• Por Nicolás Lazo Jerez
  • Periodista de Revista Universitaria

Reportaje

Fujimorismo 2.0: Perú en la pista resbaladiza

Luego de tres intentos fallidos, Keiko Fujimori –ampliamente resistida en su país e hija de un presidente que devino autócrata durante los años noventa– ganó la presidencia de Perú en junio pasado. ¿Qué hizo posible este giro de guion? ¿Qué espera a la nación andina bajo un gobierno que recuerda lo mejor y lo peor de la política local… según quien lo mire?

Las calles de Lima amanecen entre los jirones de una neblina a la que sus habitantes están acostumbrados. Si se la mira desde la altura, la ciudad tiene un aspecto de océano blanquecino. Sin embargo, no han sido horas normales por aquí. Se trata de la última jornada de una semana excepcional en la historia de Perú. Hace cinco días, el martes 28 de julio, Keiko Fujimori –la hija mayor del controvertido expresidente Alberto Fujimori– se instaló oficialmente en la Casa de Pizarro, sede del gobierno, como mandataria del país andino, la primera mujer en ocupar el cargo por medio del sufragio universal.

Fujimori hija, graduada en Administración de Empresas por la Universidad de Boston, ganó por menos de 50 mil votos al candidato de izquierda Roberto Sánchez, su contendor en el balotaje de junio, uno de los márgenes más estrechos registrados en un comicio peruano durante las últimas décadas. Se trata del capítulo más reciente de una trama de polarización y volatilidad política en la que la nación está sumida desde hace tiempo.

Nada en el ambiente sugiere que se vive una coyuntura especial. Salvo, claro, por algunos detalles. En un kiosko, junto a un tabloide que informa la buena racha de Alianza de Lima en el Torneo de Clausura, el semanario Hildebrant en su Trece –dirigido por el periodista César Hildebrant, un crítico acérrimo del fujimorismo y blanco de un plan estatal fallido para asesinarlo hace tres décadas– lanza un titular elocuente respecto a la resistencia que la nueva inquilina del palacio presidencial despierta en un sector amplio de la población: “Arrancan los viejos tiempos”.

Según los informes de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), Fujimori concentró un respaldo de más de un 60% en la circunscripción de Lima Metropolitana. El apoyo también fue contundente en la costa norte –departamentos de Piura, Lambayeque y La Libertad– y en la Amazonía, en los departamentos de Loreto y Ucayali. Los analistan coinciden en que, además de las promesas de contener al crimen organizado y reactivar la economía, la perspectiva de una mayor estabilidad política entusiasmó a una porción del electorado, aun cuando el voto de los peruanos en el extranjero fue clave en el ajustado triunfo del partido derechista Fuerza Popular.

Hacerlo mejor no parece difícil: desde 2016, ocho presidentes han intentado gobernar la República del Perú y luego han sido destituidos por el Congreso. Uno de ellos, Manuel Merino, duró cinco días.

Por lo visto, la democracia habló. Pero es más complicado:

–El fujimorismo ha estado gobernando desde el Congreso a partir de 2018, cuando lograron sacar a Pedro Pablo Kuczynski de la presidencia –dice Jacqueline Fowks, periodista y académica de la Pontificia Universidad Católica del Perú–. Ha avanzado en modificar normas para que ya no exista independencia de poderes ni la posibilidad de que un poder sea el contrapeso de otro. También fue copando instituciones en el sistema de justicia, por lo que las investigaciones sobre las violaciones de los derechos humanos no avanzan o terminan archivadas.

Esos atropellos se produjeron durante las protestas sociales contra Dina Boluarte, vicepresidenta y sucesora entre 2022 y 2025 del depuesto Pedro Castillo. También durante la administración de Fujimori padre, condenado a 25 años de prisión por su implicación en una represión desmedida del terrorismo. De ahí el interés de su movimiento, plantea Fowks, por alentar un borrón y cuenta nueva judicial.

–La posición del fujimorismo es promover la impunidad.

“El fujimorismo ha estado gobernando desde el Congreso a partir de 2018, cuando lograron sacar a Pedro Pablo Kuczynski de la presidencia”, dice Jacqueline Fowks, periodista y académica de la Pontificia Universidad Católica del Perú

Siempre adelante

Alberto Fujimori, quien murió el 11 de septiembre de 2024, gobernó Perú entre 1990 y 2000, una década en la que el país pasó de la hiperinflación y la violencia de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) a una transformación profunda de la economía y la política. Su administración estabilizó la economía mediante un programa drástico de liberalización y privatizaciones, y asestó golpes decisivos contra las organizaciones subversivas, incluyendo una espectacular captura de Abimael Guzmán, máximo líder senderista, en 1992.

Ese mismo año, el “Chino” disolvió el Parlamento, persiguió a sus opositores y concentró el poder en el Ejecutivo, lo que dio pie a un régimen crecientemente autoritario. A las graves violaciones de derechos humanos, como las matanzas en Barrios Altos y La Cantuta, se sumó un vasto esquema de corrupción articulado por su asesor Vladimiro Montesinos. La difusión de los “vladivideos”, una serie de registros de Montesinos cometiendo sobornos, precipitó la caída del gobierno en 2000 después de que Fujimori buscara un tercer mandato forzando la Constitución. Finalmente, este último renunció a la presidencia desde Japón a través de un fax.

