
Arte y crisis climática: cómo imaginamos un “después del fin”
Hoy parece más fácil imaginar una vida en Marte que proyectar un futuro en la Tierra. Desde nuestras pantallas cristalinas, observamos con asombro imágenes de posibles ríos arcaicos y robots que transitan el planeta rojo en busca de vida. Se configuran discursos que convierten la exploración marciana en un imaginario casi certero, mientras nuestra existencia en la Tierra se ve cada vez más amenazada.
A la vez, esas mismas pantallas nos devuelven imágenes distópicas de catástrofes cada vez más ubicuas: glaciares desapareciendo, ríos secándose, megaincendios, inundaciones. Estas figuraciones documentan una existencia en estado constante de colapso, una cotidianidad marcada por catástrofes recurrentes que ya no se limitan al brillo de nuestras pantallas, sino que irrumpen en nuestras vidas y territorios. Tenemos una imagen nítida de este presente devastador, pero parece imposible imaginar un “después” en la Tierra.

La crisis que se anunciaba como una posibilidad de futuro es hoy un presente continuo. Donna Haraway, filósofa feminista, reflexiona sobre la urgencia de pensar esta crisis en el ahora. Propone dar un paso más, sugiriéndonos “seguir con el problema”, enfrentando las dificultades actuales en lugar de buscar soluciones rápidas. Esto implica reconocer la interconexión de las crisis ambientales y sociales. Las narraciones con que habitamos este presente en colapso están ligadas a nuestras prácticas cotidianas y a cómo nos relacionamos con el mundo. Y es ahí donde surge el arte como posibilidad.
Andrea Soto-Calderón, filósofa chilena, reflexiona sobre cómo el discurso dominante ha impuesto representaciones vacías y homogéneas que refuerzan la percepción de un imaginario clausurado, incapaz de abrirse a alternativas significativas. Parece que hemos perdido la capacidad de imaginar un futuro que establezca relaciones “otras” con los territorios que habitamos. En este contexto de colapso ambiental y de pérdida de imaginación, urge buscar imágenes capaces de fisurar esa creencia monolítica. Es aquí donde las artes nos muestran distintas posibilidades de coexistencia.
Existen obras de arte que nos devuelven una mirada que resiste al colapso y que nos permiten articular relatos que no requieren de una vida en otro planeta.
Existen obras de arte que nos devuelven una mirada que resiste al colapso y que nos permiten articular relatos que no requieren de una vida en otro planeta, relatos que nos permiten habitar la tierra “después del fin”. Pienso en las aguas de Claudia Müller; en los rayos de soles figurados de Catalina González; o en las posibilidades de interacción con lo más-que-humano de Elisa Balmaceda. El trabajo de estas artistas, y de muchas más, nos permite comprender nuestras relaciones más allá de nuestras fronteras (o límites mentales). De alguna manera, revelan lo que Soto-Calderón denomina “otras maneras de hacer”, otras modalidades críticas de existencia y otras formas de vida que permanecen latentes.
El desafío consiste en integrar estas formas de hacer en nuestros cotidianos. Estas potencias latentes deben reactivarse para movilizar posibilidades alternativas de imaginar y habitar el mundo.