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  • Revista Nº 165
  • Por Daniella Leal y Juan Bravo
  • Ilustraciones Catalina Fuentes

Ideas en Debate

Teletrabajo: las oficinas sin fronteras

Si bien es valorable que exista esta modalidad laboral, pues ha permitido a ciertos segmentos continuar funcionando durante la pandemia, algunos especialistas llaman a evitar la sobreexpectativa. En algunas ramas tendrá un impacto más permanente como en información, comunicaciones y servicios financieros, pero en muchas otras el efecto solo es temporal. Mientras algunos consideran al teletrabajo como un privilegio de pocos, otros especialistas advierten la relevancia de mantener los límites entre el espacio laboral y físico. Daniella Leal y Juan Bravo, expertos en tendencias digitales, opinan sobre el tema.

El desafío de los límites físicos y no físicos

Las medidas sanitarias adoptadas a partir de la pandemia obligaron al confinamiento de millones de chilenos en sus hogares. Esto no solo trajo cambios abruptos en la configuración laboral durante 2020-2021, sino que también la necesidad de ajustes en la vida familiar y social de las personas. Y es que, al trasladar la jornada laboral desde la oficina al living o dormitorio, hizo que la vida doméstica se viera inevitablemente “invadida” o “colonizada”, obligando a las personas a buscar nuevos arreglos para poder mantener algún grado de separación entre la vida doméstica y el trabajo.

Si ya los chilenos nos caracterizábamos por tener una jornada laboral extensa en comparación con otros países, ahora el teletrabajo ha instalado el desafío de poder establecer límites entre lo que es la vida laboral y personal. Este tipo de ajustes ha sido bien recibido por algunos y complejos de llevar por otros: la barrera física del espacio laboral desaparece en el hogar.

Esto resulta complejo en hogares donde los espacios han debido ser compartidos por varias personas y para diversas tareas: trabajo, estudio, descanso, alimentación, etcétera. Se produce una saturación del lugar físico que también lleva a un colapso y un cruce en los roles que las personas cumplen: trabajador, padre, hijo, estudiante, hermano, abuelo, cuidador. La jornada laboral viene a competir en un sitio adaptado precariamente para estos propósitos, no solamente en la disponibilidad de materiales y metros cuadrados, sino también porque resulta difícil “apagar” la domesticidad en un ambiente tradicionalmente destinado a ello, así como para un entorno laboral, la domesticidad es mirada con extrañeza y recelo.

Otro desafío importante es la reconfiguración de las relaciones sociales entre los trabajadores. Si bien, en algunos casos, las tareas propias de cada ocupación pueden ser desarrolladas sin la necesidad de presencialidad, hay actividades que se ven positivamente potenciadas por la presencialidad en la oficina. Ahora, habilidades típicamente consideradas como “blandas” están siendo desafiadas por la impersonalidad de una cámara web o un correo electrónico. La comunicación no verbal ha sido la más afectada en este entorno, donde el exceso de literacidad y el uso de recursos tecnológicos han desafiado hasta a los mismos denominados “nativos digitales”. El mismo reto es el que está enfrentando la educación primaria, secundaria y superior. Aquí los límites físicos de la no presencialidad necesitan encontrar un mecanismo donde la retroalimentación sea efectiva, universal y no discriminatoria.

Es imposible negar que la experiencia del teletrabajo aplicada por las condiciones sanitarias, ha puesto sobre la mesa la necesidad de discutir sobre nuevos arreglos en el mercado laboral a futuro. La democratización en el acceso descentralizado, esto es, que las personas puedan experimentar la posibilidad de no estar físicamente en un lugar y desempeñar actividades laborales, también trae aparejada la manifestación de desigualdades en otros ámbitos, por ejemplo, el uso y dominio de recursos tecnológicos o las desigualdades de roles de género experimentadas en el espacio doméstico y que se reproducen en el teletrabajo.

El balance, ciertamente, trae elementos positivos y negativos, aspectos destacados y ámbitos de mejora. De esta forma, lo que la pandemia ha puesto de manifiesto deberá traducirse en un aprendizaje adaptativo para el futuro, no pensando solamente en el ámbito del trabajo, sino en el de la sociedad en su conjunto.

 

Fotografía de Daniella Leal

Un privilegio de pocos

En tiempos de covid-19, el teletrabajo ha permitido proteger la labor de aquellas personas que por la naturaleza de sus funciones se pueden realizar de manera remota. Así, los segmentos que han accedido a él se han visto privilegiados con impactos mucho menores en términos de destrucción de empleo que aquellos grupos de la población que no cuentan con esta posibilidad. Sin embargo, en esta crisis sanitaria, el teletrabajo se ha transformado en una de las aristas laborales en donde más se ha caído en los clichés y la sobreexpectativa. Para evitar esto, es necesario dimensionar correctamente el fenómeno.

En primer lugar, comprendamos que este nunca ha sido el formato laboral predominante. En el momento más complejo de la pandemia, a mediados de 2020, alcanzamos un peak de 20,2% de empleos asalariados que eran ejercidos desde el hogar. Si bien ese porcentaje es mucho más alto que el observado antes de la pandemia, cuando apenas marcaba 0,6%, es claro que ni en el peor momento de la crisis llegó, siquiera por asomo, a ser mayoritario. Posteriormente, en cuanto comenzaron a levantarse las restricciones sanitarias a partir de agosto de 2020, esa cifra fue descendiendo y en el trimestre diciembre 2020-febrero 2021 el indicador marcó un 10,3%. Es decir, la prevalencia de asalariados trabajando desde su propio hogar ya se había reducido a la mitad en solo un semestre. Sin embargo, con el inicio de la segunda ronda de cuarentenas masivas a fines de marzo de 2021, esta modalidad volvió a ganar terreno pues, nuevamente, forzó a muchas empresas a tener que recurrir a él para seguir realizando sus actividades.

Pero no nos engañemos. Ahora que se vuelven a levantar las restricciones, la tendencia bajista del teletrabajo continuará. Hay ramas como la educación en donde de momento estas cifras son relativamente altas, pero una vez que se retome una situación de mayor normalidad, las clases volverán a ser presenciales, generando una caída relevante en el porcentaje de asalariados en teletrabajo. Muchas otras actividades también retornarán a la presencialidad, como ya dejó claro el rápido ritmo de descenso observado en este formato en la segunda mitad de 2020. Asimismo, la gran mayoría de los empleos que se generarán en la nueva fase de recuperación serán presenciales, lo que reducirá aún más la prevalencia del teletrabajo.

Otra clara manifestación de que este es un fenómeno minoritario es que cerca del 80% de los trabajadores asalariados que se desempeñan desde su hogar son personas con educación superior completa. Así, este formato se concentra en las personas más aventajadas de la sociedad.

Si bien es valorable que exista el teletrabajo, pues permite a ciertos segmentos participar en el mercado laboral, evitemos la sobreexpectativa. Algunos insisten en que el teletrabajo llegó para quedarse, pero eso hay que matizarlo bastante. Si bien en algunas ramas tendrá un impacto más permanente como en información, comunicaciones y servicios financieros, en muchas otras el efecto solo es temporal. Además, entre los empleadores que declaran que mantendrán este formato a futuro, la mayoría solo implementará una fracción pequeña de la jornada en esta modalidad.

En definitiva, superada la pandemia, si bien la prevalencia de este formato será mayor al nivel anterior a la crisis sanitaria, estará muy por debajo del peak de 20%.

 

Fotografía de Juan Bravo