• Revista Nº 160
  • Por Vicente Vásquez
  • Fotografías gentileza Techo Chile

Reportajes

Ollas comunes: la “receta solidaria”

Tal como ocurrió en los años ochenta, estas iniciativas se han masificado a lo largo de Chile. Según datos de aplicaciones móviles que buscan difundir estos proyectos y recaudar fondos, actualmente existen sobre 700 espacios de alimentación y acopio en el país. Más de la mitad de estas organizaciones vecinales residen en la Región Metropolitana, donde se ubican las comunas más afectadas por la pandemia del covid-19. Para los expertos, la sociedad civil “no es un mero prestador de servicios”.

La música ranchera suena a todo volumen. De forma constante y sin pausa, cientos de vecinos de la población  El Castillo, ubicada en la comuna de La Pintana, van al cruce de las calles El Fundador y Batallón Chacabuco. Allí se encuentra la olla común “Los Chimuelos”, representada por Alejandro Ibarra, el cocinero “en jefe”. A sus 54 años, dice estar “asustado” por el posible contagio de covid-19, dado que es hipertenso y asmático. Todo comenzó con una conversación familiar. La idea inicial era repartir mercadería, pero de repente surgió la pregunta: “¿Por qué no hacemos nosotros la comida?”, afirma Ibarra.

Se consiguieron fondos y fogones con conocidos del sector y así se fue gestando la entrega de 400 raciones de almuerzo por cinco días a la semana, que cumple tres meses de funcionamiento. Desde entonces, son 14 familiares que se organizan y trabajan en conjunto. “Aquí nadie manda a nadie, cada uno sabe lo que tiene que hacer”, menciona. Además de recibir gente en los toldos higienizados y forrados con nylon, la familia de “Alejo”, como le dicen sus cercanos, sale en un furgón escolar pintado de azul a repartir colaciones en recipientes de plumavit.

Ibarra calcula que actualmente llevan comida a diecisiete familias que están contagiadas y en cuarentena “Estoy luchando por esto, que la gente que está contagiada no salga a la calle porque depende de nosotros, los que estamos bien, ayudarlos a que tengan su comida”, declara el líder de “Los Chimuelos”. El cocinero participa de una red de colaboración entre veinte ollas comunes de El Castillo, las cuales comparten información, recetas y menús semanales.

Según el 42º Informe Epidemiológico del Ministerio de Salud, La Pintana está dentro de las diez comunas con más contagios acumulados en Chile (10.328) y personas fallecidas por coronavirus (314). Alejandro Ibarra cuenta que, en la población, la cual contiene una quinta parte del total de habitantes del municipio, ha sabido de por lo menos veinte decesos.

En “Los Chimuelos” comienzan a cocinar a las diez de la mañana para entregar las raciones desde el mediodía, se desocupan a las cuatro de la tarde y, después de ordenar todo el lugar se van a su casa a preparar todo para el día siguiente. Antes de la pandemia, el núcleo familiar de “Alejo” trabajaba en su propio negocio de comida rápida. Son las ocho de la noche y Alejandro Ibarra aún no ha almorzado.

Los Chimuelos

Los Chimuelos

Todo comenzó con una conversación familiar. La idea inicial era repartir mercadería, pero de repente surgió la pregunta: “¿Por qué no hacemos nosotros la comida?”, cuenta Alejandro Ibarra.

COMBATIR LA VULNERABILIDAD

A esa misma hora y aproximadamente cinco kilómetros al sur, Gael Sagredo está en la cocina de la Sede Social de la Villa San Miguel I, situada a los pies del cerro “Las Cabras”. Al poniente del cerro está Bajos de Mena, uno de los barrios más vulnerables de la comuna de Puente Alto. Para la junta territorial “La Ele”, organización conformada por 15 amigos que han vivido toda su vida en el sector, el día tampoco se acaba.

Desde que comenzaron el comedor social a fines de mayo, no han parado ni un solo día. De “lunes a lunes”, como explica Sagredo, de 28 años, el grupo reparte 250 raciones de desayuno, almuerzo y once. Desde el tercer día de funcionamiento entregan todo a domicilio en recipientes de plumavit.

