Una cristiana en medio de la guerra
La argentina Ximena Rodrigo lleva una década en la ciudad de Alepo, en Siria. En las calles polvorientas que quedan, entre bombazo y bombazo, ha visto lo peor de este conflicto bélico, que ella afirma ha sido creado y provocado desde un escritorio. Como representante de los cristianos perseguidos en esa nación, es portadora de un mensaje potente de convicción y fe: “Aquí el único vivo es el que sabe elegir bien lo que viene después de la muerte”.
Alepo. Marzo de 2011. Estalla el conflicto. “Yo recuerdo que las primeras semanas estuvimos encerrados con toque de queda, bombardeos, cañonazos y tiros. De vez en cuando entraba alguna bala por la ventana. Dormíamos en los sótanos y las semanas se hicieron meses y los meses se convirtieron en años en esta misma situación. Lamentablemente, uno se acostumbra a las bombas. Se habitúa a dormir con las explosiones y a llevar adelante la vida cotidiana como se pueda. Porque la guerra es en plena ciudad y no es entre los ejércitos, en el campo, como en las películas. Uno no sabe si regresa. Cuando una madre sale a comprar pan o un niño va al colegio se despide de su familia, porque no sabe si volverá. Los barrios cristianos son los más castigados y no hay ningún lugar seguro en toda la ciudad”.
La contundencia de estas palabras hace que el silencio recorra el Salón Irarrázaval de la Universidad Católica. Probablemente ninguno de los asistentes a este seminario ha estado en la guerra. Lo más cercano a ella es a través de una pantalla. Imposible dimensionar vivir en este ambiente. Es algo desolador.
El lugar está repleto de personas interesadas en conocer el mensaje de la argentina Ximena Rodrigo (43), más conocida como la hermana María Guadalupe, nombre que eligió cuando entró a la Congregación Instituto del Verbo Encarnado a los 18 años y con el que busca honrar a la Virgen mexicana del mismo nombre. Esta religiosa ha adquirido notoriedad al ser una vocera de los cristianos perseguidos en Siria y de la situación que hoy en día se vive en Alepo.
“Nosotros experimentamos cómo la fe se fortalece y la esperanza se aviva en esas circunstancias. No es una esperanza humana, sino una del cielo. Todo esto tiene un sentido, no se trata de morir por morir, sino morir de amor por Jesucristo”.
Al buscarla en YouTube, se despliegan más de 30 mil videos en los que cuenta su testimonio, en diferentes países y medios de comunicación.
Su experiencia es límite. No ha estado una, sino varias veces cerca de la muerte: “A la una de la tarde yo estaba a punto de salir a la terraza del edificio para lavar la ropa. En ese momento, uno de los sacerdotes me llamó desde el piso de abajo y le dije: ‘Padre, en dos minutos. Espéreme’. Pero él insistió. Y con santa obediencia, cerré la puerta y bajé unos pasos hasta donde estaba el sacerdote y cayó un misil. Probablemente, si hubiese llegado a la terraza no estaría contándoles esta historia”. Así, con la profundidad de quien agradece estar vivo, replica su mensaje de valentía y coraje ante diversas audiencias. Quiere que todo el mundo sepa qué significa hoy ser cristiano en Siria.
EN LOS ESCOMBROS DE UNA CIUDAD
Es argentina e hincha de San Lorenzo, igual que el Papa Francisco. Alguna vez le gustó Cerati, aunque nunca como para declararse su fan, pues siempre prefirió la música coral. Ha vivido en contextos bélicos por más de 10 años, los últimos cuatro en Alepo, ciudad tristemente conocida por ser símbolo de la guerra. La misma donde vivía Omran Daqneesh, el niño de cinco años rescatado de un bombardeo y que se convirtió en un ícono mundial del horror en Siria.
Llegó a la UC acompañada de cinco hermanas de la congregación. A simple vista todas se le parecían: delgadas, con cofia azulina, una especie de pechera del mismo color y, bajo ella, un hábito gris. Entre ese grupo de mujeres, emergió Ximena. De apariencia frágil, su semblante denota cansancio. Sin embargo, esta impresión desaparece después de escuchar el vigor de sus palabras.
