
Carlos Granés: Delirios latinoamericanos
Corrientes culturales, políticas e ideológicas han dado forma a la América Latina que conocemos hoy. Una compleja realidad que el autor colombiano Carlos Granés se atrevió a retratar, de manera brillante, en su último libro Delirio americano: Una historia cultural y política de América Latina.
El ensayista bogotano (1975) sitúa su obra justo en el punto donde los artistas e intelectuales se vinculan con la política, tendencia muy propia de esta región, y tan útil para inspirar revoluciones como para respaldar dictaduras o alentar populismos. Todo marcado por “un afán desmedido por lo ideal, lo inalcanzable, la utopía”. Si la palabra delirio aparece en el título de su último libro es porque, con ironía, Granés describe cómo las fantasías de los artistas, tan seductoras cuando circulan por la poesía, la música o la pintura, pueden ser catastróficas al instalarse en los idearios políticos. Es una tradición que atraviesa todas las Américas, desde el peronismo argentino por el sur hasta el PRI de México por el norte, con resultados que, en más de un sentido, según el autor, han resultado frustrantes.
Todo lo describe Granés en este largo y brillante texto, como un juego insensato y vibrante que se expresa en un escenario político que, al cabo de un siglo largo, parece desolador. Siempre inferior a los recursos naturales y humanos, siempre inferior a las expectativas.
Aunque Granés sitúa su relato entre dos muertes cubanas y más recientes, las de José Martí y Fidel Castro, todo sugiere que el proceso tiene raíces aún más hondas y que, claramente, ayudan a entender mejor el actual momento de la región.
—Al leer tu libro uno tiene la sensación de que desde las cartas de Colón ya surge una visión paradisíaca de América, muy de realismo mágico, más cerca de lo maravilloso que de lo real, lo que lastraría a la política en la región: ¿Crees que ahí comienza nuestro desorden institucional, poco realista?
—Es cierto, desde que Colón pisa tierra americana ya piensa en el Paraíso, la imagen del Edén, y eso les pasó a muchos que aquí proyectaron sus fantasías. Esa reacción fue asumida después por nosotros, epicentro de los sueños más utópicos imaginables, y así América se transformó en el suelo propicio de todo lo que había fracasado allá, como el cristianismo primitivo auténtico o la revolución socialista. Como que aquí sí podía suceder toda idea que no llegó a cuajar allá, y se reciclan porque acá sí pueden fructificar. Eso es una condena de la que los americanos todavía no nos emancipamos.
—¿Las independencias americanas, coetáneas con el romanticismo, también contribuyeron a aportar unos imaginarios más pasionales que racionales, de épicas muy emocionales?
—En efecto, las independencias americanas estuvieron carburadas por el pensamiento romántico, el que estimulaba proyectos descomunales, dar la vida, dar la sangre. El gran proyecto latinoamericanista fue entonces la Patria Grande, la unidad de todos, otra utopía desmentida por la realidad, los caudillismos, los nacionalismos. América, que estaba unida por la Colonia, no logra permanecer como tal y comienza el fracaso de unas utopías que serán derrotadas por los nacionalismos que multiplicaron las banderas y las fronteras.
—En Chile fue fuerte la visión unitaria de Vicuña Mackenna, que incluso atrae a Rubén Darío, pero su sueño de una América Latina unida no logra entrar al siglo XX.
—El pensamiento de Vicuña Mackenna, como el de otros del siglo XIX, choca con el de 1898 cuando se pierde Puerto Rico y Cuba se vuelve dependiente de Estados Unidos. Ahí se inicia la búsqueda identitaria, patriótica e idealista, mística y poética que, según los de entonces, nos diferenciaría moralmente del sajón, mediocre y materialista, sumido en la medianía y sin épica. Es también la derrota de las abstracciones intelectuales porque, de paso, y eso es grave, nos alejamos de la democracia liberal y sajona. Como si hubiéramos nacido para algo mejor que eso.
—Irlanda, que padecía de un síndrome similar respecto de Inglaterra, parece haber superado ese complejo de víctima…
—Irlanda combinó una tradición creativa fabulosa, de clásicos occidentales, con una innovación económica bastante arriesgada, y así logró generar una cierta equivalencia entre lo económico y lo cultural. Aquí, en cambio, seguimos inhalando odios y cada vez que hay problemas se agitan las banderas y todo se desvía. Lo que nos condena es la falta de autocrítica, el exaltar los ánimos patrioteros, ese tipo de fantasmas.