Según el último Censo (2017), Puente Alto es la comuna con mayor cantidad de habitantes en Chile, superando el medio millón. En Bajos de Mena viven cerca de 130.000 personas, sector que hace varios años se consolidó como uno de los más poblados y hacinados del país. Sagredo explica que, si bien la cantidad de porciones es “una línea en el agua”, la intención del comedor social es “asegurar comida digna y una porción balanceada, calculada nutricionalmente”.

La junta territorial “La Ele” se constituyó a inicios de mayo de este año, al realizar un mirador en el cerro contiguo a la villa. “Nos dimos cuenta de que tenemos la capacidad de organizarnos y ponernos de acuerdo”, afirma el joven, quien está desempleado desde noviembre pasado. Al ver que iban a instalar los fondos y fogones en la plaza del sector, algunos vecinos saltaron la reja y abrieron la sede social, que estaba abandonada hace ocho años.

Con jornadas de trabajo que superan las diez horas, el comedor abre a las siete de la mañana y cierra en la madrugada del día siguiente. “Tenemos que preocuparnos de que a los vecinos les llegue algo caliente y mantener a nuestra gente sana”, agrega. Para eso, dividen su organización en seis departamentos: administración, cocina, bodega, distribución de alimentos, mantención y redes y relación.

Puente Alto es la comuna que lidera los tristes rankings del covid-19 en Chile. Según la información entregada por las autoridades, es el municipio con más contagios acumulados (23.354), en el que han fallecido más personas (573) y tiene la mayor cantidad de casos activos del país (611).

Para llevar a cabo estos espacios que se han vuelto fundamentales en la crisis sanitaria, los sectores más vulnerables también han contado con la donación de diferentes organizaciones de la sociedad civil. Ese es el caso de la Fundación Origen, la que colabora hace un par de meses en una coordinadora de 15 ollas comunes repartidas entre La Pintana y Puente Alto.

La institución administra dos colegios y comenzaron una campaña que juntaba dos carretillas de alimentos para las familias de estudiantes que quedaron sin trabajo. Después, se asociaron con la coordinadora social Shishigang (conocida por el éxito musical del trapero puentealtino Pablo Chill-E) y descubrieron la masiva realidad de las ollas comunes.

La fundadora y directora de la institución, Maryanne Müller, describe el modo de operación: “No se trata de que lleguemos a intervenir y decir lo que tienen que hacer. Tenemos un grupo de WhatsApp y una red donde trabajamos juntos. Ellos nos presentan las necesidades. Con la campaña estamos entregando aproximadamente $500.000 a cada olla al mes en alimentos”, asegura. Cada quince días y gracias a las donaciones que reciben, los integrantes de la fundación salen en un camión y reparten cinco toneladas de comida.

 

Escasez de fondos. Según Jessica Cuevas y Sandra Soto, de Peñalolén, la principal preocupación en su olla común es la dificultad para obtener recursos.


¿Cómo “parar la olla” a distancia?

A partir del masivo surgimiento de las cocinas comunitarias y su imperiosa necesidad de donaciones para seguir luchando contra la realidad de las comunas más vulnerables, se han creado distintas iniciativas virtuales que sistematizan datos, difunden información y recaudan fondos. Una de ellas es “Canasta Local” (canastalocal.org), campaña de un consorcio de fundaciones y empresas B que permite la inscripción de diversas comunidades sociales, conocer sus objetivos específicos asociados a las consecuencias de la pandemia y donar dinero para las causas. En total, entre todos los proyectos que están publicados en la plataforma suman alrededor de 10.000 familias y, conforme a la información consignada en su página web, han recaudado 102 millones de pesos.

“La Olla de Chile” (laolladechile.com) cumple una función similar y está dedicada específicamente al registro y difusión de iniciativas relacionadas con ollas comunes. Esta página también utiliza el método de crowdfunding para dar una mano a vecinos y vecinas que lideran esos espacios y necesitan recursos de forma inmediata.

