Revistas universitarias: trincheras del pensamiento crítico
Ni el Estado ni el mercado. En Chile, son las universidades las que apuestan por las publicaciones dedicadas al debate y la divulgación cultural. Estos proyectos, sin embargo, enfrentan desafíos económicos y técnicos importantes. Así es como resisten.
Una rareza. Un espacio inusitado en el ecosistema de los medios. Una extravagancia más de Latinoamérica. Eso podrían pensar los lectores europeos y norteamericanos sobre las revistas universitarias que circulan en esta zona del mundo y que dedican sus páginas a la divulgación del conocimiento y la reflexión crítica.
Lo anterior no implica la ausencia de esas publicaciones en las grandes metrópolis. Sí da cuenta, en cambio, de una diferencia entre los hemisferios: el tamaño de los mercados desarrollados, así como los recursos de los que disponen, les permiten tener grandes medios con vocación pública, como la National Public Radio en Estados Unidos y la BBC en el Reino Unido. En América Latina, algunos de los planteles más relevantes del continente han asumido la tarea de alentar la conversación común y plantear, de paso, una que otra pregunta acuciante. Por escrito.
Los ejemplos no sobran, aunque tampoco faltan. Ahí está la Revista de la Universidad de México, impulsada por la UNAM, un referente regional de la cultura. Más acá, en Colombia, Pesquisa Javeriana destina sus mejores armas a la divulgación científica. Al otro lado de la cordillera, la Universidad Nacional de San Martín dio origen a Anfibia, una de las sobrevivientes más dignas entre las publicaciones dedicadas al periodismo narrativo. Todas combinan la forma tradicional de las revistas con el uso de las redes sociales, la publicación de videos, la grabación de podcasts y el envío de boletines.
Todas, también, comparten en mayor o menor medida una serie de preocupaciones. Además de un apoyo institucional a veces inestable y estrecheces ocasionales en las fuentes de financiamiento, estos proyectos editoriales enfrentan desafíos propios del momento histórico que se vive: la guerra encarnizada por la atención en internet, el predominio del lenguaje audiovisual abreviado y hasta una desconfianza profunda en las antiguas autoridades proveedoras de conocimiento, incluyendo académicos, científicos y periodistas.
El panorama, por lo visto, no es fácil. Pero ¿alguna vez lo fue?
Pensar con la comunidad
Corría el año 1844 cuando, a instancias de la recién creada Universidad de Chile, vio la luz Anales, señalada por el propio plantel como “la publicación periódica más antigua de América en lengua castellana”. Según indica su nombre, hasta 2024 ha publicado un número cada año. Sus ejes temáticos, que van desde el rol de los intelectuales públicos hasta los derechos sociales en Chile, suelen ser de interés para la comunidad en general, aun cuando la revista se centra en las reflexiones y las investigaciones surgidas al interior de esa casa de estudios.
Ocho décadas después y 500 kilómetros hacia el sur, la Universidad de Concepción lanzó la revista Atenea con el propósito de construir un espacio de debate y producción intelectual. La publicación, entre cuyas páginas han circulado textos literarios y ensayos críticos de las mejores plumas contemporáneas, cada año otorga el Premio Atenea a los libros más destacado del período.
–Atenea ha pensado con, y este verbo es importante, la comunidad educativa, intelectual y científica chilena e hispana -dice desde Concepción Clara Parra, directora de la revista-. Lo ha hecho en los ámbitos sociales, artísticos y humanísticos que inciden directamente en la comprensión de nuestro mundo tal y como lo conocemos, y en sus diversos estados y procesos de cambio político, económico y cultural.
No es el único esfuerzo en esa dirección nacido a lo largo de Chile. Quinchamalí, de la Universidad del Biobío y el Instituto O’Higginiano de Ñuble, se ha perfilado con el curso de los años como una referencia de la difusión cultural del país, una labor que, como pocos, lleva adelante fundamentalmente en formato impreso. Ventana, de la Universidad de La Serena, es otro ejemplo de una publicación que pretende llevar el quehacer académico de su plantel a un cruce con las inquietudes de la sociedad.