—Tú te detienes en los políticos, el PRI mexicano, el APRA peruano, el peronismo argentino, grandes proyectos que, consideras, no han sido exitosos. Sin embargo, pareciera que seducen igual que siempre, que no han sido superados.
—Son tradiciones larguísimas que tienen ciertos tics políticos e intelectuales que se remontan a antes del 1900. Un ejemplo son los arielistas en la línea de José Enrique Rodó, los que decididamente descartan la democracia sajona. Buscan democracias “latinas” y hablan de Francia como ejemplo, pero detrás de la no dependencia como ideal de pureza subyace una exaltación naturalista, un modelo cerrilmente nacionalista, feroz, que a veces es derechista, otras izquierdista o incluso se viste de militar con grandeza vernácula o también de caudillo popular que emancipará a la patria de Estados Unidos, de las élites, del capitalismo. Perón usa esas dos caras muy hábilmente; para unos era el militar que ponía orden, un freno al comunismo, y a los otros les decía que los descamisados estaban quedando libres del capitalismo, de Estados Unidos y de Inglaterra. Todo a un grado tal, que tuvo a su servicio a guerrillas y también a paramilitares.
—Hasta que surge el modelo cubano…
—En Cuba se repite el mismo modelo, Castro es un contraintelectual, un hombre de acción. No era de izquierda, sino del nacionalismo popular caribeño. Él está entre los que se levantan contra todas las dictaduras de Centroamérica y el Caribe. Logra tumbar solo una en ese tablero, pero planeó desembarcar en otras islas para derribar otras. Es un caudillo triunfante que después acaricia la idea de quedarse en el poder y para ello interviene el Poder Judicial y pervierte el ideal democrático. Es la torpe intervención de Kennedy la que lo empuja al comunismo, e incluso hay historiadores que dudan que haya sido realmente comunista. Era más bien idealista, quijotesco, místico, autoritario, aunque el socialismo le daba una estructura. El Che Guevara y su hermano Raúl sí eran marxistas, pero él andaba en otra, se inscribe en la tradición de los utopistas, la nación perfecta purificada de todos los vicios frente a Estados Unidos que sería la encarnación del mal. Es una presentación feroz, que le viene más del guerrero jesuita que del militante comunista. Su formación venía del arielismo, del sandinismo, de la Revolución Mexicana, esos eran sus referentes. Además, siempre desconfió del comunismo cubano.
—Una y otra vez, la democracia se aleja…
—La generación de Rodó, Lugones, Darío, Martí, la despreció por considerarla de poco vuelo, extranjera, poco arraigada. Las vanguardias también la despreciaron por decimonónica, anacrónica, inútil ante el dinamismo, la tecnología del siglo XX; los poetas estuvieron con Marinetti o con los rusos. Vicente Huidobro es un ejemplo, dijo que la democracia es un colchón de papeles inútiles; ante un siglo XX vertiginoso la respuesta tenía que venir de otro lado. En los años 20 y 30 las ideas son muy radicales, como el fascismo a lo Mussolini, una épica de energía transformadora que se veía lejos de la democracia.
Pensar Latinoamérica
Granés es doctor en Antropología Social por la Universidad Complutense de Madrid y luego becado en la de Berkeley –donde obtuvo un Premio Extraordinario–. Ha sido colaborador de revistas fundamentales en la región como Letras Libres y sus libros lo han convertido en uno de los pensadores más lúcidos en América Latina y sobre ella. Destacan textos como Salvajes de una nueva época (2015), que se refiere a los cruces entre cultura, política y economía. Su formación le permite introducir y perfilar a grandes figuras latinoamericanas: Rodó y Martí, Darío y Neruda, Vallejo y Huidobro, la Mistral y los muralistas mexicanos, y de ahí en adelante hasta Paz o García Márquez y Vargas Llosa.
LOS TIEMPOS QUE SE VIENEN
Ha pasado un siglo desde entonces, pero para Granés –según da ordenada cuenta en su volumen de más de 600 páginas– esas tendencias siguen perfectamente vivas en el presente.
