• Revista Nº 176
  • Por Christian Ramírez

Columnas

El documental biográfico en la era del streaming: Vidas ilustre, vidas de relleno

Siempre me han gustado las biografías porque ayudan a saciar mi persistente curiosidad en torno a ciertas vidas y obras ajenas, pero también porque las mejores de su género son patente testimonio de la obsesión que esa vida y obra puede generar en un tercero, el cual absorbe los hechos y actos de ese “otro”, al punto de convertirlos en parte de su propia experiencia vital, de su forma de ver el mundo.

Pero claro, convengamos que no todos los biografiados son el doctor Johnson y muy pocos biógrafos están a la altura del suyo, el fiel (y sufriente) James Boswell. El intento de este último por atrapar en un puñado de páginas buena parte de la experiencia humana ha dado paso, en especial durante el último medio siglo, a una total estandarización de la maquinaria biográfica: hoy es raro el caso de famosos que no tengan su biografía escrita por un profesional del género o no hayan intentado producirla ellos mismos (casi siempre ayudados por una pluma anónima). Tampoco extraña que ello supere el campo de los libros y haya acabado por inundar las pantallas. La pregunta es por qué esta avalancha ocurre recién ahora y no sucedió antes.

A diferencia de las biografías literarias, estructuradas en forma cronológica o temática, y que usualmente cuentan con índice de fuentes y hasta con nombres citados, el cine suele andar a manotazos con las vidas reales. Inmerso en esas aguas, el séptimo arte rara vez sale bien librado: sea en intento de dinamizar la trama o porque los cineastas necesitan reclamar cierta libertad creativa, las ficciones biográficas tienden a distorsionar los acontecimientos históricos. Y ello ocurre incluso en filmes que respetan a sus personajes como la reciente Maestro, basada en el matrimonio entre Leonard Bernstein y Felicia Montealegre. Los documentales no lo tienen mucho más fácil, eso porque al momento de narrar una vida y obra precisa de grandes cantidades de material de archivo (cuyo alto costo puede disparar cualquier presupuesto de producción), pero sobre todo porque el formato largometraje casi siempre se queda corto si la vida de su personaje es torrencial. Puestos en ese aprieto, la mejor solución es concentrarse en un aspecto particular de la persona y aspirar a que este sea capaz de iluminar la totalidad del trayecto vital en forma indirecta.

Uno de los mejores ejemplos recientes es I am not your negro (2017), de Raoul Peck, acerca del escritor estadounidense James Baldwin. Ahí, lo que el espectador tiene frente suyo no es un conjunto de sucesos con Baldwin al centro, sino más bien un recorrido modélico por sus ideas, temas y fantasmas. Pese a estos handicaps, llama la atención la manera y la velocidad con que las plataformas han ido aumentando su oferta de vidas reales en streaming, al extremo de convertir este subgénero en una categoría de búsqueda aparte. En este caso el dilema no es ni artístico ni temático, sino básicamente un problema de contabilidad. O, para usar un término de estos días, un asunto de “contenido”.

En su desesperada y desesperante carrera por llenar de contenido sus apps, los servicios de streaming han echado mano de un cuanto hay de material biográfico aparte de las películas, las series y los documentales tradicionales.

¿El motivo? Antes que todo, gatillar la atención de un público agotado de mover su cursor a través de cientos de minicarátulas en pantalla. En ocasiones, ese público se encontrará con algo que produce genuina admiración —como aquel extraordinario documental sobre Maradona, realizado por Asif Kapadia y que todavía se encuentra en MAX—; en otras, apenas alcanzará para un conjunto de datos e imágenes remasticadas.

A lo anterior hay que sumar un factor más. En la medida que las plataformas necesitan que sus usuarios pasen la mayor cantidad de tiempo posible conectados, el formato largometraje ha dejado de ser útil. Eso es lo que explica la creciente boga de la “serie documental”: de cuatro a seis episodios, donde incluso la miseria judicial entre Johnny Depp y Amber Heard pide a su público que sacrifique 240 minutos de su vida. Lo siento, pero no.

En su momento, Netflix apostó fuerte a ese modelo y licenció un puñado de los “megadocumentales” que el estadounidense Ken Burns aún produce para el canal PBS (como la brillante The Vietnam War) o asociándose a ESPN y la NBA en The last dance (2020), sobre la última campaña de Michael Jordan y los Chicago Bulls, pero mucho de ese esfuerzo suele perderse entre tanto estímulo, tanto estreno y tanto relleno. Doy fe que entre lo mejor que vi el año pasado estuvo The last movie stars, magistral relato en torno a las vidas de Paul Newman y Joanne Woodward, y acaso el mejor estudio disponible sobre lo que implicó ser actor y estrella de cine durante el siglo XX, pero gran parte de lo que circula por ahí se asemeja sospechosamente a esas biografías que el mercado del libro produce cada temporada a partir de las modas, de lo que vende, de lo que la masa entiende por “actual”. Su lógica parece infalible: ese público tal vez no leerá el libro, pero a lo mejor se interesará por ver la serie. Mmmm. A lo mejor.