• Por María Teresa Cárdenas M.
  • Periodista de la U. de Chile. Editora de Cultura y columnista de “Artes y Letras”, de El Mercurio. Miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua. Fundadora y presidenta de la Fundación Arbolee. Integrante del directorio del Círculo de Críticos de Arte de Chile

Idea propia

La persistente seducción del libro impreso

Cuesta creer que hace ya dos décadas se auguraba el fin del libro impreso y su reemplazo en las preferencias de los lectores por el formato digital. Voces entusiastas y “autorizadas” de todo el mundo declaraban la muerte lenta del papel y la irrupción de las pantallas para el rápido y eficiente acceso a obras literarias, académicas, técnicas… Porque, si bien el libro electrónico empezó a desarrollarse en Estados Unidos en los años 70, fue en 2007, con el lanzamiento comercial del Kindle, desarrollado por Amazon, cuando se popularizó el formato.

Casi veinte años después, las cifras de la industria editorial en el mundo, y también en Chile, muestran cuán equivocadas eran esas predicciones que atemorizaron a los amantes del libro físico. Ese que se puede palpar, oler y coleccionar. En 2014, España empezó a ver la luz después de la crisis subprime (2008-2014) y, según los datos de Panorámica de la Edición Española de Libros, ese año se editaron 90.802 títulos, un 1,9% más que en 2013, de los cuales 68.378 correspondían al formato tradicional, cuyo aumento fue de 3,7%. “Con este dato, el peso del libro en papel sobre el total editado crece por primera vez en los últimos años, representando el 75,3%”, señala el informe. Es decir, la recuperación económica trajo también la del libro impreso. Los datos de 2025 revelan que la tendencia se ha mantenido: 91.172 libros publicados; 64.563 (70,8%) de ellos en papel y 26.609 (29%,2) en formatos digitales.

Casi veinte años después, las cifras de la industria editorial en el mundo, y también en Chile, muestran cuán equivocadas eran esas predicciones que atemorizaron a los amantes del libro físico

Pese a que las cifras son inferiores, según los datos de ISBN que entrega la Cámara Chilena del Libro, en nuestro país la relación entre ambos formatos es similar a la de España, e incluso más favorable al papel: en 2025 se registraron 10.376 títulos, de los cuales 2.298 corresponden a ebooks y otros formatos electrónicos, lo que equivale a un 22% del total, frente al 78% de textos impresos. “El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor“, argumentaba Umberto Eco sobre el libro en papel.

Se ve que hasta ahora nada lo ha superado. Y de ello dan fe los lectores y, sobre todo, los escritores: nada se compara con la materialidad del libro, con recibir las primeras copias impresas y el nombre propio en la portada. Hoy, ambos formatos conviven amistosamente, y juntos se enfrentan a una nueva amenaza. La inteligencia artificial que tanto nos inquieta y desafía en estos tiempos se nutre de lo creado por el ser humano, lo que ha generado un gran debate respecto de la propiedad intelectual de los libros. Son varios los autores que han denunciado el uso de sus obras sin autorización por parte de las empresas que entrenan estos modelos y para los cuales recurren a enormes cantidades de todo tipo de textos. La discusión está en pleno desarrollo en nuestro país y en el mundo, y los legisladores deben hacerse cargo.

Mientras esto ocurre, El Diario, de Cataluña, sorprende con un titular que ejemplifica dramáticamente esta realidad: “La misteriosa empresa que compra libros viejos para entrenar a la IA y los destruye”. Se trata, dice la nota, de una compañía canadiense que “ha irrumpido en librerías de todo el mundo comprando miles de ejemplares sin recorrido comercial. Los libreros denuncian que su objetivo es alimentar un algoritmo y deshacerse de los volúmenes“. En tiempos de la IA, la seducción del libro impreso puede ser fatal.