Estos proyectos editoriales enfrentan desafíos propios del momento histórico que se vive: la guerra encarnizada por la atención en internet, el predominio del lenguaje audiovisual abreviado y hasta una desconfianza profunda en las antiguas autoridades proveedoras de conocimiento, incluyendo académicos, científicos y periodistas.
Un lugar de encuentro
Han sido 110 años casi ininterrumpidos al servicio de las ideas. En 1915, la UC comenzó a publicar la Revista Universitaria, cuya etapa más temprana estuvo dedicada a la difusión de los trabajos de académicos y estudiantes de Agronomía, Arquitectura, Derecho, Ingeniería Civil y Subingeniería. Un lustro después, amplió su alcance y se autodenominó “Publicación bimestral de la Universidad Católica de Chile”. El objetivo: consolidar la comunidad universitaria y establecer un puente entre la institución y la sociedad.
De 1936 a 1968, la revista reanudó el énfasis disciplinar presentando los Anales de la Academia Chilena de Ciencias Naturales. A ello siguió un cierre de una década, tras lo cual, desde 1978, se proyectó “una nueva revista que rompiera el enfoque especializado para crear un punto de encuentro interdisciplinario que respondiera las preguntas que se hacían Chile y el mundo”, según consignan las periodistas Cecilia García Huidobro -exdirectora de RU– y Paula Escobar en el libro Una historia de las revistas chilenas.
-Luego de estas etapas, durante los últimos años la Revista Universitaria se ha perfilado como un lugar de encuentro en torno al pensamiento y la imaginación crítica de Chile y de Latinoamérica, con la mayor amplitud posible de voces -plantea Miguel Laborde, director de RU desde 2007-. Nuestro propósito consiste en ofrecer una publicación conectada intelectual y emocionalmente con los desafíos y los sueños de los territorios: una revista que recoja las miradas que nos constituyen como comunidad y que, al mismo tiempo, intente anticipar el mundo nuevo que está emergiendo.
Paralelamente, entre 1954 y 1967, el historiador Jaime Eyzaguirre llevó adelante Finis Terrae, destinada a la publicación de ensayos e investigaciones académicas. El proyecto, sin embargo, enfrentó una controversia: a mediados de los sesenta, los estudiantes y profesores UC con ideas afines al cristianismo marxista lo sindicaron como el reducto de un conservadurismo anacrónico. Eyzaguirre, quien además estaba al frente del Departamento de Extensión, terminó saliendo de la casa de estudios. Su partida, así como la desaparición de Finis Terrae, permitieron “allanar el camino hacia el inmediato proceso de Reforma Universitaria”, se lee en un artículo del investigador Gonzalo Larios.
Por las páginas de Revista Universitaria ha circulado un vasto mosaico de voces procedentes de todo el mundo, desde el escritor y exdiputado brasileño Jorge Amado hasta el expresidente de Colombia Juan Manuel Santos, pasando por los premios Nobel de Literatura Octavio Paz y Mario Vargas Llosa. Se suman incontables académicos, artistas, científicos, políticos, pensadores y agentes de cambio que, bajo diversos formatos, han aportado a la construcción de un espacio común donde pensar la realidad.
Portadas de Atenea (Universidad de Concepción), Palabra Pública (Universidad de Chile) y Revista Universitaria (UC), tres de las principales publicaciones de este tipo en el país.
Ausencias y nacimientos
Hay más iniciativas que, como Finis Terrae, quedaron en el camino. Es el caso de la Revista de Arte, publicada por la Universidad de Chile hasta 1962, un proyecto que, en su día, buscó que el gran público se interesara en los temas y problemas estéticos. Archipiélago, concebida en 2023 al alero de la Universidad Adolfo Ibáñez para estimular el debate de ideas, tuvo una vida breve, si bien resucitó bajo el nombre de Plural y administrada de manera autónoma. Provinciana, de la Universidad de Valparaíso, declaraba la intención de valorizar “la riqueza cultural de las distintas localidades de Chile” y de Sudamérica “en tiempos de globalización y uniformización”. Solo pudo lanzar dos números, en 2016 y 2019.
