¿La democracia necesita de la religión?
Sin diálogo no puede haber deliberación ciudadana en la esfera pública, asevera Hartmut Rosa. Y es que este sistema no funciona en el “modo agresivo” al que tiende nuestra sociedad, y que incluso promociona al organizar debates televisados entre candidatos que se “sacan los ojos” en cámara o en programas políticos que se precian de no tener “filtro”. La democracia necesita –opina Rosa– de un corazón que, más que hablar, quiera escuchar, dejarse tocar y transformar.
Si la aceleración es el problema, entonces, quizás la resonancia sea la solución. Así comienza el libro del sociólogo y filósofo alemán Hartmut Rosa: Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo (Katz Editores, 2019).
A la vieja pregunta de la sociología: ¿Cómo definir los rasgos centrales de la sociedad moderna?, Rosa responde que se caracteriza estructuralmente por el hecho de que solo puede “estabilizarse dinámicamente”, mientras que su programa cultural apunta a la “ampliación sistemática del alcance de mundo”. Es decir, lo peculiar de nuestro tipo de sociedad es que tan solo para “mantener” el statu quo (puestos de trabajo, seguridad social, infraestructura, etcétera) “debe” estar constantemente creciendo económicamente, innovando científicamente y acelerando tecnológicamente. Estamos obligados a correr para evitar caer.
Por otro lado, la aspiración central de nuestra cultura se dirige a hacer del mundo (y del sistema solar, de momento) algo al alcance de la mano, disponible, controlable. Tener en el smartphone toda la música creada y el conocimiento acumulado por la humanidad es un ejemplo palpable de un anhelo epocal que en buena medida se ha hecho realidad, pero que puede dejarnos vacíos. ¿De qué me sirve tener todos los títulos musicales disponibles en Spotify si no logro “conectar” con ninguno He aquí el problema.
La modernidad acelerada y aquella mentalidad de control han favorecido modos de vinculación con el mundo mudos y fríos. El sujeto moderno puede comprender que, si bien en principio lo puede tener todo, en el fondo se siente la mayor de las veces “alienado”: nada le “habla”, nada le “re-suena”. Este es, en pocas palabras, el análisis y el diagnóstico de Hartmut Rosa, y que contiene ya el camino de una solución. Esta no puede ser simplemente desacelerar la vida, ralentizar nuestras prácticas sociales. La respuesta ha de ir en la dirección de un encuentro resonante con el mundo –con la naturaleza, con la sociedad o con la historia–.
¿Dónde encontrar los lugares, las instituciones, los modos de vida que alienten un tipo de relación con el mundo resonante, en virtud de la cual las cosas y las personas que me rodeen me hablen, me toquen y, eventualmente, me transformen? ¿Cómo superar la indiferencia y la clausura psíquica que
se adueña de nuestros contemporáneos, y esos modos de comportamiento agresivos y competitivos? Es claro que al poner por escrito estas intuiciones Rosa se inspira en una tradición contrailustrada o “romántica” de pensamiento centroeuropeo, el cual incluye a figuras tan disímiles entre sí como Herder, Goethe, Hegel, el joven Marx, e incluso a los primeros autores de Frankfurt como Adorno. ¿Es que Rosa apuesta al moderno romanticismo como antídoto contra las tendencias más destructivas de la sociedad moderna?
Pienso que sí, aunque solo en parte. Existen otras cuatro formas de resonancia explícitamente identificadas por el autor que no provienen del contexto occidental de los últimos siglos (moderno). En Resonancia se habla con simpatía de ese yo “poroso” premoderno que se sentía atravesado por corrientes de vida que abarcaban de igual manera sustancias materiales, inmateriales, físicas y metafísicas. Este interés en los rasgos fundamentales de una subjetividad porosa, de una identidad holística, explica también la búsqueda de Rosa de estándares evaluativos para una vida lograda en fuentes grecorromanas, indígeno-latinoamericanas, chinoasiáticas y me parece que revelan, aún, un cierto giro “religioso” en el pensamiento tardío de Rosa. Analicemos por partes cada una de estas fuentes.
El reconocimiento de este principio es la base, por ejemplo, para otorgar derechos a la naturaleza y establecer su protección, lo que marca el cambio de la perspectiva “antropocéntrica” donde el ser humano era la base de toda regulación, a una perspectiva donde el rol del ser humano se entiende en íntima relación con el medioambiente.
SOCIOLOGÍA DE LA VIDA BUENA
En primer lugar, y siguiendo a Max Weber, Rosa habla de racionalización, pero la vacía de su contenido emancipatorio. Cuando se despide de la modernidad, pareciera que también le dice adiós a la Razón misma. Aquí se destaca un manifiesto antiilustración en Rosa, una suerte de pesimismo frente a la Vernunft de Kant (y quizás también, en muchos respectos, de Hegel). En este sentido, Rosa, abrazando más bien un paradigma neoaristotélico, pareciera que vuelve a poner en el centro de la discusión la ética de la virtud y del florecimiento humano.