Hasta el cierre de esta edición, hay 245 ollas publicadas y chequeadas, mientras que 140 han recibido donaciones. Según se menciona en el sitio, el 65% de ellas pertenece a la Región Metropolitana.

Por último, la aplicación móvil “Parar la Olla” se diseñó para geolocalizar las diferentes ollas comunes o centros de acopio que existen en el país a través de un mapa. Así, se busca la comunicación directa entre los donantes y los representantes que enviaron la información. Está disponible para teléfonos con sistemas iPhone y Android.

Según la información que entregaron a Revista Universitaria, hay 584 ollas comunes y centros de acopio en Chile. En este caso, el 58,6% de estas iniciativas se ubica en la R.M., mientras que el 20% reside en Valparaíso.

“NADA ES SUFICIENTE”

Jessica Cuevas y Sandra Soto, de 44 y 53 años respectivamente, viven en el pasaje La Ramada, ubicado en Peñalolén Alto, lugar más conocido como “las casas Chubi”. Llevan dos meses pelando y picando productos para la olla común “La Ramada”, que provee raciones de comida a aproximadamente 200 personas. Ambas trabajaban como asesoras de hogar antes de la pandemia.

La organización funciona con la donación de alimentos por parte de vecinos de “La Ramada”, comunidades aledañas, feriantes del sector y la municipalidad. La iniciativa fue realizada al darse cuenta de que todo el pasaje estaba sin trabajo. El nivel de cesantía en el país alcanzó un 11,2% en el trimestre marzo-mayo de 2020, la mayor cifra de desempleo en los últimos 16 años.

Según Cuevas y Soto, la principal preocupación es la dificultad para obtener recursos, pues con lo que tienen no dan abasto. Por ejemplo, para cocinar tallarines con pollo al jugo, deben usar al menos 40 paquetes. “Imagina que el otro día hicimos puré y pelamos tres sacos de papas enteros”, explica Cuevas.

“Acá luchamos por el día a día”, menciona Soto. “Por el momento le decimos a los vecinos: ‘Aproveche que ahora está la olla común, porque el día de mañana no sabemos qué va a pasar’. Estamos en la incertidumbre, las autoridades dicen que vamos mejorando. Por otro lado, escuchas que se viene mala la cosa”, complementa.

Peñalolén, al igual que La Pintana, integra la lista de diez comunas con más contagios acumulados en Chile por covid-19 (11.811) y personas que han fallecido a causa del virus (314). Además, es uno de los municipios con mayor tasa de incidencia, es decir, la cantidad de contagios cada 100.000 habitantes. Soto y Cuevas coinciden en que en dos kilómetros a la redonda de su hogar hay nueve ollas comunes más.

Maryanne Müller relata que un factor común dentro de la coordinadora de 15 ollas comunes en Puente Alto y La Pintana es “la gran frustración, tristeza y angustia que podemos sentir de que nada es suficiente. Con un almuerzo quedamos contentos pero, ¿qué pasa en la noche?, ¿qué pasa con el desayuno?”.

En el caso de “Los Chimuelos”, Alejandro Ibarra reconoce: “Sería mentira si dijera que todo lo que estamos ocupando sale de mi bolsillo, mucha gente llega con cosas a ayudarnos”. Además de la colaboración de vecinos del sector, almacenes y verdulerías, Ibarra recibe ayuda de grupos externos de Providencia y Las Condes, quienes, respectivamente, les envían mercadería cada 15 días por Chilexpress y gas a domicilio sin costo alguno.

Otro problema que se repite en estos espacios es la gente que queda al margen. Gael Sagredo cuenta que hay “al menos diez ollas más en Bajos de Mena”, pero añade: “Lamentablemente hay una lista de espera de 60 personas. No podemos decir ‘hoy sí y mañana no’. La necesidad ha sido constante y creciente, pero no tenemos más fondos”.

 

“EL RÍO VUELVE A SU CAUCE”

Según el director del Centro de Políticas Públicas de la UC, Ignacio Irarrázaval, “hoy el grueso de las organizaciones de la sociedad civil son más bien organizaciones de base (juntas de vecinos, clubes deportivos, agrupaciones locales, etcétera)”.

