Chile-Bolivia: una relación que abre oportunidades
Una cita con alguien “completamente nuevo” tras un quiebre amoroso del que las partes salieron trasquiladas. Así es como Rafael Archondo, analista boliviano, describe el estado actual de las relaciones Santiago-La Paz. Según Archondo, doctor en Investigación Social con especialización en Ciencia Política, las heridas infligidas mutuamente durante los juicios ante la Corte Internacional de Justicia, llevados a cabo entre 2013 y 2018 a partir de la demanda marítima de Bolivia, habrían quedado definitivamente atrás. A su juicio, esto allana el terreno para un entendimiento constructivo.
-Es como si volviéramos a encontrarnos y nos viéramos el uno al otro como personas nuevas -dice el especialista desde México, donde está radicado-. Esta situación permite pensar que el proceso se puede resetear y que una relación distinta, basada en determinados principios, es posible.
El académico advierte, eso sí, que la expectativa boliviana sobre un acceso soberano al mar no desaparecerá del todo, sino que, más bien, dejará de ser prioritaria.
-Por primera vez, en Bolivia existe la posibilidad de descartar ese punto. No olvidando el tema del mar; sí dejándolo entre paréntesis. Ahora habrá una mayor libertad para manejar los asuntos concretos de la relación bilateral, como la infraestructura caminera y ferroviaria, la migración y, principalmente desde Kast, el control de la frontera.
Esa relación bilateral lleva décadas recorriendo un camino accidentado. En 1964, el presidente boliviano Víctor Paz interrumpió las relaciones diplomáticas con Chile debido al poco avance en las negociaciones marítimas. Durante la década siguiente, los generales Banzer y Pinochet intentaron destrabar el diferendo, sin éxito. Ya en el siglo XXI, el ascenso al poder del líder cocalero Evo Morales inauguró un nuevo capítulo de crispación intermitente entre ambas naciones.
Pero hoy las condiciones cambiaron, aseguran los expertos. El 8 de noviembre de 2025, el centrista Rodrigo Paz -sobrino nieto de Víctor Paz e hijo de Jaime Paz, otro expresidente de Bolivia- pasó a ocupar el sillón del Palacio Quemado. Apenas cuatro meses después, el 11 de marzo de este año, José Antonio Kast se convirtió en el nuevo inquilino de La Moneda. En una alineación asociada al ascenso global de las derechas y al desgaste del progresismo regional, asumieron dos gobiernos que transitan la misma órbita ideológica o que, al menos, se oponen al ciclo político inmediatamente anterior en sus respectivas sociedades.
-Lo veo con optimismo -agrega Rafael Archondo-. Se trata de dos grupos políticos que no tuvieron mucho que hacer en los litigios marítimos y que están renovando la política en cada uno de los países.
“Por primera vez, en Bolivia existe la posibilidad de descartar ese punto. No olvidando el tema del mar; sí dejándolo entre paréntesis. Ahora habrá una mayor libertad para manejar los asuntos concretos de la relación bilateral, como la infraestructura caminera y ferroviaria, la migración y, principalmente desde Kast, el control de la frontera”
Tiempos revueltos
“No habíamos tenido un momento en Sudamérica tan complicado en décadas”, plantea de entrada Loreto Correa, investigadora de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (Anepe). Lo dice a propósito de la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos en enero pasado y, en general, ante un panorama continental que define como “bastante convulso”, el cual obligaría a “entenderse a la brevedad y sin demasiadas complicaciones”.
-La agenda binacional está marcada por el tema de la seguridad, le pese o no a Bolivia -explica-. En eso, Chile tiene toda la razón en insistir, porque lo que está en juego en ambos países es la proliferación o no del crimen organizado. Sobre eso, la agenda binacional está acorde con la internacional, definida por Donald Trump. El resto es blablá.
La inserción en los desafíos regionales, inevitable en un contexto interconectado, exige “ser prácticos, concretos y con metas claras”, sugiere Correa.
-Y con un detalle funcional -añade-: sumando a Santa Cruz como la cabeza de la relación con Chile y no precisamente a La Paz, donde radica la diplomacia más reactiva y antichilena.
Además, una relación pragmática entre vecinos podría rendir frutos en el plano estratégico. Eso es lo que piensa Jannine Ullauri, titulada en Negocios y Relaciones Internacionales por la Pontificia Universidad Católica de Ecuador y coordinadora de Gestión e Investigaciones del Centro de Estudios Internacionales UC:
-El fortalecimiento del vínculo entre Chile y Bolivia podría contribuir a mejorar la articulación regional. La falta de coordinación entre los países latinoamericanos ha reducido su capacidad de influencia internacional y ha limitado la eficacia de sus respuestas frente a crisis políticas, económicas y sociales cada vez más complejas.
La fluidez en las relaciones, señala la investigadora, también surtiría efectos favorables en el bolsillo de los Estados.
