filosofía moral no se desarrollan en abstracto, sino en diálogo con conflictos reales: la conquista, la colonización, la guerra, los derechos frente al poder, el trabajo forzado, la evangelización y la organización de las nuevas sociedades americanas.
En un comienzo, los autores principales de la Escuela de Salamanca fueron en su mayoría dominicos; los autores jesuitas destacaron en un segundo momento. Domingo de Soto (1494-1560), Domingo Báñez (1528-1604), Melchor Cano (1509-1560) y el gran jurista y canonista Martín de Azpilcueta (1491-1586) llevaron el método de De Vitoria a su madurez y continuaron desarrollando los temas tratados por el primero. Fueron pioneros en temas de ciencia, como la física moderna, y en economía, donde defendieron la justicia social. También formularon por primera vez la teoría cuantitativa del dinero.
Entre ellos, se suele incluir al dominico Bartolomé de las Casas, aunque no fuera un académico.El culmen de su aportación está representado por las Controversias de Valladolid (1550-1551), que acabaron dando lugar a las Leyes nuevas de 1542, que prohibieron la esclavitud de los indios y eliminaron la institución de la encomienda, junto a otras obras suyas de gran impacto como Memorial de remedios (1542), Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552) o Apologética historia sumaria (1552).
El carácter humanizador y de resistencia a las injusticias de esta escuela tuvo gran influencia social e institucional. Este fue el caso de las misiones desarrolladas en el nuevo continente americano. En la imagen, un códice de Hernán Cortés y la Malinche durante la conquista de México. Fotografía: Gallica Digital Library.
Las misiones como espacio de experimentación
tores de la Compañía de Jesús como Luis de Molina (1535-1600), Juan de Mariana (1536-1624) y Francisco Suárez (1548-1617), quienes elevaron teóricamente la formulación de los temas de la escuela, aunque también entraron en algunas disputas con los dominicos, una de ellas sobre la concordia entre el libre arbitrio y la influencia de la gracia divina en el ser humano
La contribución de los profesores jesuitas resultó fundamental para dotar de solidez teórico-jurídica y proyección sistemática a este pensamiento. Suárez elaboró una teoría del poder político y de la ley que afirma con claridad el origen comunitario del poder, la mediación de la comunidad política en su transmisión y los límites morales y jurídicos de toda autoridad, con lo que sentó las bases decisivas para una concepción no absolutista del Estado y para el desarrollo del derecho de gentes. Mariana realizó una crítica incisiva de los abusos del poder, especialmente de la tiranía y de cómo se puede dar también en los ámbitos fiscal, económico y monetario. Defendió el consentimiento del pueblo, la justicia distributiva y la subordinación del poder al bien común.
El carácter humanizador y de resistencia a las injusticias de esta escuela, aunque provengan de sus compatriotas, tuvo un vector de influencia social e institucional. Así fue el caso, entre otros, de los jesuitas Luis de Valdivia (1560-1642) y de Diego de Torres Bollo (1550-1638), quienes mostraron cómo el contexto misional fue un espacio de experimentación y verificación del pensamiento social cristiano en el contexto de la Segunda Escolástica.
En el caso de Valdivia, su propuesta de la “guerra defensiva” en Chile representó un intento radical de replantear las relaciones entre la Corona española y el pueblo mapuche, desde criterios teológico-jurídicos que reconocen la libertad, la racionalidad y la capacidad política de los pueblos indígenas. Se rechazó así la guerra ofensiva, la esclavitud y el servicio personal como medios legítimos de dominación.
Así, la misión se convirtió en un ámbito desde el cual se cuestiona la lógica colonial y se ensaya una alternativa fundada en la persuasión, la protección jurídica y el respeto de la alteridad cultural. El proyecto impulsado por Diego de Torres Bollo, como primer provincial del Paraguay y plasmado en la experiencia de las reducciones jesuíticas, constituye una de las realizaciones más sistemáticas de una concepción social cristiana orientada al bien común. En esta la evangelización, la organización comunitaria, la defensa de los indígenas frente a los abusos coloniales y la creación de condiciones materiales de vida digna aparecen vinculadas.
Las reducciones no fueron solo un experimento pastoral, sino una concreción histórica de principios centrales de la Escuela de Salamanca –dignidad humana, función social de la propiedad, reconocimiento de la diversidad humana, prioridad de la vida, origen social del poder y límites legales del poder instituido–. La reflexión teológica y jurídica encontraba en la misión un verdadero lugar de generación de pensamiento social cristiano.
Estos autores mostraron su apertura a fuentes del saber como la filosofía y la literatura clásica, el derecho romano y de gentes, la patrística, la historia, la retórica y la experiencia histórica concreta. Esta apertura no supuso una ruptura con la tradición, sino una ampliación de sus horizontes. El recurso a Aristóteles, a Cicerón y a las fuentes jurídicas clásicas se combinó con una lectura crítica de la realidad contemporánea.
Como resultado, encontramos una Escolástica capaz de pensar la dignidad humana, la sociabilidad natural, la justicia y el bien común en contextos nuevos, sin renunciar a la coherencia interna de la tradición cristiana. Un eje central del pensamiento de esta escuela es el reconocimiento de la humanidad de los pueblos del Nuevo Mundo. Frente a las teorías que negaban su racionalidad o los consideraban incapaces de tener un autogobierno, numerosos autores afirmaron su condición de sujetos morales, jurídicos y políticos.
La Escuela de Salamanca puede entenderse como una de las matrices de la modernidad católica. Su crítica al absolutismo, su defensa del consentimiento político, su concepción limitada del poder y su elaboración temprana de nociones afines a los derechos humanos sitúan a estos autores en un lugar central de la historia intelectual moderna. Su tratamiento positivo de la diversidad sociocultural, que integra la humanidad, permite abordar el género humano desde la inclusión y la defensa de la pluralidad de formas de vida y de agencia humana.
No se opuso sin más a la modernidad, sino que trabajó intensamente para ofrecer una vía alternativa y propia a la de la modernidad liberal. Esta modernidad católica construyó las bases sociomorales de las comunidades políticas, desde la constitución social de la persona frente al individualismo ético y político, desde el bien común como fin intrínseco del poder político y principio de articulación, orientación y limitación de los derechos individuales, frente a la visión de un poder político que no se preocupa del cuidado de un bien común real e inclusivo para todos. También reconoció derechos naturales individuales sin límites sociales, ni cargas positivas, ni deberes concretos frente a los otros. En este sentido, constituyó una matriz de pensamiento y de vida que puede seguir inspirando y orientando la reconstrucción de los procesos sociohistóricos de nuestro tiempo.