La humanidad como verbo
Dicen por ahí que el arte imita a la vida. ¿O era al revés?
Aunque reconocerse en una pieza artística siempre será emocionante, quedarse solo con eso sería desperdiciar su potencial. El arte puede –y debería– hacer algo más que devolvernos la propia imagen. ¿Por qué limitarse a mostrarnos el mundo que existe? ¿Por qué no usarlo para imaginar el que todavía no?
Eso es, en parte, lo que hizo la 36ª Bienal de São Paulo, “No todo viajero recorre caminos – De la humanidad como práctica”, que durante 2026 tuvo en Santiago su primera parada internacional, y la única en Sudamérica. Una selección de obras de 19 artistas de cuatro continentes llegó al Centro Cultural La Moneda antes de continuar hacia México y Berlín.
Curada por Bonaventure Soh Bejeng Ndikung, la Bienal toma su nombre de unos versos de la escritora afrobrasileña Conceição Evaristo. Su poema “Da calma e do silêncio” contiene la clave del proyecto: pensar la humanidad como un verbo. No como una característica que tenemos simplemente por haber nacido, sino como una práctica activa que requiere atención, escucha, negociación y esfuerzo. Una acción que se ejerce todos los días y que, por lo mismo, también puede fracasar.
La muestra se concibió a sí misma como un estuario, ese lugar natural donde distintas corrientes de agua confluyen y crean un ecosistema de convivencia. Allí hay encuentro, sí, pero también fricción, intercambio, adaptación y movimiento. La humanidad, parece decir la Bienal, no es algo que damos por hecho: es algo que hacemos.
La muestra se concibió a sí misma como un estuario, ese lugar natural donde distintas corrientes de agua confluyen y crean un ecosistema de convivencia. Allí hay encuentro, sí, pero también fricción, intercambio, adaptación y movimiento
Por eso, la llegada de esta exposición a Santiago fue más que el traslado de un conjunto de obras. La propia itinerancia parecía poner en práctica aquello que la Bienal proponía: las obras viajaron, cruzaron fronteras y llegaron a un territorio con su propia historia y sus propias formas de entender el mundo. Durante unas semanas, en una sala subterránea bajo la Plaza de la Ciudadanía, convivieron imágenes, colores, texturas y materiales provenientes de lugares que muchas veces quedan fuera de nuestro campo visual cotidiano.
Había algo extraño –en el mejor sentido de la palabra– en entrar a esa sala. Encontrarse con artistas de lugares tan distintos significaba enfrentarse a otras maneras de recordar, representar y habitar el mundo. No se trataba simplemente de “conocer otras culturas”, sino de aceptar que existen muchas formas posibles de mirar una misma realidad.
Quizás ahí esté uno de los mayores valores de una exposición como esta. El arte contemporáneo puede parecer distante, pero basta dejarse afectar por una imagen, una textura o una historia para que esa distancia empiece a desaparecer. Antes de comprender completamente una obra, podemos sentir curiosidad por ella. Y esa curiosidad ya es una forma de apertura.
Que una Bienal de esta magnitud haya escogido Santiago como su única escala sudamericana no debería pasar inadvertido, porque permitió que aquí viéramos obras que difícilmente encontraríamos reunidas bajo un mismo techo, y porque convirtió a Chile, por un momento, en un lugar de encuentro. El arte viajó hasta nosotros para recordarnos que mirar más allá de nuestras fronteras también es una forma de ampliar aquello que entendemos por humanidad.
Si la humanidad es, como propone esta Bienal, un verbo, entonces necesita conjugarse. En el arte, pero también fuera de él: escuchando, conociendo, desplazándonos de nuestras certezas y haciendo espacio para otros.