—Con esa tradición de revolucionarios, dictadores y populistas, ¿cómo percibes el futuro de la región? El resultado parece ser más bien frustrante.
—Todavía nos dejamos embelesar por el cambio radical, con el caudillo que refunda y cambia la historia, que hace la historia; no se trata de hacer política, sino de hacer historia. Al caudillo le molestan las minorías y la oposición a la hora de elevar el vuelo hacia la gran utopía donde “tenemos que estar”. Sigue vivo todo esto. Petro quiere cambiar la historia de Colombia, AMLO quiere ser un hito histórico fundamental en la de México, el propio Bukele en El Salvador con sus promesas tan futuristas como las de las vanguardias de los años 20, pero ahora en el paraíso de las criptomonedas, la ciudad ideal… Todo eso nos sigue contaminando y sigue seduciendo al electorado.
—Por más de un siglo, artistas e intelectuales han alzado la figura del indígena como aglutinante y fundacional ¿Qué piensas de esa búsqueda indigenista?
—Estas reivindicaciones parten muy nobles, reivindican a sectores marginales no representados, una realidad frente a la cual hay que hacer algo, pero se van al extremo opuesto: la idea de que cada colectivo requiere una jurisdicción especial para poder ser parte de la ciudadanía. Luego viene la justicia con sesgo de género y así en adelante hasta que no hay igualdad ante la ley. La plurinacionalidad es síntoma del fracaso de otras utopías, la de Rodó y la comunidad latinoamericana que ahora queda lejísimos cuando ni siquiera los distintos sectores de cada país pueden unirse porque se dividen en muchas naciones. Fracasó la ciudadanía común, la comunidad nacional. No sé en qué terminará Bolivia, que está más adelantada en esa dirección, con razas y etnias crecientes, con grupos que no se ven reflejados en los contenidos de la modernidad occidental y su democracia.

Referente cultural. Carlos Granés ha dado conferencias sobre literatura y arte en universidades e instituciones culturales de Colombia, España y Argelia. En 2011, publicó El puño invisible, por el cual recibió el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco.
—¿Ves surgir un futuro polarizado, de sociedades más divididas?
—Es una fuertísima polarización social la que vemos en Colombia y en Chile, que parecían países con democracias intelectuales, republicanas, sólidas. Ahora, en parte por la pandemia y por la falta de renovación de los modelos de los años 90, vienen estos estallidos fuertísimos en ambos. Es algo que sorprende. Desde el exterior, no parecía que Chile iba a necesitar una nueva Constitución o Colombia, y terminan debiendo elegir entre dos formas de populismo. También en Perú, entre Keiko y Sergio Castillo, un populismo autoritario, antidemocrático, neoliberal o uno vernáculo con inclusión de la sierra olvidada. Bolsonaro frente a Lula, Evo Morales y la expresidenta Añez, en todos aparecen dos mundos distintos que no dialogan. Incluso en Costa Rica, el país siempre excepcional.
—Finalmente, tú pareces considerar más culpables a los artistas e intelectuales que a los políticos…
—Es que son ellos los que han animado a los demás, con una irresponsabilidad tremenda, como el mismo William Ospina defendiendo a los populismos más radicales –el de Rodolfo Hernández– supuestamente a favor de las clases populares, cuando estas son las primeras en caer cuando las utopías se difuminan. Cuesta pensar en reformas sensatas, que se vayan resolviendo de una en una.
Granés se despide, reflejado en la pantalla. Venía de un almuerzo editorial largo y ahora se le viene la noche madrileña (reside en España), con un clima que invita a la calle. Comentamos que allá, al menos, todos somos uno. Como antes de la Independencia. Da lo mismo ser colombiano o chileno, andino serrano o gaucho pampero, negro caribeño o indio de la Guajira. Allá cada uno es, simplemente, un latinoamericano.
Nos viene bien esa sensación integradora, porque desde allá se ven absurdas las divisiones “cerriles y feroces”, como las llama Granés, las que nos tienen atrapados hace más de dos siglos. Dan ganas de seguir conversando, parece tan fácil y fluido, ser dos latinoamericanos que hablan de una misma historia y cultura.