¿Por qué cumplen un rol importante en el contexto actual? Como explica Irarrázaval, los valores de la sociedad civil son “la inmediatez, la capacidad de anticiparse al Estado y la cercanía con las personas. Obviamente cubren algunas necesidades, pero en el fondo, decir que la sociedad civil va a ser capaz de eliminar todos los problemas sociales del país, eso es difícil”. También, comenta que “de acuerdo a nuestros datos, en Chile hay más de 300.000 organizaciones de la sociedad civil, de las cuales 213.000 son activas”.

Particularmente en el caso de las ollas comunes como gesto de organización civil, el sociólogo Eugenio Tironi destaca que este fenómeno fue “una fórmula muy utilizada en Chile al principio de los años 80, en momentos de una crisis económica muchísimo más radical que la que estamos viviendo hoy día. Casi siempre estaban vinculadas a la Iglesia Católica y hoy no, son más independientes”.

Para el sociólogo de la Fundación Sol, Benjamín Sáez, las ollas comunes “han sido una forma de organización que surge ante la carencia de políticas que respondan a esas situaciones concretas”, como la distribución de mercadería de las autoridades, la que es calificada por los líderes de estos espacios como “insuficiente”.

Según Sáez, los indicadores muestran que el fenómeno del hambre no es algo nuevo que haya comenzado con la pandemia. “La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) ya señalaba que en Chile había al menos 600.000 personas con inseguridad alimentaria grave, y que producto de esta pandemia fácilmente se podían agregar 400.000 personas más. Las ollas comunes dan cuenta de que incluso el acceso a algo tan básico como el alimento no está garantizado en un mediano o largo plazo y vemos un país que vive al límite, prácticamente al mes o a la semana”, sostiene.

Respecto a una proyección de la organización vecinal pensada en estos gestos de solidaridad desde las ollas comunes, Maryanne Müller reflexiona: “Hay algo que mueve a algunas personas a decir, ‘¿cómo estar tranquilos y felices, mientras otros están pasando hambre?’. Tenemos mucho que aprender de las personas más solidarias que, ciertamente, no son los que más tienen. Generosidad no es doy un poco. Es dar todo”.

Eugenio Tironi considera que la sociedad civil toma fuerza, pues hoy “experimentamos el hecho de que nuestra protección individual depende de la protección de todos. Los límites entre el bienestar individual y el colectivo son muy tenues y borrosos”. Además, “con toda certeza esto va a crear redes y relaciones que se van a preservar o por lo menos van a quedar latentes, para reconstruirse en otro momento que sea necesario”, agrega.

En opinión de Ignacio Irarrázaval, la relación entre el Estado y la sociedad civil “es relativamente débil”. Por lo tanto, dice que “el desarrollo integral del país pasa por la articulación de los tres sectores. Chile necesita al Estado, al sector privado, pero también necesita de una sociedad civil que no sea un mero prestador de servicios”. La relevancia de esto, según el doctor en Política Social, es que “uno de los problemas de nuestro país es una crisis de confianza institucional, que se construye desde lo local, lo pequeño. Con estas organizaciones de la sociedad civil se arma este capital social que parte por la base. El capital social no solo es buena onda, es un conjunto de normas”.

Alejandro Ibarra manifiesta que nadie le bajará los brazos para continuar alimentando a sus vecinos de El Castillo y que se debe pensar esta crisis como “un cerrito”. “Vamos recién llegando a la cima”, explica. Gael Sagredo avizora un futuro donde la junta territorial “La Ele” sea una ONG capaz de invertir en la villa y que no dependa absolutamente de las donaciones. Sandra Soto comenta que en el pasaje “La Ramada” siempre han sido unidos, pero hoy se sienten aún más cercanos, algo que no pasaba desde que llegaron a vivir a “las casas Chubi” hace 15 años. “El río vuelve a su cauce”, concluye.

 

Vecinos organizados. Con jornadas de trabajo que superan las diez horas, la junta territorial “La Ele”, de Puente Alto, reparte 250 raciones de desayuno, almuerzo y once, todos los días.