–Keiko Fujimori tuvo que elegir si rechazar ese legado o abrazarlo –explica José Ragas, académico del Instituto de Historia UC, sobre los distintos grados de cercanía que la ahora gobernante ha adoptado respecto al fujimorismo original a lo largos de sus candidaturas de 2011, 2016, 2021 y 2026–. Esta vez, el costo menor era abrazarlo.

Ragas, nacido en Perú y doctor en Historia por la Universidad de California en Davis, señala que, si bien este movimiento sintoniza con el ascenso de las derechas radicales a escala global, “es la forma en que la derecha local se acomodó después de la Guerra Fría”. Añade que “una de sus claves consiste en cooptar a las otras derechas“, lo cual, a su vez, “muestra la debilidad de la oposición“.

A la hora de definirlo, el historiador sostiene que el fujimorismo “es un movimiento de masas, casi un culto a la personalidad” que, en ocasiones, con programas muy generales, “se dedica a defender lo que se hizo en los años noventa”.

Esa especie de nostalgia táctica, observa, contrasta con una falta de arraigo real en la historia:

–El fujimorismo es un partido nuevo que no tiene raíces históricas. Para ellos, la historia comienza el año 90. Así, no tienen que defender ninguna idea previa. Es, principalmente, moverse hacia adelante.

Nueva presidenta

Nueva presidenta

Keiko Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori, asumió como gobernante de Perú el 28 de julio pasado

Llegar a fin de mes

Los jardines de la Universidad Nacional de San Agustín, en Arequipa, se extienden apacibles bajo el sol del mediodía. Grupos de jóvenes recorren aquí y allá unos caminos de piedra perfectamente delineados. En medio de una extensión de césped, un grupo de ellos forma un círculo en torno al combate entre robots más breve del que se tenga memoria: dos segundos después del inicio, ambos artefactos –un par de paralelepípedos con ruedas– caen por el borde de un pequeño escenario.

A mediados del siglo pasado, estos mismos patios eran el panorama diario de un estudiante tristemente célebre: Manuel Rubén Abimael Guzmán, un alumno de Derecho y Filosofía que, en 1970, fundó el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso. De acuerdo con la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que investigó la violencia desatada durante el conflicto interno armado entre 1980 y 2000, Sendero causó la muerte de más de 30 mil personas. Guzmán, capturado en la denominada Operación Victoria, pasó 29 años en prisión. También murió un 11 de septiembre, pero de 2021.

La mayoría de quienes asisten a este plantel no había nacido durante el mandato de Alberto Fujimori. Para buena parte de su generación, la imagen del “Chino” se reduce a la de un anciano decrépito cuya herencia principal fue polarizar a la sociedad. Pero ello no equivale a la indiferencia. En esta región del sur del país, la hija del autócrata obtuvo apenas un 36% de los sufragios. Algo parecido ocurrió en los departamentos aledaños: una especie de bastión antifujimorista geográficamente situado.

–La propuesta de trabajo en cultura no estaba considerada, porque, antes que proponer una necesaria innovación a nuestro decadente sistema educativo, se hablaba más sobre infraestructura –dice Sebastián Alva, un estudiante de Literatura y Lingüística en la UNSA de 21 años–. Traducido al cristiano: levantar más colegios.

Alva, quien además es gestor cultural y librero, avizora un horizonte difícil:

–Los alumnos de la Universidad Nacional de San Agustín no se van a levantar porque Fujimori se haya proclamado presidenta, pese a que se lamentaron sobre ello. Tampoco lo va a hacer la población, mientras que a uno no le afecte. A ese nivel de desunidos estamos. En el sector de la cultura, los ejercicios de resistencia van a quedar en un aspecto meramente simbólico. La realidad es que estamos más ocupados buscando cómo llegar a fin de mes.

En Arequipa, al sur del país, la hija del autócrata obtuvo apenas un 36% de los sufragios. Algo parecido ocurrió en los departamentos aledaños: una especie de bastión antifujimorista geográficamente situado

Un terreno frágil

Los ciudadanos y expertos consultados para este reportaje tienden a estar de acuerdo en que la realidad doméstica de Perú obliga a un pragmatismo desmovilizador, y que ese ambiente de calma relativa favorecería las relaciones con Chile, cuyo presidente, José Antonio Kast, pertenece a la misma esfera ideológica de Keiko Fujimori.

Por otra parte, el país andino exhibe una anomalía dentro de la región: mientras el sistema político se despeñaba en 2016 y durante los años sucesivos, la economía peruana se mantenía estable, al menos en las cifras generales. ¿El motivo? La autonomía del Banco Central y la idea instalada de que los números andan bien, con la consiguiente narrativa aceptada de que “no hay que tocar el modelo”, sugiere el historiador José Ragas.

Pero la explosividad social, así como una respuesta represiva por parte del Estado, no pueden descartarse. “El fujimorismo no está acostumbrado a lidiar con el disenso de manera dialogante”, advierte Jacqueline Fowks, la periodista y académica.

Esta vez, sin embargo, habrían más mecanismos institucionales de control:

–Ahora el Congreso es bicameral, por lo que hay una mayor necesidad de espacios de consenso –dice desde Colombia Glaeldys González, analista de la organización independiente International Crisis Group–. También hay conciencia de que la mitad del país está contra el mandato, debido a la estrechez de los resultados. No se van a arriesgar a quebrar este escenario.

Con todo, Perú a veces sorprende:

–El miedo a un cierre del Congreso sigue latente –agrega González–. Estamos en un terreno bastante frágil.