-La cooperación bilateral abre oportunidades en el ámbito económico y estratégico, particularmente en el contexto de la transición energética, el creciente interés por los minerales críticos y la reconfiguración de las cadenas globales de valor. En este escenario, una coordinación más estrecha permitiría aprovechar el potencial regional en energías renovables y posicionar a ambos países en dinámicas emergentes como el nearshoring (traslado de producción u otros procesos clave a países cercanos a las empresas).
Chile y Bolivia, como tantas otras naciones, se encuentran en medio de la competencia por los sectores estratégicos entre Estados Unidos y China. Si bien Washington busca contener la influencia china “promoviendo cadenas de suministro más cercanas y confiables”, dice Ullauri, lo cierto es que las inversiones del gigante asiático superan los US$4.000 millones en Chile y los US$6.000 millones en Bolivia.
No es todo. Como el capital no es lo único que circula más allá de las lindes geográficas, cabe sumar lo que la experta denomina la “presión” migratoria regional.
-Chile se ha consolidado como como uno de los principales destinos de la migración venezolana , con 728.586 residentes, un 38% de la población extranjera. Bolivia alberga aproximadamente 13.678 migrantes venezolanos y cumple, además, un rol de país de tránsito hacia el cono sur. Frente a este escenario, Chile y Bolivia podrían diversificar alianzas internacionales, fortalecer marcos regulatorios y coordinar posiciones regionales para preservar su autonomía estratégica. Asimismo, resulta clave avanzar en una regulación migratoria más coordinada y en la cooperación en protección fronteriza, permitiendo una gestión más ordenada y segura de los flujos migratorios.
¿Una nueva relación
“La cooperación bilateral abre oportunidades en el ámbito económico y estratégico, particularmente en el contexto de la transición energética, el creciente interés por los minerales críticos y la reconfiguración de las cadenas globales de valor”, explica Jannine Ullauri, coordinadora de Gestión e Investigaciones del Centro de Estudios Internacionales UC
“La agenda binacional está marcada por el tema de la seguridad, le pese o no a Bolivia -explica-. En eso, Chile tiene toda la razón en insistir, porque lo que está en juego en ambos países es la proliferación o no del crimen organizado. Sobre eso, la agenda binacional está acorde con la internacional, definida por Donald Trump. El resto es blablá”, afirma Loreto Correa, investigadora de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos
La oportunidad
La convivencia de Chile y Bolivia podría pasar de traumática a estratégica, coinciden los analistas. Quya Reyna, escritora e investigadora aimara, sitúa en la segunda categoría “la integración energética, los corredores bioceánicos, el control compartido de recursos críticos y, sobre todo, una agenda política que priorice la interrelación social“.
Sin embargo, algo así sería posible en la medida de que se despeje “el fantasma de la Guerra del Pacífico, la asimetría de relacionamiento y el cuestionamiento hacia la migración boliviana”, enumera. El desafío, dice la comunicadora alteña, radica en el enfoque orientado hacia la seguridad nacional que “domina desde el poder en Chile”, en el cual Bolivia es parte del nudo, “ya sea por la migración o por los casos de autos robados que cruzan la frontera”.
-El problema de fondo en América Latina hoy no es que gobierne la derecha, sino que sus modelos económicos repiten sistemas de explotación económica, pero también el discurso de orden y fuerza militar –plantea la autora de la colección de crónicas Los hijos de Goni (2025)-. Hay una ola de desprestigio hacia la izquierda que le da margen al presidente chileno para normalizar prácticas como el cierre de fronteras para bolivianos o deportaciones masivas, por ejemplo. Y un gobierno como el de Rodrigo Paz en Bolivia no va a defender la dignidad de los bolivianos: su mirada, más alineada con el orden regional (porque es de derecha), tenderá a aplaudir ese tipo de medidas.
Pese a ello, existe la posibilidad cierta de que, a mediano plazo, se restablezcan los vínculos diplomáticos plenos, apuntan las fuentes consultadas para este artículo, más aún si se tiene en cuenta que a ambos gobiernos los espera un largo período sin elecciones y, por lo tanto, con pocos incentivos del “comodín” antichileno o antiboliviano tantas veces agitado a uno y otro lado de la frontera.
Sobre el mandatario boliviano, Loreto Correa señala:
-Tiene demasiadas ocupaciones como para caer en un subterfugio que nunca ha redituado de buena forma a quien lo ha usado. Pero una cosa, sí: Paz no gobierna solo, y he ahí el tema. Así que Chile debe hacer pública su política con Bolivia, ello a fin de que, si al “otro lado” insisten, podamos hacerles entrar en razón.
De cualquier manera, todo parece confirmar que la coyuntura actual presenta ribetes históricos. Quya Reyna concluye:
-Ambos países están obligados a repensarse tras el fracaso de dos modelos que no produjeron transformaciones reales: el neoliberalismo de la derecha contemporánea y el progresismo de izquierda reducido a la consigna de los derechos humanos.