En medio de Occidente, relató los horrores que vivió en Oriente. Como en otras oportunidades, estuvo casi una hora contando detalles sobre su vida en Alepo, lugar al que llegó el año 2011 para recuperarse del pesado trabajo de misión. Durante nueve años fue la Provincial, es decir, la superiora regional que tenía que visitar las distintas misiones en los países donde la congregación estaba presente, siete entonces. Los viajes que debía realizar por su cargo fueron debilitando su salud y pidió partir a Siria, una ciudad donde la convivencia entre musulmanes y cristianos estaba garantizada. Era inimaginable pensar que, un par de años después, las calles de la ciudad se convertirían en postales polvorientas de escombros, basura y residuos.
Testigo del sufrimiento. En la foto, la hermana visita a uno de los miles de heridos que ha provocado este conflicto. Esta es parte de las labores que la religiosa realiza en ese país.
“NO TOCAR, ES CRISTIANO”
En su discurso, acusó manipulación de información por parte de las autoridades y de la prensa mundial acerca de la situación de la ciudad.
Según María Guadalupe, la guerra en Alepo no surgió en la calle, en medio de demandas populares, sino que fue planeada y provocada en un escritorio. Asociaciones terroristas externas habrían impulsado a grupos opositores al gobierno. “Tenemos una residencia para estudiantes universitarios en el obispado. En esta vivimos con jóvenes provenientes de los pueblos del sur donde se iniciaron las protestas. Mientras la televisión mostraba que los sirios ‘pacíficamente’ salían a la calle pidiendo democracia, los familiares de nuestros estudiantes contaban que habían visto ingresar a grupos armados a los pueblos. Hablaban otros dialectos y provocaban disturbios en las calles, descuartizando a varios cristianos, colocándolos en bolsas de basura en un contenedor de la calle con un cartel que decía ‘No tocar, es cristiano’”, relató.
La religiosa no descartó la existencia de comunidades minoritarias que pedían otra forma de gobierno, pero esas solicitudes habrían quedado anuladas y asfixiadas por los terroristas. A raíz de esto es que muchos de los habitantes de Alepo salieron a manifestarse a las calles de la ciudad y de Damasco, con el objeto de apoyar al gobierno. Sin embargo, según lo que vio la religiosa, más tarde en la televisión se diría que aquellos que marchaban eran los mismos que se manifestaban en contra del gobierno, es decir, exactamente lo contrario a lo que hacían. “Ustedes podrán imaginarse entonces el sufrimiento que ha significado todos estos años para el pueblo sirio, no solo sentir el abandono y que Occidente les haya dado la espalda, sino que además pongan en boca del pueblo algo que no es su voluntad”, contó la religiosa a una audiencia enmudecida.
“En Occidente se vive tan entretenido y distraído en tantas cosas, que la verdad es que añoro esa existencia verdadera (en Alepo), donde la gente se pregunta si su alma está preparada para la muerte”.
Es por ello que los obispos católicos en Siria, Irak y Líbano han denunciado la necesidad de que naciones externas dejen de financiar la compra de armas y de petróleo, y den fin a las intervenciones unilaterales. El gobierno, dijeron, fue legítimamente elegido por el pueblo y, además, reconocido por la comunidad internacional. Asimismo, solicitaron a la Unión Europea levantar un embargo que tiene en la región desde 2011 y que, según una declaración pública que ha circulado por los portales internacionales, mantiene a Siria en una situación desesperada: sin alimentos, con un alto desempleo, con racionamientos de agua y electricidad, y con una evidente incapacidad para la atención médica.
“Los obispos de Siria responden: ‘No hay rebeldes moderados. Dejen de mandarles armas. No los hay’”, ha dicho Luis Montes, sacerdote misionero en Irak, cuando se le ha consultado al respecto.
Una mujer valiente. Ximena Rodrigo ha visitado varios países entregando un relato de fe y valentía. En la imagen, durante su visita reciente a la Universidad Católica, ante una audiencia enmudecida por la crudeza de sus palabras.
LA FAMILIA DE OCCIDENTE
“Tengo hambre, quiero un chocolate”, le dijo Santiago a su tía María Guadalupe mientras ella pasaba una breve temporada en Argentina. “Acordate de los niños en Siria. A veces no tienen nada para comer. Acordate cómo viven y sufren. ¿No querés ofrecer algo por ellos?”, respondió ella. Al rato, el niño de cuatro años volvió y le comunicó a su papá y al resto de la familia que nunca más iba a volver a comer chocolate, por el resto de su vida. Así tendría algo para ofrecer por la causa.
