• Por Magdalena Garcés
  • Psicóloga UC y doctora en Psicología por la Universidad Diego Portales. Académica de la Escuela de Psicología UC. Directora del Diplomado en Salud Mental y Bienestar Psicosocial en el Trabajo de la UC

Idea propia

¿Quién nos robó el primer semestre?

Durante marzo nos repetimos una consigna reparadora: “Marzo es así, hay que sobrevivirlo“. Lo tratamos como una anomalía del calendario laboral –un mes que concentra todos los comienzos al mismo tiempo–. Ahora, con la mitad del año detrás, hacemos el mismo gesto: esperamos que el segundo semestre sea distinto. Marzo, entonces, nunca fue el villano.

Marzo fue el espejo. Lo que allí se hizo visible no es un accidente estacional, sino el modo de vida de una sociedad que ha hecho de la velocidad su principio organizador. El sociólogo alemán Hartmut Rosa lleva más de dos décadas describiendo este fenómeno bajo el nombre de aceleración social: una articulación entre aceleración técnica, aceleración del cambio social y aceleración del ritmo de vida que termina dando forma a la experiencia subjetiva de que el tiempo no alcanza.

La promesa moderna era la contraria. Cada innovación tecnológica prometía liberarnos. Sin embargo, la paradoja no es un error del sistema: es su lógica. Hoy no solo trabajamos más, sino que trabajamos más rápido, con más demandas simultáneas y con menos tiempo para pensar, conversar, aprender o detenernos. La hiperproductividad se ha instalado.

El costo de este régimen temporal no se reduce al cansancio. La alienación contemporánea es una relación muda con el mundo: hacemos muchas cosas, pero nada nos toca.

Frente a esa alienación, Rosa opone un concepto central: la resonancia. Una relación de resonancia es aquella en la que algo —una persona, un texto, un paisaje, una tarea— nos afecta y, a la vez, respondemos desde una transformación propia. No se trata de mera conexión ni de satisfacción pasajera. Es una modalidad del estar en el mundo que requiere, sin excepción, tiempo.

Tampoco conviene idealizar el pasado. El problema no es la velocidad: es el carácter obligatorio, irreflexivo, permanente y sistémico de la velocidad hoy. Lo que deberíamos poder discutir colectivamente es qué ritmos elegimos, para qué y a costa de qué. Pero aquí reside la trampa: la aceleración nos ha robado las condiciones para esa discusión. En este punto, la dimensión política del diagnóstico se vuelve ineludible. Las sociedades contemporáneas han cambiado profundamente en las últimas décadas, sin que esa transformación haya sido objeto de un debate democrático real. El resultado es una metamorfosis civilizatoria sin sujeto: un cambio social que nadie votó.

Hoy no solo trabajamos más, sino que trabajamos más rápido, con más demandas simultáneas y con menos tiempo para pensar, conversar, aprender o detenernos

En el mundo del trabajo chileno, este proceso tiene expresiones nítidas. La intensificación de las exigencias, la gestión algorítmica de tareas y la normalización del “estar disponible”. Mientras tanto, los indicadores de malestar psicosocial crecen año a año.

Entonces, parafraseando a Sabina con su mes de abril, podemos plantear: “¿Quién nos robó el primer semestre?”. Lo que nos roba el tiempo es una configuración social completa que ha elevado la velocidad a virtud cardinal y que carece, por diseño, de espacios para preguntarse si esa virtud nos conviene.

Habitar el segundo semestre exige recuperar la reflexividad colectiva: pensar qué estamos haciendo con nuestro tiempo, qué relaciones con el mundo queremos sostener y qué formas de organización del trabajo estamos dispuestos a tolerar. Antes de que llegue diciembre y volvamos a preguntarnos por qué otro semestre “pasó volando”.