• Por Ariel Florencia Richards
  • Escritora e investigadora de artes visuales. Estudió Diseño en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Estética en la Pontificia Universidad Católica de Chile, además de realizar un magíster en Escritura Creativa por la Universidad de Nueva York. Es doctora en Artes por la PUC

Idea propia

Il Posto: la promesa (cumplida) de un encuentro

Comencé mi investigación doctoral en marzo de 2021, en medio de la segunda ola de COVID-19, estudiando archivos de artistas chilenos que hubieran abierto o quebrado paradigmas en los años previos y posteriores al golpe de Estado. Los archivos aparecían mediados por la frialdad de las pantallas: fotografías y documentos revisados desde el encierro, intentando acercarme a materiales que parecían estar siempre lejos. Arlette Farge describe la investigación como una experiencia física: tocar papeles, desplegar documentos, observar el polvo acumulado en ellos. La pandemia había suspendido esa dimensión sensible del conocimiento. Por eso, llegar al centro de investigación y sala de exposiciones Il Posto y encontrarme con los archivos de Gonzalo Díaz -con la presencia silenciosa de Lonquén (1989) instalada en su sala- definió el curso de mi investigación.

La obra orbitaba en torno al duelo y parecía demorarse en sus restos materiales: el propio artista había encarnado, en una performance de cierre titulada Diré tu nombre (1989), la dificultad de volver visible aquello que había permanecido oculto. En Il Posto Documentos, los papeles de trabajo de Díaz hacían visible otra dimensión de esa investigación artística. Sostener con las manos su propio cuaderno y encontrar gotas de agua en sus páginas -caídas durante la performance, 30 años antes- transformaba el archivo en un puente que propiciaba nuevas aperturas: teóricas, metodológicas, afectivas.

Desde entonces, Il Posto no solo me abrió sus archivos, sino también una comunidad de conversación y pensamiento. Sergio Parra y Antonio Echeverría me invitaron a compartir avances de mi investigación cuando aún estaba en proceso. Poco después, la Universidad de Princeton me invitó a dar una conferencia en el marco del quincuagésimo aniversario del golpe de Estado. Buena parte de ese recorrido comenzó en la penumbra silenciosa de Lonquén.

Il Posto no solo me abrió sus archivos, sino también una comunidad de conversación y pensamiento

El impacto de la Fundación Il Posto, creada por Paula del Sol y Carlo Solari, puede medirse con cifras: 495 obras, 80 artistas, una biblioteca de 2.269 libros, un archivo de 684 documentos y 21 exposiciones desde 2017. Desde la apertura de Il Posto Documentos en 2021, el centro ha impulsado 13 publicaciones, la Beca de Investigación Il Posto y la red Diagonal —a cargo de Josefina Lewin—, además de conferencias, redes interuniversitarias y encuentros entre artistas, investigadores y estudiantes. Pero el aporte más difícil de cuantificar tiene que ver con la comunidad intelectual que el espacio ha sostenido, integrando a investigadoras y curadores en formación en conversaciones internacionales. Un caso significativo es el del peruano Diego Chocano, quien curó en Il Posto la exposición Tierra de nadie (2024) y hoy, como curador del Barbican Centre de Londres, acaba de inaugurar la primera gran comisión pública de Delcy Morelos en el Reino Unido.

En un sistema cultural marcado por la precariedad, Il Posto ha entendido que apoyar una investigación emergente puede transformar, años después, la escala de una escena entera. Con esto quiero decir que el aporte más difícil de cuantificar no se encuentra en sus cifras, sino en su capacidad para cumplir una promesa de encuentro. El 9 de septiembre de 2023, en la penumbra de la instalación, Gonzalo Díaz conoció a Corina Maureira Muñoz, hija de Sergio Adrián Maureira Lillo, uno de los 15 hombres hallados en los hornos de Lonquén. Corina y sus hijos no conocían la obra hasta entonces.

En esa escena comprobé que algunas obras no terminan de exhibirse y que ciertos archivos siguen operando silenciosamente a lo largo del tiempo. Quizás ahí reside el verdadero aporte de Il Posto a la escena artística chilena: en sostener las condiciones materiales y afectivas para que esos encuentros, improbables y demorados, finalmente ocurran.