El año en que se publicó por primera vez este proyecto porteño fue el mismo en que irrumpieron dos revistas que, hasta hoy, participan en la conversación pública sobre arte, campo cultural y política, entre otros tópicos: Santiago, de la Universidad Diego Portales; y Palabra Pública, de la Universidad de Chile.
-Desde un comienzo, animó la revista la intención de contribuir al debate en torno a los asuntos comunes desde la perspectiva de las humanidades -resume Álvaro Matus, editor de Santiago, quien agrega un segundo objetivo-: Ese debate no es separable de que haya, también, una reflexión crítica sobre el estado de las cosas, una mirada que a veces se opone a los discursos dominantes, porque creemos que eso aporta a una mejor democracia, a una sociedad más vital.
Evelyn Erlij, editora de Palabra Pública, coincide en la voluntad de estimular el diálogo a través de los temas que agitan estos tiempos, como cuando en septiembre pasado el artista visual Arturo Dublos dio una entrevista a la publicación, donde declaró que en los ochenta “había más vitalidad en el arte que hoy”.
-Aspiramos a que eso suceda, aunque, en estos tiempos, puede ser difícil que se generen estos debates -admite Erlij-. Todo termina diluyéndose en el mar de información de internet y las redes sociales. El ritmo es muy frenético.
“Nuestro propósito consiste en ofrecer una publicación conectada intelectual y emocionalmente con los desafíos y los sueños de los territorios: una revista que recoja las miradas que nos constituyen como comunidad y que, al mismo tiempo, intente anticipar el mundo nuevo que está emergiendo”, dice Miguel Laborde, director de RU desde 2007.
Contra la corriente
El frenesí de la época se ha traducido, entre otros síntomas, en la amplia disponibilidad de distracción a un scroll de distancia. Los responsables de las revistas universitarias han acusado el golpe. Pero defienden el formato con más ganas de innovar que de practicar el catastrofismo.
-La revolución digital está en marcha: no sacamos nada con resistirla -dice Álvaro Matus, citando un ensayo, publicado en Santiago, en que ChatGPT abordó el futuro del arte y la creatividad bajo las instrucciones del escritor Mike Wilson-. Es súper importante lo que está haciendo el chat en cuanto a la velocidad y la magnitud en el procesamiento de la información. Pero no puede haber una inteligencia sin una ética. La inteligencia artificial todavía no ha llegado hasta aquí.
Por su parte, Evelyn Erlij apuesta por la convivencia entre los distintos lenguajes:
-Sabemos que no son tiempos para textos largos y que estamos remando contra la corriente. Pero defendemos ese momento. Creemos que debe existir. Al mismo tiempo, lo interesante de tener una revista impresa es que hay una curaduría en que eliges cuidadosamente qué merece publicarse y perdurar. Hay, por lo tanto, una reflexión profunda al respecto.
¿Qué dice del ecosistema mediático chileno el hecho de que estas revistas existan al alero de las universidades y no sean una propuesta estatal ni privada?
-El fomento de iniciativas de este tipo, desde las universidades, es un síntoma de buena salud de la mentalidad con la que se moviliza el pensamiento crítico de nuestro ámbito lector -plantea Clara Parra-. Universidades como la Universidad de Chile, la Universidad Diego Portales y la Universidad de Concepción mantienen con estos dispositivos de comunicación firmes puentes de consolidación de diversas formas de leer y acceder al conocimiento con miradas renovadas sobre problemáticas que nos conciernen.
A la vez, advierten los editores, hay aspectos apremiantes que atender:
-En un contexto donde la información dejó de ser un negocio rentable y las audiencias están cada vez menos acostumbradas a pagar por acceder a contenidos, los medios tienen más exigencias: producir investigaciones profundas y material original requiere creatividad, trabajo y recursos que muchas veces no están disponibles -dice Evelyn Erlij-. Frente a eso, los medios universitarios son espacios alternativos que pueden sostener líneas editoriales más independientes, ofrecer contenidos que no responden a la lógica comercial y contribuir a la diversidad informativa y a la formación de una ciudadanía crítica.