La partida de Ximena afectó a toda la familia: a sus cuatro hermanos, 16 sobrinos y a sus padres. Los cercanos a los Rodrigo saben que tienen una pariente inserta en un duro contexto de guerra hace años. Sin embargo, el clan lo ha asumido como parte del panorama, igual que la propia María Guadalupe.
Entre los casos que nombra durante sus discursos que realiza en iglesias, universidades y colegios destaca el de Amali y su hijo Naom. Hace unos años ambos estaban en un hospital en Alepo, debido a una operación sencilla que había que realizarle al joven. Luego de la intervención, y mientras ambos esperaban el alta médica, cerca del recinto cayó un proyectil que hizo temblar el edificio.
El hijo pidió a la madre que fuera a buscar ayuda. Mientras ella cumplía la misión, un segundo proyectil explotó en el hospital, despedazando el cuerpo de Naom y el de una veintena de pacientes. Ella todavía lo llora, aunque cree que su hijo ya estaba preparado para enfrentar la muerte. “Mamá, no tengas miedo de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, solía decirle en vida para tranquilizarla.
Por este tipo de atentados es que en Argentina la familia de María Guadalupe está acostumbrada a que los cercanos pregunten por ella. “¿No te da miedo que tu hija esté lejos y que muera cualquiera de estos días?”, son las preguntas que les hacen. “¿Y a ustedes no les preocupa que sus hijos salgan los fines de semana, que lleguen en la mañana borrachos o drogados y quizás haciendo qué y con quién? ¿No les preocupa que estén muertos en el alma?”, suelen responder.
Labor apostólica. En la imagen junto a los jóvenes con los que trabaja en Alepo. En ese lugar, desarrolla diversas labores en una residencia para estudiantes universitarios del obispado, además de trabajar con niños y enfermos afectados por la guerra.
ESPERANZA CELESTIAL
Luego de exponer ante la numerosa audiencia en la UC, se deja retratar en el Patio Juan Pablo II de la universidad para esta entrevista. Ahí, entremedio de jóvenes que almuerzan o estudian en paz, se da el espacio para reflexionar sobre la persecución a los cristianos y la propia muerte.
—¿Cómo mantiene la esperanza? ¿Usted no se cansa?
—Al contrario. Nosotros experimentamos cómo la fe se fortalece y la esperanza se aviva en esas circunstancias. No es una esperanza humana, sino una del cielo. Todo esto tiene un sentido. No se trata de morir por morir, sino morir de amor por Jesucristo.
—Suena como un cristianismo bastante excepcional…
—En realidad que eso puede pasar: que, cuando se cuenta la situación de los cristianos allá, se los vea como excepcionales. Lo cierto es que están viviendo el Evangelio de la misma forma que en Occidente. Acá, la persecución a ellos y a la Iglesia es incruenta, más sutil, pero hay acoso por parte de las leyes y de los medios de comunicación. (…) Los cristianos, ciertamente, la están pasando muy mal, pero están dando el testimonio supremo de fe. Les digo sinceramente: cuando a mí me dicen “Pobre gente, lo que está viviendo en Alepo”, pienso qué privilegiados son, porque saben cuál es la única razón por la que uno tiene que estar dispuesto a vivir o a morir. Ellos ya han hecho su elección definitiva, que es Jesucristo. Cueste lo que cueste. Y tienen el cielo asegurado. Nuestros jóvenes dicen en la parroquia: “Que entren los rebeldes, que tomen la ciudad y que me corten la cabeza, porque no dejaremos de ser cristianos y el cielo no me lo quitan”. (…) Aquí, el único vivo es el que sabe elegir bien lo que viene después de la muerte. Por eso viven así.
Actualmente, la religiosa se encuentra por un breve período en Argentina. Ahí está acompañando a su padre, enfermo hace algunos meses. En su país de origen, le ha tocado ver esa cultura nihilista que tanto detesta.
—¿Extraña Alepo?
—¡Por supuesto que sí! Me gustaría estar allá. Pienso mucho en ellos, todos los días. Me mantengo en un contacto permanente con las hermanas y las familias. En Occidente, se vive tan entretenido y distraído en tantas cosas, que la verdad es que añoro esa existencia verdadera, donde la gente se pregunta si su alma está preparada para la muerte.
—Pero en ese lugar usted también puede morirse.
—Sí, pero eso es parte del programa.