Toda su sociología de la “vida buena” toma prestado un lenguaje ético-filosófico grecorromano (eudaimonía), siguiendo en esto una larga tradición filosófica moderna desde Montesquieu hasta Charles Taylor, pasando por Rousseau y Hannah Arendt.
Su “comunitarismo” político o énfasis en el “bien común” (koin symphéron) está fuertemente influido también por este imaginario grecorromano o cívico-humanista. Este cúmulo de supuestos fundamenta también en buena parte su más reciente teorización de la democracia (en su acepción republicana), contenido en un libro donde Rosa dialoga con sus colegas Klaus Dörre, Nancy Fraser y Stephan Lessenich.
Rosa ha defendido abiertamente la religión o la práctica ritual-religiosa como un complemento necesario para lograr hoy en día una sana sociabilidad, en particular una democracia funcional.
AGENCIA MEDIOPASIVA
En segundo lugar, y contra el paradigma “soberanista” de la modernidad, según el cual el ser humano se independiza espiritualmente de la naturaleza, la historia y el entorno social, pasando a experimentarse como perpetrador-poderoso o como víctima-impotente, Hartmut Rosa defiende la necesidad de una transición a una relación “mediopasiva” con el mundo. ¿A qué se refiere con esta expresión tomada de ciertas éticas, religiones y modos de vida orientales?
En una entrevista que le hicimos hace un tiempo con mi colega Felipe Torres, Rosa dice que él no espera cambios positivos del gobierno o sistema chino actual, ese capitalismo de la vigilancia salvaje y competitivo, pero sí cree que en tradiciones y formas antiguas de pensamiento –chinas, indias o japonesas– se pudieran encontrar elementos en los cuales fundamentar una nueva visión de la vida. Según una línea dominante del pensamiento occidental, yo soy sujeto u objeto (o yo hago algo o algo ejerce una acción sobre mí). Pero para los asiáticos la agencia está en el medio. De acuerdo a esta experiencia más fundamental, yo no soy ni un “sujeto activo” ni un “objeto pasivo”, sino que me experimento todo el tiempo participando en un mundo significativo. En un baile o en un concierto de jazz, el que lidera no son ni los bailarines ni los músicos, individualmente concebidos, sino que el baile y la música. Resonancia no es una actividad intencionada por un agente, sino algo –una sincronización, una “voz intermedia”– que “ocurre” o “acontece”.
EL CONCEPTO DEL "BUEN VIVIR"
En tercer lugar, en la misma entrevista Rosa manifiesta su entusiasmo por prácticas indígenas latinoamericanas y la idea del “buen vivir”. Su fascinación viene de observar los intentos en ciertos países sudamericanos de conectar con tradiciones ancestrales, con formas de pensamiento indígena sobre la vida. Rosa no solo ha buscado teorías de la resonancia sino también “prácticas” de resonancia y cree que aquí existen repertorios para apoyarse. Varios procesos constituyentes latinoamericanos de este siglo, incluidos los de Ecuador, Bolivia y Chile, han incorporado el concepto de “buen vivir”. En Chile, una norma contenida en el Borrador de Nueva Constitución de 2022 (artículo 8) incorporaba este concepto que se basa en el neologismo sumak kawsay (quechua), en el suma qamaña (aymara) o en el küme mongen (mapudungún), y que alude a la posición del ser humano como una que existe en equilibrio con la naturaleza y la sociedad.
En concreto, el reconocimiento de este principio es la base, por ejemplo, para otorgar derechos a la naturaleza y establecer su protección, lo que marca el cambio de la perspectiva “antropocéntrica”, donde el ser humano era la base de toda regulación, a una perspectiva donde el rol del ser humano se entiende en íntima relación con el medioambiente. Como prueba de este interés, Hartmut Rosa y el filósofo alemán Christoph Henning invitaron, en calidad de editores de un libro, al economista y político ecuatoriano Alberto Acosta para contribuir con un capítulo sobre la noción de “buen vivir” como propuesta ético-política alternativa y con potencial global al paradigma del “crecimiento” prevalente en las sociedades contemporáneas.
El supuesto subyacente consiste en sostener que las instituciones sociales fundadas en el modo del crecimiento económico, la aceleración tecnológica y la innovación cultural constantes promueven un tipo de vinculación agresiva con el mundo, que impide cualquier posibilidad de escucha, de receptividad.
UN CORAZÓN QUE ESCUCHA
Por último, y para sorpresa de muchos cientistas sociales, en una conferencia dictada el año 2022 y luego publicada como ensayo, Rosa defendió abiertamente a la religión o la práctica ritual-religiosa como un complemento necesario para lograr hoy una sana sociabilidad, en particular una democracia funcional.
