
El ¿sorprendente? éxito de los programas familiares de concurso
Los programas Ahora caigo, Qué dice Chile y Pasapalabra dominan el horario previo al noticiario central en los principales canales de TV abierta en Chile. Este bloque, tradicionalmente ocupado por telenovelas chilenas o extranjeras (turcas, en su mayoría), hoy está liderado por misceláneos de concursos que han superado incluso en rating a la única apuesta melodramática nacional, la nueva versión de Amores de mercado.
Se trata de un fenómeno que parece curioso en un contexto donde se habla de la decadencia de la televisión abierta o incluso de su potencial desaparición ante las plataformas de streaming. Pero ¿es tan sorprendente como se sugiere?
Los formatos misceláneos en vivo (ya sea en directo o diferecto) fueron, junto a las telenovelas, los que sostuvieron en sus orígenes a la TV en Latinoamérica cuando las posibilidades de invertir en grandes producciones eran mucho más limitadas. Podían cubrir amplios bloques de las parrillas programáticas a relativamente bajo costo, puesto que “solo” necesitaban un estudio de TV, actividades entretenidas, participantes entusiastas, premios –ojalá en efectivo– y un conductor carismático.
¿Suena parecido? Pues sí, los que hoy triunfan son versiones renovadas de programas de concursos como Si se la puede gana o Maravillozoo, o de segmentos de programas de variedades como Éxito, Venga Conmigo o el ya clásico Sábados Gigantes. Son formatos que se parecen a “la tele de antes”, a los programas que veíamos entre los años 80 y comienzos de los 2000, cuando tener cable era algo caro e internet se usaba por tiempos limitados.
Aunque la interacción es unilateral, el televidente responde y reacciona, generando un vínculo emocional que engancha con el contenido.
¿Es la nostalgia, entonces, la que explica sus prometedores resultados? Quizás, aunque es improbable que sea la única causa. La evidencia empírica dejó de manifiesto hace décadas que las razones para exponerse a un determinado contenido pueden ser tan variadas como personas existan. Pese a ello, es posible identificar algunas de las causas más clásicas que gatillan el consumo mediático, entre las que destacan tres: entretención y escapismo; aprendizaje o monitoreo del entorno e interacción social. Uno de los atributos más destacados que tienen los programas de los que estamos hablando es que responden a las tres. Son programas de entretención, en los que se aprenden cosas y en los que los televidentes interactúan con las personas con las que comparten el visionado y con el programa mismo.
El concepto de “interacción parasocial”, introducido en 1956 por D. Horton y R. Richard Wohl, ayuda a explicar el éxito de estos formatos en la medida en que se describe la ilusión de intimidad que se produce entre el espectador y las figuras en pantalla. Aunque la interacción es unilateral, el televidente responde y reacciona, generando un vínculo emocional que engancha con el contenido. Fáciles de seguir, ideales para desconectarse, y atractivos para diversas generaciones, estos programas nos acompañan si estamos solos, nos divierten con la familia y nos invitan a participar compitiendo desde casa. Si a todo eso le sumamos que son formatos que entendemos y que nos conectan con una experiencia nostálgica del pasado, su sorprendente éxito no parece tan sorprendente realmente, ¿o sí?