• Por Cristofer Rodríguez
  • Profesor de Historia y magíster en Historia de Chile Contemporáneo. Crítico musical en Rockaxis, La Tercera, Nación Rock y Artefacto. Es coautor del libro 200 discos de rock chileno y autor de Con el corazón aquí y ¿Quién mató a Gaete?

Idea propia

Nueva escena chilena: sentir las voces

La aparición de lo que muchos llaman la “nueva escena chilena” plantea una pregunta relevante: ¿estamos frente a una verdadera renovación del rock chileno? La respuesta es afirmativa. No es posible negar que las aguas del rock nacional se están moviendo.

Sin embargo, esta apreciación merece algunos matices. Más que un regreso de las guitarras eléctricas o un relevo generacional, lo que ocurre es la emergencia de una nueva sensibilidad cultural, una forma distinta de relacionarse con la industria musical y una actualización de la manera de imaginar lo chileno dentro de la música popular.

Para comprender este fenómeno, es necesario cuestionar dos ideas. Primero: el concepto de indie ya no refiere únicamente a la independencia económica respecto de la industria, sino también a una estética, una ética de trabajo y una identidad cultural. Segundo: esta escena no surgió de la nada. Existe una tradición de música independiente chilena que conecta a distintas generaciones y que fue creciendo como bola de nieve, tomando rasgos de distintas experiencias.

La genealogía del rock independiente en Chile puede rastrearse desde inicios de la década de los noventa y comienzos del siglo XXI, en proyectos como Supersordo, Congelador, Tobías Alcayota, Jirafa Ardiendo o Mecánica Popular, que durante décadas desarrollaron circuitos autogestionados al margen del mainstream. También está la experiencia del rock barrial de grupos como Weichafe, El Cruce y Kuervos del Sur, que congregaron audiencias en base a pulso, resistencia y conexión emocional. Un punto de inflexión vino de la mano de sellos discográficos como Quemasucabeza, Algo Records y Cazador, que impulsaron a artistas de la generación del bicentenario, como Ases Falsos, Alex Anwandter, Camila Moreno, Gepe y Dënver. Aunque mantenían ciertos códigos independientes, estos proyectos comenzaron a relacionarse con una infraestructura profesionalizada que permitía una mayor circulación. Surgió así un nuevo tipo de mainstream alternativo, más sofisticado y menos acomplejado frente al éxito comercial.

Más que un regreso de las guitarras eléctricas o un relevo generacional, es la emergencia de una nueva sensibilidad cultural

La siguiente inflexión estuvo marcada por bandas como Tus Amigos Nuevos, Planeta No, Chini and the Technicians, Amarga Marga y Niños del Cerro durante el segundo lustro de la década de 2010: una camada de bandas rotuladas bajo la etiqueta del “pop de guitarras”, influida por el indie global, los blogs musicales y las tensiones culturales de la postransición chilena. Su momento culminante llegó con Lance (2018), de Niños del Cerro, una obra que transformó la nostalgia en un relato generacional y político capaz de abrir camino a nuevos artistas.

El cambio de década nutrió a la generación Z de una nostalgia ambigua con la posdictadura chilena. Mientras gran parte del discurso político criticaba el legado neoliberal de aquella década, muchos jóvenes comenzaron a mirar con nostalgia elementos de su cultura cotidiana: MTV, los malls, los fotologs, el internet precario y las tocatas pequeñas. Esa sensibilidad, atravesada por la melancolía, la ansiedad y el desencanto, se intensificó con el estallido social y la pandemia. A ello se sumaron factores como el regreso de Los Bunkers y de Los Tres, así como la celebración de los 60 años de Los Jaivas, que contribuyeron a acercar nuevas audiencias al rock chileno. Desde abajo y por los márgenes (espacios autogestionados -Centro Cultural Rojas Magallanes-, sellos independientes -Casata, Registro Móvil-, medios especializados –Nueva Escena, Insectario– y comunidades virtuales -RYM, Discord-), comenzó a fraguarse la Nueva Escena Chilena. Más que construir un mercado, consolidaban una comunidad. En este contexto surgieron nombres como Déjenme Dormir, Estoy Bien, Fonosida, Floresalegria y Chini.png. El punto de madurez se alcanzó en 2025, con los discos La brea, de Hesse Kassel, y Deseo, carne y voluntad, de Candelabro, trabajos que destacan por articular una identidad chilena sin recurrir al folclorismo. En sus canciones conviven la ciudad, la precariedad, la ironía, la ansiedad de clase media, el deseo, las referencias digitales y la memoria emocional.

Si el rock independiente siempre estuvo ahí, y el rock de trazos duros jamás dejó de resistir y sonar, ¿qué tiene de nuevo esta escena, además de su perfil etario y base sociocultural? A diferencia de los grupos que construyeron el rock independiente desde la década de 1990, las bandas actuales cuentan con legitimidad cultural, atención mediática, circulación internacional y una conversación pública más amplia: una escena que está lejos de ser homogénea, de una diversidad poco común. Es, también, una generación de nuevos auditores jóvenes, que volvieron a volcar su interés en el lenguaje de las guitarras por sobre la música urbana.

Se trata de un fenómeno construido sobre décadas de aprendizaje, que ha logrado conectar artistas, públicos y crítica especializada, y que hoy enfrenta desafíos de cara a su consolidación. Por ello, corresponde observar su evolución con entusiasmo y cautela. Lo que ya han conseguido grupos como Candelabro, Chini.png y Hesse Kassel es suficiente para considerarlo uno de los momentos más interesantes de la música chilena reciente. Enhorabuena.