Al respecto, Rosa afirma: “La democracia requiere de un corazón que escuche (la expresión la toma de la Biblia con relación al rey Salomón), de lo contrario no funcionará. Pero ese corazón atento no cae del cielo; de hecho, esta actitud es particularmente difícil de adoptar en una sociedad agresiva. Mi tesis es –sigue Rosa– que son las iglesias, en particular las que contienen narrativas, un reservorio cognitivo, ritos y prácticas, espacios en los que se puede practicar y quizás también experimentar un corazón que escucha”.
El supuesto subyacente consiste en sostener que las instituciones sociales fundadas en el modo del crecimiento económico, la aceleración tecnológica y la innovación cultural constantes promueven un tipo de vinculación agresiva con el mundo, que impide cualquier posibilidad de escucha, de receptividad. Rosa piensa que esta actitud cerrada o “sorda” es particularmente grave en el ámbito político-democrático de la sociedad moderna.
Aún dentro del “enclaustrado” mundo actual, la religión –claramente no sus derivas dogmáticas fanáticas– seguiría favoreciendo modos resonantes de comportamiento social, la ejercitación de un “yo” poroso que escucha y se deja tocar por la voz del otro (o de lo otro). Habría hoy más que nunca una sed de religión, de iglesias, de lugares, narrativas, ritos y prácticas que apelen a un reconectar con los otros y con experiencias trascendentes.
Junto a la naturaleza y el arte, la religión es para el sociólogo alemán una forma de resonancia. Los
cuenta entre los pocos espacios dentro del mundo moderno no regidos por la lógica de la aceleración y el rendimiento. Sin apertura genuina al diálogo –escuchar y responder– no puede haber deliberación ciudadana en la esfera pública y la democracia pasa en ese caso a ser una pantalla conveniente al poder. Se podría hipotetizar que incluso un movimiento social, para conseguir ese estado positivo de efervescencia emocional, ese ritual donde se renuevan las confianzas y las energías ciudadanas, presupone un tipo de vinculación resonante, cuasi religiosa. De estos momentos de catarsis colectiva, sociólogos como Durkheim o Randall Collins sabían de sobra.
No se busca desandar el camino de secularización del Estado: este debe mantener una postura neutral ante las cosmovisiones individuales, debe exhibir este compromiso con el pluralismo valórico. Pero la vida cultural de la sociedad moderna (arte y religión) sí que puede y debe irradiar hacia la vida política, en el sentido quizás de un Schiller y su “educación estética del hombre” –en este caso, mediante el elemento artístico– como antesala de una genuina renovación social, como propedéutica de la libertad política. Mal que mal, Rosa es un pensador alemán con grandes simpatías hacia el movimiento romántico centroeuropeo, como ya sugeríamos, desde donde surgen concepciones alternativas de relación-con-el-mundo al racionalismo utilitarista y competitivo.
La democracia simplemente no funciona en el “modo agresivo” al que tiende nuestra sociedad y que incluso promociona al organizar debates televisados entre candidatos que se “sacan los ojos” en cámara o en programas políticos que se precian de no tener “filtro”. Ella necesita de un corazón que, más que hablar, quiera escuchar, dejarse tocar y transformar.
Resonancia –advierte el sociólogo alemán– no es consonancia, pues siempre presupone ya conceptualmente la diferencia, por ende la disonancia (políticamente hablando, el pluralismo), y es precisamente por ello que hace posible el encuentro con algo radicalmente distinto y la transformación de lo propio.
UNA COMUNIDAD COMPARTIDA
Ahora bien, ¿necesita la religión de democracia? Esta es una buena pregunta que Rosa no se hace en
la citada conferencia. Uno podría de todos modos suponer que para una orientación religiosa intramundana, práctica, interesada en la cuestión social, la vieja aspiración humana de re-ligare (el eje vertical, humano-divino) debería poder verificarse en una real superación del atomismo social y la extrema conflictividad política que nos acecha en Occidente desde hace más de cien años (el eje horizontal, humano-humano). Esto a través de la formación de una comunidad, de la efectiva renovación de las confianzas, del fortalecimiento de la cohesión social, la intensificación de la consciencia del derecho y de la dignidad inherente al ser humano en tanto que ser humano.
En este sentido, la consecución de la misión religiosa de comunión espiritual dependería de una renovación social y democrática. Este es, al menos, el desafío que deja instalado Hartmut Rosa y que lo formula como pregunta: “¿Cómo es posible que los miembros de una comunidad republicana no
solo compartan ciertos valores y puedan resolver los conflictos estableciendo acuerdos, sino que, además de eso, con sus voces y sobre la base de argumentos puedan “llegar” unos a otros?, ¿y que mediante la acción política conjunta sus posiciones, sus voces o incluso sus identidades se puedan “transformar” de tal modo que llegue a hacerse posible una comunidad compartida, que sea más que
un acuerdo o una voluntad mayoritaria?”.
Aquí autoeficacia no significa imponerse sino que “llegar unos a otros” y es la base de una espontánea experiencia compartida de “bien común” (definido por nuestro autor como una “forma de relación resonante”), y en esto, las prácticas y creencias religiosas podrían resultar de mucha ayuda.